jueves, 18 de septiembre de 2025

¿Y QUÉ HAY DEL DIEZMO?


"Desconocer una verdad, nos hace esclavos de una mentira..." 

- Proverbio japonés –

 


Un deber sagrado para unos; un acto de usura y rapiña para otros. El diezmo es, sin duda, una de las prácticas cristianas más controvertidas de todos los tiempos, que últimamente ha venido generando mucha discusión incluso en iglesias donde siempre se le ha visto como un dogma de fe indiscutible, ya que muchos fieles han comenzado a cuestionar su validez como tradición religiosa, enseñada durante siglos en el mundo cristiano, a pesar del inconformismo que siempre existió entre otros creyentes que han argumentado fuertemente en su contra.

 


Dentro de mi propia comunidad cristiana en particular, donde el diezmo siempre ha sido considerado un deber sagrado e incuestionable, se nota desde hace algunos años que este tema tan espinoso ha venido suscitando poco a poco, de manera silenciosa y disimulada, un ambiente de controversia y murmuración donde se escuchan diferentes puntos de vista que nadie se atreve a llevar abiertamente al escenario público, ni a poner sobre la palestra de una discusión eclesiástica y teológica seria, que demuestre o refute su validez como dogma. 

Pensando entonces en el sorprendente número de hermanos en la fe que en repetidas ocasiones he escuchado preguntándose si se debe o no se debe diezmar, y en la magnitud que ha venido cobrando esta polémica entre los miembros del pueblo de Dios, quise publicar este artículo en el cual expreso mi postura sobre el tema, sin la intención de imponerla como dogma ni de generar disputas o contiendas, sino de sacar a la luz pública esa discusión disimulada y ese inconformismo silencioso, que muchos temen hacer manifiesto por temor a la crítica, el señalamiento y la persecución a las que se queda expuesto cuando se dice la verdad. Y así, poniendo el tema sobre la mesa, con toda honestidad y seriedad, podamos decidir como cristianos cuál sea la actitud más conveniente con respecto a él. Todo esto, desde luego, a la luz de las Sagradas Escrituras.

En armonía entonces con el objetivo de este  sitio web, que es el de invitar a una reflexión equilibrada entre la fe y la razón, y haciendo uso del legítimo derecho a la libertad de expresión, procedo a compartir este estudio sobre el diezmo esperando que sea de utilidad para sus vidas, y que los que no estén de acuerdo con esta visión del asunto sepan asumir con madurez cristiana todo lo que aquí se plantea, y al menos se den la oportunidad de verificar la información presentada que les permita considerar otro punto de vista. Por supuesto, pueden dejar sus comentarios al final del artículo.

  

LA RAÍZ DE TODOS LOS MALES

 Pocas cosas en la vida causan tantos problemas como el dinero. Ya sea porque se tenga o no se tenga, porque abunda o escasee, porque se sepa administrar o se malgaste, el hecho es que todo lo que gira en torno a él tiende a complicarse y a dañarse. El dinero es como el anillo de Saurón, la siniestra joya de la saga de películas "El Señor de los Anillos", que ejercía una extraña fascinación sobre todo aquel que la contemplaba, despertándole una codicia inexplicable que lo empujaba a ponérselo. Y una vez puesto en el dedo, operaba en su portador una transformación que lo llevaba a una especie de trance macabro en el cual era capaz de agredir y hasta de matar incluso a sus seres amados. Igual a lo que sucede con el dinero, que desde siempre ha provocado una fascinación mórbida en el ser humano y lo ha llevado a cometer grandes atrocidades y bajezas en su afán por poseerlo.

 


Por causa del dinero los afectos del hombre pueden cambiar instantáneamente y convertirnos en animales mezquinos, agresivos y territoriales. Así vemos, por ejemplo, que los que hace un momento eran amigos entrañables, ahora se convierten en implacables enemigos por algún desacuerdo financiero, un préstamo que no se devolvió, una fianza o hipoteca que no se canceló, una estafa o usura en un negocio que se malogró, entre un sinfín de situaciones similares relacionadas con este poderoso elemento de discordia. Por causa del dinero hay familias enteras que han caído en la desgracia, patrimonios y herencias arruinadas, países eternamente endeudados y bajo la subordinación de otros, crímenes horrendos cometidos incluso por quienes son de la misma sangre, hogares destruidos por quienes prefirieron arriesgar su reputación y estabilidad a cambio de mayor lucro, vidas frustradas y enfermas por haberse rebajado hasta lo más vil, vendiendo su honra a cambio de un papel sin valor real. Y en definitiva, una sociedad humana enloquecida por la codicia - como el Gollum [1] lo estaba por el anillo de Saurón -, que en su desenfrenada carrera por obtener riquezas, no sólo destruye el planeta en el que habita, sino que a la par con ello también se degrada echando al traste los principios y valores que más ennoblecen nuestra especie, como el respeto por la vida y la libertad, el sentido de equidad y de justicia, la grandeza de corazón para compadecernos de los que sufren y procurar su bienestar, el sentimiento de dignidad y honor, entre otros.




Y toda esta degradación, que uno pensaría que solamente ocurre en el mundo secular, regido por la mentalidad carnal, vana y materialista de una humanidad alejada de Dios, también se presenta (¡Y de qué manera!) en la Iglesia de Jesucristo, una sociedad que, de acuerdo con la Biblia, es única en el mundo y debería ser modelo de sobriedad y desapego a lo terrenal, siguiendo el ejemplo de su fundador, Jesús de Nazaret, quien llevaba una vida de austeridad y privaciones a tal punto que incluso "no tenía dónde recostar su cabeza" (Mateo 8:20).

Y no se trata de un asunto nuevo, pues, lamentablemente, esa fascinación mórbida por las riquezas ha sido un mal que ha aquejado al cristianismo desde sus inicios, de lo cual dan fe los evangelios cuando nos hablan de un Judas Iscariote que era ambicioso y ladrón, o el libro de los Hechos de los apóstoles cuando nos cuenta la historia del discípulo Ananías y su esposa Safira, quienes trataron de embaucar a los apóstoles sustrayendo una buena suma del dinero que hipócritamente le habían prometido a Dios como donación a la Iglesia. 



También, las cartas apostólicas, especialmente las de San Pablo, continuamente nos advierten sobre los lobos rapaces que ven en el evangelio una fuente de ganancia y que hacen mercadería con la fe de las personas, lo cual podemos ver en nuestros días quizás más que nunca en todo su apogeo, para vergüenza del Cuerpo de Cristo.

"Raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados ​​de muchos dolores", escribía hace casi dos mil años el anciano apóstol Pablo a su joven discípulo Timoteo en una de sus cartas (1ª Timoteo 6:10), mientras discurría con él sobre los múltiples inconvenientes que se derivan de convertir la fe cristiana en un medio para alcanzar riquezas y multiplicar los bienes materiales, dándonos así un claro testimonio de cómo este fenómeno empezaba a manifestarse en aquella remota época, cuando el Cristianismo apenas nacía en el mundo y muchos de sus líderes se desviaban de la misión espiritual que les había sido encomendada, a causa de las tentadoras posibilidades económicas que su oficio evangelístico parecía ofrecerles.

 


Y hoy, casi veinte siglos después de haber sido escritas aquellas palabras, contemplamos con repugnancia (al menos eso es lo que a mí me produce) cómo ese fenómeno no ha cambiado en lo absoluto, sino que, por el contrario, parece acrecentarse. Para nadie es un secreto que, en la actualidad, abundan los líderes cristianos que, lejos de ser verdaderos pastores de ovejas, realmente interesados ​​en la salvación de las almas, no son más que astutos estafadores y adoradores del dios Mammón[2], expertos en el arte de manipular conciencias y trasquilar ovejas con rapacidad, mientras sus rebaños crédulos y psicológicamente inmaduros, llenos de temores y culpas infundadas, no se toman la molestia de verificar a la luz de las Escrituras, de la Historia y el sentido común, las enseñanzas que les inculcan, sino que prefieren creer ciegamente las doctrinas torcidas y acomodadas que transmiten estos depredadores maliciosos, que exhiben un rostro altivo y mojigato, con el que tratan de mostrarse ante los demás como grandes hombres de Dios cuya autoridad es indiscutible, ocultando la insaciable mundanalidad y ansias de riqueza que los devora. 



Mammón, demonio de la codicia


Se trata de personas que saben muy bien lo que se traen entre manos, y que para nada estarían dispuestas a llevar la vida de austeridad y sencillez que llevó Jesús, ya que su verdadero dios, lejos de ser el de la Biblia, es en realidad el vientre, el cual desde luego sólo se sacia con montones de dinero, que les permite darse una vida de lujo, placer y derroche exorbitantes, mientras predican desde los púlpitos, con total cinismo y desfachatez, en contra de la vanidad, la carnalidad, el orgullo y la mundanalidad (siendo ellos mismos unos soberbios pavos reales, tan carnales y mundanos como los reyes de la antigua Babilonia o los extravagantes emperadores romanos).

Incluso muchos de ellos enseñan de manera explícita toda una doctrina que gira en torno al dinero, a tal punto que hacen ver el santo y glorioso evangelio de Jesucristo como un medio para aumentar los bienes materiales y hacerse rico: el mal llamado  Evangelio de la Prosperidad,  una aberración que se apoya sobre un compendio de argumentos amañados y fraudulentos, con los que convencen al ingenuo creyente de que Jesucristo vino a hacernos ricos y a colmarnos de prosperidad terrenal, poniendo la salvación del alma y la regeneración de la mente en un tercer o cuarto lugar…¡Y claro!, como lo que suele buscar el ser humano promedio es precisamente el bienestar material, entonces no es de extrañar que las iglesias que predican este tipo de basura teológica se atiborren de gente muy “devota”, que lo único que busca en realidad es que Dios les provea abundante dinero y bienes terrenales, pero que realmente no les importa (o les importa muy poco) la salvación del alma y la regeneración de la mente. No quieren compromisos con Dios sino solamente sus milagros y prodigios. Anhelan más una vida terrenal de confort que una vida celestial de gloria.

 


 



UN TEMA DE GRAN CONTROVERSIA EN EL MUNDO CRISTIANO

Uno de los temas más controversiales dentro de este asunto de la codicia en el mundo cristiano, ha sido el referente al Diezmo, una antigua práctica financiera que consiste en separar el 10% (o décima parte) de una determinada cantidad de bienes materiales obtenidos en ganancia (ya sea dinero o especias), para entregarlo como ofrenda o sacrificio a Dios. De ahí que la palabra “diezmar” pasó a significar “disminuir o mermar una cantidad”.



Fue una tradición muy arraigada entre el pueblo judío, e instituida por el famoso código legislativo de esta nación conocido como Ley de Moisés o “Toráh”, un extenso corpus de leyes, decretos y estatutos que regían la vida civil, social, económica y religiosa de los israelitas, y que, según la tradición, fue entregada por el mismo Dios al profeta Moisés en la cumbre del monte Sinaí, para que fuese enseñada al pueblo israelita, que acababa de ser liberado de la esclavitud en Egipto.

Los verdaderos orígenes del diezmo son confusos, pues hay quienes sostienen que no sólo los israelitas lo practicaron, sino también otros pueblos de Oriente. No obstante, para no desviarnos del objetivo considerando el asunto desde orígenes especulativos y sus significados en otras culturas, me limitaré a abordar y describir el tema circunscribiéndolo solamente al ámbito cristiano. Es decir, voy a referirme a su origen, significado, implicaciones y connotaciones, pero dentro de la tradición bíblica y el mundo cristiano en particular, pues eso es en realidad lo que me interesa tratar en esta ocasión, dada la gran trascendencia que suele dársele a este punto en las iglesias cristianas, y la sonada polémica que genera entre muchos sectores, tanto eclesiásticos como seculares.

No cabe duda de que el diezmo es una de las doctrinas favoritas de los líderes cristianos en general, llámense pastores, curas párrocos, ancianos, apóstoles, obispos, reverendos o como quiera que se les nombre, ya que han venido lucrándose durante décadas (y aún siglos) de esta tradición tan increíblemente rentable. De igual forma, ha sido uno de los aspectos de los que más suelen echar mano los escépticos, ateos y demás enemigos del cristianismo, para tratar de desacreditar este antiguo, sagrado y venerable credo religioso que en realidad nada tiene que ver con la codicia ni con las ideologías materialistas que lamentablemente han promovido la mayoría de sus líderes.

La primera mención que se hace en la Biblia sobre esta práctica de separar el 10% de las ganancias materiales como acto de ofrenda a Dios, aparece en el capítulo 14 del libro de Génesis, donde se nos cuenta acerca de la victoria que tuvo el patriarca Abram (llamado más tarde Abraham) y su ejército de aliados, sobre una confederación de cuatro reyes elamitas que habían invadido la llanura del Mar Muerto y secuestrado a su sobrino Lot, que vivía en esa región. Dice el relato que, cuando Abram regresaba a Canaán con los rehenes liberados y un cuantioso botón tomado de los enemigos (al cual se sumaba todo lo que éstos habían robado a los cautivos), un misterioso sacerdote monoteísta de nombre Melquisedec, que también era rey de una ciudad llamada Salem (futura Jerusalén según algunos), salió a recibirle con júbilo y profirió sobre el patriarca guerrero una hermosa bendición:

 “Bendito sea Abram del Dios Altísimo, creador de los cielos y de la tierra; y bendito sea el Dios Altísimo, que entregó tus enemigos en tu mano…”

– Génesis 14: 19, 20 –

Acto seguido, dice la Biblia que Abram, movido por una profunda reverencia  este enigmático personaje, le dio los diezmos de todo (o sea de lo que había tomado como botín a los enemigos). 


Encuentro de Abraham y Melquisedec en el Valle de Save


Lo particular de este relato es que Abram decide darle los diezmos a Melquisedec sin ningún tipo de coacción, ni porque se sintiera obligado o amenazado, sino porque quiso,  porque le nació hacerlo; sintió en su corazón una devoción tan profunda y un impulso tan fuerte de honrar a Dios con sus bienes a través de aquel misterioso personaje, y de agradecer esa hermosa bendición proferida por labios tan sagrados, que no dudó en darle el 10% de lo que había obtenido como botín de guerra, mas no de su salario o ingresos por el trabajo diario (Abraham era ganadero y mercader). Esto contrasta fuertemente con lo que enseñan los líderes religiosos prodiezmo, quienes aseguran que tenemos que apartar la décima parte de todo lo que ganemos (nuestro salario, rentas, propiedades, negocios, cosechas, y todo lo que signifique ingresos). 

Por otra parte, llama poderosamente la atención analizar el tipo de persona que era en realidad Melquisedec, quien es descrito en el capítulo 7 de la carta a los Hebreos como una teofanía o manifestación de Dios mismo en el espacio y el tiempo:

"Porque este Melquisedec, rey de Salem, sacerdote del Dios Altísimo, que salió a recibir a Abraham que regresó de la derrota de los reyes, y le bendijo, a quien igualmente dio Abraham los diezmos de todo [...] sin padre, sin madre, sin genealogía; que ni tiene principio de días, ni fin de vidasino hecho semejante al Hijo de Diospermanece sacerdote para siempreConsiderad, pues, cuán grande era éste, a quien aún Abraham el patriarca dio diezmos del botín. Ciertamente los que de entre los hijos de Leví reciben el sacerdocio, tienen mandamiento de tomar del pueblo los diezmos según la ley, es decir, de sus hermanos, aunque éstos también hayan salido de los lomos de Abraham. Pero aquel cuya genealogía no es contada de entre ellos tomó de Abraham los diezmos, y bendijo al que tenía las promesas. Y sin discusión alguna, el menor es bendecido por el mayor. Y aquí ciertamente reciben los diezmos hombres mortales; pero allí (o sea en aquel encuentro entre los dos personajes) uno de quien se da testimonio de que vive”.

Hebreos 7: 1-8 –

En otras palabras, Abraham le dio los diezmos directamente a Dios, no a un hombre. Y tampoco lo tenía como costumbre, pues claramente se nota que sólo lo hizo en esa ocasión en particular, cuando aquella teofanía divina salió a su encuentro para bendecirlo. Además, el hecho de haberlos dado en ese momento, en ninguna manera convirtió aquella práctica en una institución, obligación o deber para el que adora a Dios, ni tampoco en una tradición familiar o tribal, pues de lo contrario Ismael, Isaac y los demás hijos que tuvo Abram habrían continuado con la práctica del diezmo y la habrían impuesto en sus respectivas tribus y comunidades, tal como lo hicieron con el ritual de la circuncisión, que sí era obligatorio y de hecho fue la señal del pacto de amistad entre Dios y Abraham, que convirtió a su descendencia en el pueblo elegido.

Así que, el argumento dado por muchos líderes cristianos, según el cual el diezmo no fue proclamado sólo bajo la Ley de Moisés (que vino muchos siglos después de Abraham), sino incluso antes de ella, y que por lo tanto es un deber vigente para todas las épocas, queda refutado por este sencillo ejercicio de lógica y sentido común: Abraham, por voluntad propia, separó el 10% de una ganancia eventual que obtuvo y se lo entregó al mismo Dios. No lo hizo siguiendo un código legislativo, ni por temor a caer en ruina, ni por cumplir un ritual, ni por obligación o coacción de nadie, sino por simple agradecimiento y reverencia a Dios, que tanto lo había bendecido.

Asimismo, tampoco diezmó de lo que ganaba por su trabajo diario, ni con el objetivo de sostener económicamente a ningún sacerdote o grupo clerical, y mucho menos para obtener una mayor prosperidad material, pues si usted lee los capítulos 12 y 13 del libro de Génesis, notará que Dios ya lo venía bendiciendo en todos los aspectos de su vida, incluido el material. Es decir, Dios prosperó económicamente a Abraham porque quiso, y de hecho se lo prometió y lo empezó a cumplir incluso desde mucho antes de que Abraham diezmara, de modo que la prosperidad material del patriarca en ningún momento dependió del diezmo que le dio a Melquisedec, sino de la fe que tuvo en Dios y en sus promesas. ¿Por qué entonces los que apoyan el diezmo nos presentan a un Dios tan chantajista que sólo nos dará bendición material si entregamos la décima parte de nuestros bienes?

“¡Pero un momento! ¡Hubo alguien más que diezmó antes de que apareciera la Ley de Moisés, y que nos ratifica que debemos hacer lo mismo, sea cual sea la época!” – Dirá alguno – “¿Qué hay del patriarca Jacob, nieto de Abraham?...” Según Génesis 28: 18 – 32, cuando el joven Jacob iba huyendo de su hermano Esaú y se dirigía a tierra de Padam-Aram, en cierta ocasión le tocó pasar la noche en un solitario paraje al que llamó Bet-El (Casa de Dios) por haber tenido allí una apoteósica visión de ángeles que subían y bajaban por una escalera que parecía conectar el cielo con la tierra. Cuenta la tradición que, luego de esta experiencia mística, el futuro patriarca hizo a Dios una promesa. Veamos:



“Y se levantó Jacob de mañana, y tomó la piedra que había puesto de cabecera, y la alzó por señal, y derramó aceite encima de ella. Y llamó el nombre de aquel lugar Bet-el, aunque Luz era el nombre de la ciudad primero. E hizo Jacob voto, diciendo: Si fuere Dios conmigo, y me guardare en este viaje en que voy, y me diere pan para comer y vestido para vestir, y si volviere en paz a casa de mi padre, Jehová será mi Dios. Y esta piedra que he puesto por señal, será casa de Dios; y de todo lo que me dieres, el diezmo apartaré para ti”.

 


Jacob hace pacto con Dios


Según se puede deducir de este pasaje, es evidente que Jacob conocía la práctica del diezmo, pues de lo contrario no habría hecho una promesa en la que definía una cifra concreta del 10%. Además, con toda certeza conoció la vieja historia de su abuelo Abraham cuando se encontró con el sacerdote del Dios Altísimo Melquisedec, y le hizo entrega de la décima parte del botín arrebatado a los reyes elamitas en la legendaria batalla en la que había participado.

Sin embargo, también queda claro que no era una costumbre que solía seguir, ni que le había sido enseñada en su familia como una tradición, lo cual implica que ni él, ni su hermano Esaú, ni su padre Isaac tenían como costumbre diezmar de lo que ganaban en su trabajo habitual. Es decir, ellos conocían la existencia de una práctica sagrada y de carácter voluntario consistente en apartar el 10% de una ganancia determinada como ofrenda exclusiva a Dios; pero también eran conscientes de que esto sólo se hacía de manera eventual y extraordinaria, mas no como una costumbre permanente en la que hubiera que diezmar de todo lo que se obtenía en ganancia; pues si esta familia hubiera tenido el diezmo como una tradición, Jacob no tendría por qué haber prometido hacer algo que ya venía haciendo. Es algo que no tiene ningún sentido. Además, si hubiera sido una costumbre que tenían los patriarcas, sin duda la Biblia indicaría claramente dónde y a quién le llevaban los diezmos. Por tanto, cuando Jacob dice “…y de todo lo que me dieres…” lo hace porque se le ocurrió en el momento; lo hace a manera de pacto, y de un modo condicional, pues previamente le declara a Dios:

Si fuere Dios conmigo, y me guardare (…) y me diere (…) y si volviere en paz [entonces] Jehová será mi Dios (…) y de todo lo que me dieres el diezmo aparataré para ti”.

En otras palabras, lo que Jacob hace con Dios es un trueque: “Si me das esto, yo te doy esto otro”. Y así vemos de nuevo que, como en el caso de Abraham, por ningún lado se ve coacción, ni temor, ni obligación moral, religiosa o civil que empujara a Jacob a diezmar. ¿Por qué entonces la mayoría de líderes cristianos, de manera directa o indirecta, siempre utilizan precisamente técnicas inescrupulosas de manipulación basadas en la coacción, la culpa y el temor, para obligar a sus rebaños a diezmar, diciéndoles cosas tan dañinas y medievales como “el que no diezma le está robando a Dios y los ladrones no entrarán al Reino de los Cielos”?

 


Ahora bien, con respecto a la forma en que Jacob entregó los diezmos prometidos, se podrían plantear varias preguntas:

1- ¿A quién se los dio exactamente? ¿Un Melquisedec? ¿Acaso esa teofanía de Dios todavía estaba reinando en la legendaria ciudad de Salem?

2- Supongamos por un momento que, efectivamente, fue a este rey-sacerdote a quien Jacob le entregó los diezmos prometidos... ¿En qué momento lo hizo? ¿Cuando regresó a su tierra natal, casi veinte años después? Téngase en cuenta que él se encontraba en Padam-Aram cuando Dios lo empezó a bendecir económicamente, muy lejos de su patria, así que es improbable que viajara periódicamente a Salem sólo para dar la ofrenda monetaria al misterioso sacerdote, teniendo en cuenta que tenía una amenaza de muerte por parte de su hermano Esaú, y que el contexto de la historia indica que nunca regresó a Canaán hasta muchos años después, cuando ya era un hombre próspero… ¿O es que acaso se encontraba con Melquisedec en algún lugar de la tierra de Aram para darle los diezmos? 

3- Si no le entregó los diezmos prometidos a Melquisedec, ¿entonces a quién se los daba? ¿A otro sacerdote del Dios Altísimo que habitaba en la región? ¿A algún profeta de Dios, ermitaño y místico, que vivía en alguna montaña de aquellas tierras? Porque es evidente que en esos remotos tiempos no existía todavía un culto oficial al Dios hebreo, ni mucho menos unos oficiantes ordenados (sacerdotes, ancianos, pastores o lo que fuera) a quienes hubiera que dar diezmos o cualquier otro voto monetario. Por tanto, la pregunta sigue abierta: ¿a quién le dio los diezmos Jacob, como para que los creyentes cristianos corran a entregárselos al pastor de su iglesia?

Ahora abordemos la cuestión desde otro punto de vista: vamos a suponer por un momento que el diezmo sí es una práctica vigente para todas las épocas (incluyendo las que se sitúan antes y después de la Ley Mosaica) debido a que Abraham y Jacob también lo hicieron. En ese caso, como la Biblia dice que el primero le dio sus diezmos a una teofanía divina, pero acerca del segundo no dice ni insinúa siquiera a quién o a quiénes se los entregó, yo no tengo por qué asumir que hay que dárselos al pastor o líder de mi iglesia. Se los puedo dar perfectamente a alguien que me represente a Dios, como por ejemplo un hermano necesitado de la congregación, pues Jesús dijo en una ocasión:

“(…) Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; Tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí. Entonces los justos le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos, o sediento, y te dimos de beber? ¿Y cuándo te vimos forastero, y te recogimos, o desnudo, ¿y te cubrimos? ¿O cuando te vimos enfermo, o en la cárcel, y vinimos a ti? Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis (…)”

-   Mateo 25:34-40 –

 

Por consiguiente, si le doy mis diezmos a un hermano necesitado, para que él supla sus necesidades materiales, es como si se los estuviera entregando al mismo Jesucristo.

 



Y esto que digo no es un sofisma ni una simple ocurrencia o suposición sin fundamento, sino que, de hecho, tiene bases bíblicas, pues en el antiguo Israel, incluso bajo la Ley de Moisés, que exigía entregar el diezmo a los sacerdotes y levitas (los líderes religiosos de la nación, dedicados de tiempo completo al servicio litúrgico), existía un tipo de diezmo que estaba destinado a los pobres y necesitados, fueran o no del pueblo de Dios: a los niños huérfanos que aún no podían sostenerse económicamente, a las viudas ancianas, solas o enfermas que no tenían un varón que pudiese velar por sus necesidades, a los extranjeros que vivían en la escasez, entre otros tipos de personas necesitadas que sin duda existían en aquella sociedad. Veamos:

“Al fin de cada tres años sacarás todo el diezmo de tus productos de aquel año, y lo guardarás en tus ciudades. Y vendrá el levita, que no tiene parte ni herencia contigo, y el extranjero, el huérfano y la viuda que hubiere en tus poblaciones, y comerán y serán saciados; para que Jehová tu Dios te bendiga en toda obra que tus manos hicieren”.

-   Deuteronomio 14:28, 29 –

 

“Cuando acabes de diezmar todo el diezmo de tus frutos en el año tercero, el año del diezmo, darás también al levita, al extranjero, al huérfano y a la viuda; y comerán en tus aldeas, y se saciarán. Y dirás delante de Jehová tu Dios: He sacado lo consagrado de mi casa, y también lo he dado al levita, al extranjero, al huérfano y a la viuda, conforme a todo lo que me has mandado; no he transgredido tus mandamientos, ni yo me he olvidado de ellos...”

-   Deuteronomio 26:12, 13 -

Llama particularmente la atención este detalle de hacer partícipes de los diezmos a “los extranjeros”, ya que eran personas a las que se les miraba con desprecio y que, de hecho, eran consideradas “impuras” por no estar circuncidadas y provenir de naciones paganas que adoraban a otros dioses.

Ahora bien, a lo que quiero llegar es a lo siguiente: los líderes cristianos que predican el diezmo se apoyan en la Ley de Moisés para argumentar que este porcentaje debe ser entregado a quienes le sirven a Dios de tiempo completo, como se hacía en el caso de los sacerdotes y levitas de la antigüedad. Y ya que en nuestros días quienes le sirven a Dios de tiempo completo son los que dirigen las iglesias, a saber, obispos, apóstoles, reverendos, misioneros, pastores, curas, entre otros, entonces son ellos los que deben recibir los diezmos correspondientes al ser los equivalentes modernos de los sacerdotes levitas.

Si esto es así, y debemos utilizar este tipo de lógica para justificar el diezmo para esos líderes, entonces podríamos preguntar a ellos lo siguiente: ¿dónde queda el diezmo para los necesitados y los extranjeros? ¿Por qué no hablan sobre él ni lo enseñan? Si nos debemos ceñir a lo que dice la Ley de Moisés respecto al diezmo para los ministros dedicados, ¿entonces por qué no nos ceñimos también a lo que esa misma Ley ordenaba para los necesitados y extranjeros? ¿Debemos ajustarnos solamente a unas partes de las Escrituras, pero a otras no? Eso es conveniencia hipócrita, maliciosa y oportunista. Es querer manipular la Biblia para obtener provecho a base de interpretaciones amañadas, en las que sólo se extrae aquello que nos conviene y se omite la otra parte de la historia que bien podría afectar nuestros intereses lucrativos.

“¿Y acaso quiénes son esos necesitados y esos extranjeros a los cuales también habría que compartirles del diezmo?” – podría preguntar algún prodiezmista - Pues bien, es un hecho ampliamente reconocido que, en muchas iglesias cristianas, los niveles de pobreza de un alto porcentaje de la membresía son escandalosos, y las cifras de creyentes que viven literalmente en la miseria y padecen necesidades indignas de un pueblo que dice ser caritativo, generoso y solidario, son alarmantes. Conozco muchos casos de feligreses de diferentes denominaciones cristianas que viven en situación de extrema pobreza, algunos incluso aguantando física hambre. Habitan en ranchos inseguros y medio caídos que más bien parecen pocilgas, en medio de pésimas condiciones de salubridad. Visten siempre con las mismas dos prendas y perciben ingresos económicos prácticamente nulos. Y no estoy hablando de jóvenes vigorosos y fuertes que podrían salir a rebuscarse la vida, sino de ancianos y ancianas desamparadas o enfermas, sin hijos o nietos que puedan velar por sus necesidades, o con hijos discapacitados y también enfermos que tampoco pueden hacer mucho por el sostenimiento del hogar. Son personas que no cuentan con la ayuda de familiares, ya sea porque los tienen lejos, o están en las mismas condiciones que ellos, o simplemente son indiferentes a su situación.  Creyentes que logran obtener el sustento sólo porque Dios es grande y misericordioso, y conmueve el corazón de uno que otro hermano en la fe que se compadece de su triste situación y les ayuda como puede, e incluso vecinos no creyentes que actúan de manera mucho más humanitaria que quienes dicen ser sus "pastores", los cuales en cambio sí son muy diligentes a la hora de reclamar los jugosos "diezmos" que afirman merecer por su "ardua" labor…

Ahora, respecto a quiénes vendrían siendo los “extranjeros” que también deberían participar del diezmo, pues simplemente son aquellas personas que no pertenecen a la Iglesia y que también tenemos el deber de ayudar, pues la compasión, la misericordia y la bondad no distingue entre credos religiosos, y el amor de Cristo es universal y ecuánime, pues como dijo Jesús: “Dios hace llover sobre buenos y malos”. No podemos cerrarnos como algunas personas de mentalidad fanática y sectaria a creer que sólo se debe ayudar a los hermanos en la fe.

 


Por otra parte, si aceptamos como cierto que los obispos, reverendos, apóstoles, pastores, curas  párrocos  y, en general, todos los que dirigen las comunidades cristianas, son el equivalente moderno de los sacerdotes levitas (como muchos de ellos lo afirman), entonces, por lógica elemental, los diáconos, líderes de comité, músicos, predicadores, evangelistas, maestros de escuela dominical, catequistas, aseadores, ujieres, vigilantes, porteros, monaguillos y demás personas que ayudan en las labores litúrgicas, vienen siendo los equivalentes modernos de los levitas, ya que estos eran los ayudantes de los sacerdotes. ¿Por qué a estas personas no se les hace también partícipes de los diezmos, ni se les asigna un salario o una remuneración económica digna, sino que todo se lo acaparan los dirigentes? ¿Con qué derecho lo hacen, si dichos asistentes incluso suelen trabajar más duro que ellos?

Porque si algo es evidente en la mayoría de iglesias modernas, es que sus líderes delegan casi todas las actividades eclesiásticas en otros miembros de la congregación a quienes llaman "servidores" - que en realidad son mano de obra gratuita - para no tener que llevar una pesada carga de responsabilidades por la cual luego vienen, con el mayor descaro, a reclamar un salario del que no son dignos. Como decimos en mi tierra: "se la quieren ganar de ojo". Convierten su título pastoral en una marca redituable con la cual se sienten en el derecho de cobrar grandes honorarios sólo por el hecho de existir y ejercer un rol administrativo, como si la iglesia fuera una empresa mundana donde los cargos directivos devengan los mayores salarios realizando el menor esfuerzo. Eso de que sienten "carga" por el rebaño, que madrugan al rayar el alba a orar por la Iglesia e interceder por ella, de que sufren por los problemas de sus ovejas y se preocupan por conocer su estado; que se “queman las pestañas" y se “pelan las rodillas" preparando sermones inspirados para alimentar espiritualmente a los fieles, entre otras bonitas utopías evangélicas, es un cuento que era más creíble en otros tiempos, cuando el espíritu de codicia y arrogancia aún no se había apoderado tanto de la mente y el corazón de los ministros cristianos, como tristemente se ve en nuestros días. No todos caen en esta descripción por supuesto, pero sí es la tendencia general hoy en día.

En resumen: ¿Por qué en nuestras iglesias no se predica sobre este tipo de diezmo para los pobres, necesitados y auxiliares de la liturgia, sino sólo del diezmo para los líderes de las comunidades y denominaciones (apóstoles, obispos, reverendos, pastores, curas párrocos, etc.)? ¿Será que no hay suficientes necesitados en las congregaciones cristianas? ¿Qué pasa con tanto movimiento de dinero que hay al interior de las iglesias (proveniente de diezmos, ofrendas, primicias, votos, entre otras mil maneras de ordeñar rebaños) mientras hay hermanos padeciendo grandes penurias económicas? ¿No es algo absurdo y contradictorio que el cura, pastor o como se le llame a su líder religioso, viva a cuerpo de rey en medio de lujos y derroche, cambiando automóvil, estrenando vestuario, joyas y accesorios costosos cada que se le antoja, ostentando y haciendo alarde de un elevado nivel de vida, mientras en su propia congregación hay ovejas desamparadas, raquíticas, hambrientas y casi desnudas, que atraviesan por dificultades indecibles? ¿Acaso Dios siente más amor por sus ministros ordenados que por esos miles de creyentes que viven en la pobreza, y por eso les otorga mayores bendiciones económicas? Ahora, si es que su líder cristiano goza de una buena posición por provenir de una familia de abolengo, o por situaciones afortunadas que lo llevaron a dicha posición de privilegio, ¿no debería entonces dejar de hacer alarde de su opulencia, seguir el ejemplo de sencillez de Cristo y moderar sus costumbres, por respeto a esos hermanos caídos en desgracia?

 

 UN ANÁLISIS PROFUNDO DE LA CUESTIÓN

Lamentablemente, hablar sobre este tipo de asuntos en las iglesias de hoy en día es considerado casi que una blasfemia por parte de los líderes prodiezmo, quienes obviamente no quieren ver afectados sus intereses monetarios, ni esa nutrida gallina de huevos de oro que durante siglos ha mantenido a muchos de ellos viviendo en el lujo y el confort como verdaderos zánganos. Se aferran como sanguijuelas a lo que dice la Ley de Moisés acerca del diezmo, pero con el mayor cinismo aseguran que esa misma Ley ya no está vigente en este tiempo de la Gracia, dado que Jesucristo la cumplió por nosotros y, con su muerte y resurrección, nos libró de las duras sentencias que ella imponía a los pecadores.

Es decir, según estos hipócritas, para unas cosas ya no estamos bajo la Ley de Moisés, pero para lo que les conviene a ellos y les trae ganancia monetaria o dominio sobre las masas de creyentes, sí lo estamos todavía, con todo y sus maldiciones, pues desde que era un niño y una tía me llevaba a la Escuela Dominical, he escuchado a infinidad de pastores, líderes y predicadores lanzar desde los púlpitos una conocidísima y efectiva amenaza que fue enunciada bajo la Ley Mosaica, y con la cual han atemorizado durante décadas a los ingenuos (como lo era yo): los famosos versículos de Malaquías 3: 8 – 11 :

“¿Robará el hombre a Dios? Pues vosotros me habéis robado. Y dijisteis: ¿En qué te hemos robado? En vuestros diezmos y ofrendas. Malditos sois con maldición, porque vosotros, la nación toda, me habéis robado. Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunda. Reprenderé también por vosotros al devorador, y no os destruirá el fruto de la tierra, ni tu vid en el campo será estéril, dice Jehová de los ejércitos”.

Una pavorosa amenaza de ruina, sin duda, pero a la vez una estupenda promesa de bendición material para quien haga la voluntad del Señor y sea cumplido con sus deberes económicos. Es decir, tenemos en este interesante pasaje un temible garrote y una apetecible zanahoria, que desde siempre han sido bien utilizados por los líderes cristianos para arrear o atraer burros según sea el caso. Por un lado, arrean a los creyentes ingenuos diciéndoles que si no diezman se van a condenar, o como mínimo van a caer en la ruina; y por otro, los atraen diciéndoles que si diezman el dinero se les va a multiplicar como arroz. Y así, podemos ver hoy en día a muchos cristianos practicar cumplidamente el diezmo por temor a caer en desgracia, y otros tantos (quizá la mayoría) por el vivo interés de que Dios les aumente la riqueza material… ¡Hipocresía por todos lados, en el clero y en los laicos; en los de arriba y en los de abajo!


Así te ven los líderes que conocen la verdad sobre el diezmo, y aún así te lo siguen enseñando


Ahora bien, más allá de lo efectivo que haya resultado ser este pasaje de Malaquías para manipular conciencias, conviene analizar su significado preciso para no dejarnos embaucar por los argumentos falaces de los líderes prodiezmo. Creo que ya va siendo hora de que la Iglesia de Jesucristo abra los ojos respecto a lo que en realidad se ha convertido la práctica religiosa del diezmo que, si bien tiene unas connotaciones sagradas y místicas, y de hecho estuvo incluida dentro del plan financiero de Dios para su pueblo en el Antiguo Testamento, llegando incluso a ser de gran bendición hoy en día si se entendiera y se aplicara de manera adecuada, actualmente no es más que una descarada estafa que beneficia sólo a unos sectores o élites exclusivas de la Iglesia, y que no dista mucho de parecerse a las actividades ilícitas de las oscuras organizaciones mafiosas, convirtiendo la Casa de Dios en una cueva de ladrones donde reina la avaricia y la desigualdad, la inquina y la rapacidad, el despilfarro y la soberbia… En un conjunto de organizaciones capitalistas y elitistas que, usando una fachada religiosa, nos hablan de amor al prójimo, caridad, justicia y equidad, mientras hacen mercadería con las almas y distribuyen los bienes materiales de un modo tan injusto, que se convierten en una fiel copia del modelo de desigualdad que se vive en el mundo secular, donde abunda la pobreza y la miseria. Si Jesús entrara en las iglesias modernas, estoy seguro de que nuevamente tomaría un azote y comenzaría a expulsar a los mercaderes modernos, tal como lo hizo en su época cuando entró al Templo de Jerusalén.



Por eso le invito a usted, amigo(a) lector(a) que profesa ser cristiano(a), a que por favor considere con discernimiento espiritual y una sana lógica, libre de todo fanatismo, la información que aquí se le comparte, por el bien de su alma y de su bienestar psicológico y emocional (pues tal vez sea usted uno más de los miles de manipulados que sienten miedo de no diezmar porque "les puede caer alguna maldición" o “Dios los va a maldecir con ruina”).

Lo que aquí escribo no es producto de un impulso rebelde y altanero, ni son artimañas intelectualoides de un cristiano resentido y envidioso, como seguramente me estarán tildando muchos trasquiladores prodiezmo, sino el resultado de una sumatoria de análisis, investigaciones y experiencias obtenidas a lo largo de un camino que llevo recorriendo hace ya muchos años, y que me han llevado a concluir, entre muchas otras cosas, que definitivamente el Diezmo, como práctica obligatoria o coercitiva, en este tiempo de la Gracia, es una verdadera ESTAFA. Una estafa que ha mantenido a unos pocos viviendo como reyes en la vanidad, la holgura y el derroche, mientras muchos otros, también miembros del Cuerpo de Cristo, padecen grandes necesidades que aquellos zánganos inhumanos ni se inmutan por suplir, o si lo hacen es a medias, y por cumplir con un protocolo formal, tratando de mantener una fachada hipócrita que los reivindique como líderes piadosos. Veamos pues lo que significa el pasaje de Malaquías 3: 8 – 11 que cité arriba. En primer lugar, dejemos claro que el profeta Malaquías se está dirigiendo allí a la nación de Israel y no a la Iglesia, lo cual puede leer usted mismo en el capítulo 1, verso 1. Y en ese orden de ideas, lo que hace el profeta en el famoso pasaje de los diezmos (Mal. 3: 8 – 11), es recordar a los israelitas una antigua promesa que ellos mismos habían hecho unos mil años atrás en el monte Gerizim y en el monte Ebal, según la cual aceptaron ante Dios que, si no cumplían los mandamientos entregados por Él a través de Moisés, recibirían maldición, pero si los cumplían iban a recibir bendición. Léalo por favor en Deuteronomio 11: 26-29 y Deuteronomio capítulo 27 hasta el 28: 1 - 14. Entonces, cuando Malaquías les dice a los israelitas que si no diezman serán malditos, pero si diezman serán benditos, lo que está haciendo es recordarles el compromiso que habían hecho con Dios en la cumbre de esos dos montes en tiempos del caudillo Josué (Josué 8: 30 - 34). Así que usted como cristiano no tiene por qué sentirse comprometido con algo en lo que usted no participó, ni por un pacto que ya perdió vigencia, como lo fue el pacto del Sinaí. El pueblo judío, el Israel terrestre, descendencia directa de Abraham, ha sido el único pueblo en la historia al que se le ordenó diezmar. La Iglesia es el nuevo Israel, fundado sobre un nuevo pacto hecho en la sangre de Jesucristo.

Por otra parte, analicemos a qué casa se refería Dios cuando dijo:

“Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa …”

Sin duda, se estaba refiriendo al Templo de Jerusalén, al que también se le llamaba “Casa de Jehová”, porque se suponía que la Santa Presencia del Omnipotente moraba allí. El Templo era considerado el lugar donde Dios habitaba de manera invisible entre los hombres, y era administrado por un cuerpo de sacerdotes y sus asistentes llamados levitas, quienes se turnaban por grupos para residir allí de manera temporal, y ejercer su oficio de ministrar o servir al pueblo como guías religiosos y oficiantes del culto al Dios Altísimo. Constituían, pues, el clero o élite encargada de dirigir la vida religiosa de los israelitas.


El Templo de Jerusalén o "Casa de Yahvéh", construido inicialmente por el rey Salomón

Los sacerdotes hacían las plegarias, los sacrificios, y todos los demás rituales de intercesión a favor del pueblo pecador, para que Dios les fuera propicio, los bendijera y les confirmara su posición como "pueblo escogido". Eran asimismo los guardianes del conocimiento sagrado y maestros encargados de transmitirlo al pueblo para su edificación. Por su parte, los levitas debían mantener todos los muebles y utensilios del lugar bien aseados y en perfecto estado, limpiaban el Templo, ataban y sostenían a los animales que iban a ser sacrificados, recibían las ofrendas del pueblo, vigilaban las puertas, conformaban grupos de músicos y tañedores, entre otro sinnúmero de actividades asistenciales. Tanto los sacerdotes como los levitas pertenecían a la tribu de Leví (tercer hijo de Jacob), y la máxima autoridad religiosa de todos ellos era el Sumo Sacerdote, también de la misma tribu, pero perteneciente al linaje exclusivo de Aarón, hermano de Moisés.



Antes de que existiera la Casa de Jehová en Jerusalén, el culto israelita tenía como templo principal el llamado Tabernáculo de reunión, que era una capilla desarmable y transportable, construida por los israelitas durante su travesía por el desierto luego de haber salido de Egipto, y que fue finalmente reemplazada por el gran templo que mandó edificar el rey Salomón en Jerusalén. Fue en el Tabernáculo donde nació el culto hebreo y se fundó la casta sacerdotal y levítica.


El Tabernáculo de reunión, primer centro de adoración del pueblo israelita

Cuando Dios entregó la Ley a los israelitas a través de su siervo Moisés, quedó claramente estipulado en ella que todo israelita estaba obligado a separar el 10% de todas sus ganancias e ingresos económicos para entregarlo a los miembros de esta tribu de ministros ordenados, como podemos ver en el siguiente pasaje:

“(…) Y he aquí yo he dado a los hijos de Leví todos los diezmos en Israel por herencia, por su ministerio, por cuanto ellos sirven en el ministerio del tabernáculo de reunión (...) los levitas harán el servicio del tabernáculo de reunión, y ellos llevarán su iniquidad; estatuto perpetuo para vuestros descendientes; y no poseerán herencia entre los hijos de Israel. Porque a los levitas he dado por herencia los diezmos de los hijos de Israel, que ofrecerán a Jehová en ofrenda; por lo cual les he dicho: Entre los hijos de Israel no poseerán herencia. Y Jehová habló a Moisés, diciendo: Así hablarás a los levitas, y les dirás: Cuando toméis de los hijos de Israel los diezmos que os he dado de ellos por vuestra herencia, vosotros presentaréis de ellos en ofrenda mecida a Jehová el diezmo de los diezmos. Y se os contará vuestra ofrenda como grano de la era, y como producto del lagar. Así ofreceréis también vosotros ofrenda a Jehová de todos vuestros diezmos que recibáis de los hijos de Israel; y daréis de ellos la ofrenda de Jehová al sacerdote Aarón. De todos vuestros dones ofreceréis toda ofrenda a Jehová; de todo lo mejor de ellos ofreceréis la porción que ha de ser consagrada. Y les dirás: Cuando ofreciereis lo mejor de ellos, será contado a los levitas. como producto de la era, y como producto del lagar. Y lo comeréis en cualquier lugar, vosotros y vuestras familias; pues es tu remuneración por vuestro ministerio en el tabernáculo de reunión. Y no llevaréis pecado por ello, cuando hubiereis ofrecido la mejor parte de él; y no contaminaréis las cosas santas de los hijos de Israel, y no moriréis”.

-   Números 18: 21 – 32


De acuerdo con lo anterior, hubo dos razones por las cuales Dios decidió que los diezmos del pueblo fueran destinados a los sacerdotes y levitas:

1- Que recibieran un salario por su importante trabajo, ya que tenían que realizar un sinnúmero de rituales, muchos de ellos bastante extenuantes, en virtud de su importante misión de ser nada más y nada menos que los mediadores entre Dios y los hombres, lo cual exigía de su parte no sólo la ejecución de ceremonias, sino también una vida de sacrificio, oración, meditación, enseñanza, abnegación y total entrega al servicio sagrado. Es decir, tenían un ministerio de mediación que merecía y necesitaba ser remunerado, pues ése era el oficio que desempeñaban de tiempo completo, y por tal motivo necesitaban una fuente de ingresos. Es claro que tenían que vivir de algo. 

2- Debido a esta consagración de tiempo completo, la tribu de Leví fue la única que no recibió un territorio durante la repartición de la Tierra Prometida (Canaán), la cual tuvo lugar cuando los israelitas tomaron posesión de ella. Al no recibir territorio, por supuesto no tendrían un espacio para cosechar, criar ganado, comerciar o desarrollar industria, y por lo tanto no podrían llevar una vida secularmente productiva.

No se sabe con certeza cómo se hacía la entrega de este diezmo a los levitas en los territorios de Israel que estaban por fuera de la capital Jerusalén, pero sí queda claro que la principal forma de hacerlo era llevándolo directamente a la Casa de Jehová, a un lugar especial llamado alfolí, que era una especie de almacén o bodega donde se guardaban los productos provenientes de los diezmos, ofrendas, primicias y votos de cada israelita que se acercaba allí. Una vez recolectado, se procedía a la repartición de todos estos bienes entre las familias de los levitas, y éstos, a su vez, debían separar el diezmo de la parte que les había correspondido, para entregársela al Sumo Sacerdote, algo que se denominaba el diezmo de diezmos. De esta manera, se garantizaba que la tribu de Leví en su conjunto iba a tener con qué subsistir y así poder dedicarse de lleno al ministerio sacerdotal. 


Concluimos entonces que la decisión de Dios de conceder los diezmos a ellos fue una medida totalmente justa, pues sólo imagine usted por un momento qué hubiera sido de la tribu de Leví si, además de habérsele negado un territorio propio donde pudiera desarrollar una actividad económica, tuviera que ejercer un servicio sagrado de tiempo completo sin ningún tipo de remuneración. Lógicamente no podría subsistir. Por tanto, la exhortación de Dios en Malaquías 3: 10 “haya alimento en mi casa”, se refería, en ese contexto, a que se proveyera para los que ministraban en el Templo.

 

Entrega de diezmos en el Alfolí del Templo

Y debido entonces a esta interpretación, es que los líderes prodiezmo afirman que se les tiene que mantener económicamente a ellos, pues como son ministros que abandonaron sus trabajos seculares para dedicarse de tiempo completo al servicio a Dios, entonces la comunidad de creyentes es la que debe proveer para su manutención. Y esto, en estricta lógica, es totalmente cierto, pues el mismo Jesús dijo:

 “El obrero es digno de su salario”

– San Lucas 10:7 –

 

Y San Pablo lo reafirmó en 1ª Corintios 9: 7 – 14, cuando escribió:

“¿Quién fue jamás soldado a sus propias expensas? ¿Quién planta viña y no come de su fruto? ¿O quién apacienta el rebaño y no toma de la leche del rebaño? ¿Digo esto sólo como hombre? ¿No dice esto también la ley? Porque en la ley de Moisés está escrito: ´No pondrás bozal al buey que trilla´ ¿Tiene Dios cuidado de los bueyes, o lo dice enteramente por nosotros? Pues por nosotros se escribió; porque con esperanza debe arar el que ara, y el que trilla, con esperanza de recibir el fruto. Si nosotros sembramos entre vosotros lo espiritual, ¿Es gran cosa si segáremos de vosotros lo material? Si otros participan de este derecho sobre vosotros (o sea otros apóstoles y evangelistas que había en la época de Pablo), ¿Cuánto más nosotros? (…) ¿No sabéis que los que trabajan en las cosas sagradas, comen del templo, y que los que sirven al altar, del altar participan? (Obviamente aquí se está refiriendo a los levitas) Así también ordenó al Señor a los que anuncian el evangelio, que vivan del evangelio”.

Es decir, es perfectamente lícito y necesario que las comunidades cristianas sostengan económicamente a los líderes que las dirigen, siempre y cuando estos líderes realmente trabajen con esmero y dedicación en la obra a la que fueron llamados. Y para ilustrar este derecho que tienen los ministros cristianos, San Pablo emplea 6 figuras metafóricas a manera de ejemplos:

 1- Un soldado, quien, por estar dedicado enteramente a prestar un servicio militar, en el que incluso está poniendo en riesgo su vida, es remunerado ya sea por el Estado o por aquel que lo tomó por soldado. 

2- Un viñador, que trabaja con esmero cultivando y cuidando una viña, y que por lo mismo está en todo el derecho de tomar del fruto de ella. 

3- Un pastor de ovejas, que apacienta y cuida hasta con su vida el rebaño que le es entregado, y que por esa misma razón está en todo el derecho de tomar de la leche que produce el rebaño. Ni más faltaba que no pudiera sacar un poco de provecho después de darlo todo por las ovejas. 

4- Un buey trillador, al cual ordenaba la ley de Moisés no ponerle bozal, para que pudiera ir comiendo mientras trillaba el grano, pues sería muy cruel poner a trabajar arduamente al pobre animal sin siquiera darle la oportunidad de comer un poco de lo mismo que está trillando. 

5- Un campesino que ara la tierra y otro que trilla los granos de la cosecha, quienes trabajan duro con la esperanza de recibir una recompensa por su extenuante labor, lo cual es ilustrado por Pablo de otra manera al decir que, si los ministros cristianos siembran en los creyentes una semilla espiritual, es de esperarse que de alguna manera obtengan de ellos una remuneración material que les sirva para su sostenimiento. 

6- Los sacerdotes y levitas que presidían el culto a Dios en el pueblo de Israel, quienes por ese mismo oficio de tiempo completo debían ser sostenidos económicamente por el pueblo.

No obstante, nótese que en ninguna parte se nos dice que tenemos que dar una cuota específica a los ministros, y mucho menos el 10% de nuestros ingresos. El hecho de que Pablo haya puesto como ejemplo a los sacerdotes y levitas, no significa que debemos dar a los líderes la misma cantidad que los israelitas les daban a aquellos, pues lo hubiera especificado claramente en el texto, así como habría especificado también la cuota o salario que se le pagaba a un soldado, un viñador, un pastor, un arador o un trillador, que son los otros ejemplos que cita el apóstol. Cuando el apóstol pone como ejemplo a los levitas es sólo para ilustrar que, así como ellos vivían de su ministerio, los ministros cristianos también tienen derecho a hacer lo mismo (sin que esto implique cuotas o cantidades específicas a devengar. Tanto es así, que Pablo mencionó solamente “lo que se ofrece en el altar” y no los diezmos, que se almacenaban en el alfolí). Lo mismo quiso decir al citar los otros ejemplos, a saber, que así como un viñador vive de las uvas que cultiva, un pastor de las ovejas que cuida, un soldado del servicio militar que presta y un agricultor de lo que cultiva, asimismo un ministro evangélico debe vivir de su importante labor como predicador y mensajero de las buenas nuevas. Eso fue todo lo que quiso decir. En ningún momento está hablando de porcentajes o salarios, y mucho menos de diezmos.

 


Es más, en el texto bíblico donde Jesús dice que “el obrero es digno de su salario”, también aclara en qué consiste ese salario, veamos:

“Y posad en aquella misma casa, comiendo y bebiendo lo que os den; porque el obrero es digno de su salario. No os paseéis de casa en casa. En cualquier ciudad donde entren, y os reciban, comed lo que os pongan delante…”

- Lucas 10: 7, 8 -

En otras palabras, el salario de un ministro evangélico dedicado consiste en lo que le quieran dar, pero no en cifras o porcentajes específicos. Debemos entender que los líderes cristianos no son levitas, y por lo tanto la ley del diezmo no les aplica desde ningún punto vista, ni siquiera si deseáramos cumplirla voluntariamente, por el simple hecho, repito, de que no son de la tribu de Leví ni están ejerciendo un ministerio sacerdotal de mediación.  No olvidemos que ese tipo de ministerio desapareció, y ahora es Jesucristo nuestro único y suficiente mediador. El único sacerdocio vigente en la Gracia es el de Melquisedecdel cual Jesucristo es el único y eterno sacerdote (estudie por favor todo el capítulo 7 de la carta a los Hebreos). Y en ninguna parte de las Escrituras dice que este sacerdote haya autorizado a los líderes de su iglesia para que reciban diezmos.

Sería un completo absurdo pensar que los pastores y líderes de las organizaciones cristianas son una especie de pequeños "Melquisedecs", superiores al resto de los creyentes, que por gozar de una elevada posición merecen recibir lo que le corresponde al propio Melquisedec (Cristo). Eso sería el colmo del arribismo y la insolencia. Sería querer apropiarse de manera atrevida y profana de una porción sagrada que es exclusiva de Dios, quien sólo abrió su boca una vez para autorizar a los levitas como receptores de los diezmos, pero nunca más volvió a decir nada respecto a quién había que dárselos una vez terminara el sacerdocio levítico. Usted nunca encontrará á en la Biblia ni una sola mención o insinuación en la que Dios haya dicho que se les debe hacer entrega de diezmos a los líderes de congregación y dirigentes de alto rango de la Iglesia. 

Más bien, lo que nos indica Hebreos 7: 9, 10, es que cuando Abraham entregó a Melquisedec los diezmos del cuantioso botín de guerra tomado a los invasores elamitas, entregó, de una vez y para siempre, los diezmos de Leví, descendiente suyo (que no había nacido todavía).  Y esto nos da pie para concluir que, si en algún momento a la iglesia le correspondía diezmar, pues entonces ya lo hizo en el patriarca Abraham, dado que los creyentes también somos descendientes de él por la fe (Gálatas 3:29). Y en consecuencia, no queda más alternativa que llamar ESTAFADORES a los que, sabiendo todo esto, siguen enseñando que el diezmo es para los pastores y líderes de las organizaciones cristianas, pues se están apropiando de manera impúdica de lo que no les pertenece, y le están reclamando a un pueblo ingenuo lo que no les fue ordenado pedir... ¿Quién es el verdadero ladrón entonces?, ¿el cristiano que no diezma o el pastor que pide diezmos? Saque usted sus propias conclusiones.

Por tanto - reitero - lo que Pablo quiso resaltar en el pasaje de 1ª Corintios 9: 7 – 14, es que los ministros dedicados tienen el derecho a obtener una remuneración económica por su labor evangelística, e ilustra esta idea por medio de seis ejemplos que no son más que eso: ejemplos, analogías, comparaciones, nada que debamos tomar literalmente ni que implique tal o cual cantidad. Por eso pone varios ejemplos y no sólo uno.

Entonces, si bien es cierto que a los ministros dedicados se les debe proveer para sus necesidades, y es totalmente justo que se les asigne un salario por su importante labor pastoral, eso no significa que se les tenga que dar una cuota específica del 10% de todo lo que uno se gana, pues ese régimen fue impuesto SÓLO BAJO LA LEY, y no en este tiempo de la Gracia, ni para el pueblo cristiano. Es necesario comprender que fue bajo la Ley de Moisés que el diezmo fue institucionalizado como obligación religiosa y civil, y que dicha Ley iba dirigida únicamente a los israelitas bajo el pacto del Sinaí (no a nosotros los gentiles), de modo que, bajo ningún concepto, estamos obligados a cumplirla.

Ni siquiera a los gentiles convertidos al cristianismo, que pasaron a ser parte del Israel de Dios y ahora somos judíos espirituales, se nos aplica esa Ley, por el simple hecho de que Cristo ya nos redimió de ella y por lo tanto “ya no hay judío ni griego, no hay varón ni mujer …” (Colosenses 3: 10, 11 – Gálatas 3: 28). Es decir, la Gracia de Dios en Cristo y el trabajo que hace su Espíritu en nuestras vidas, nos está haciendo pasar a un nivel superior en el que ya dejamos de ser simples humanos para transformarnos, poco a poco, en seres de naturaleza divina que ya no pueden pecar, ni necesitan la Ley, ni tienen las limitaciones de la naturaleza humana imperfecta. 

En otras palabras: como hijos de Dios redimidos del poder del pecado, nos estamos convirtiendo en aquello que la Ley buscaba que fuéramos (seres perfectos y sin pecado), no por seguir sus rituales y ceremonias, sino por el trabajo que hace el Espíritu de Dios en nuestras vidas. Por consiguiente, si ya estamos entrando donde la Ley quería que estuviéramos, gracias al poder de Dios y no a nuestras propias acciones, entonces no hay razón para seguir realizando las ceremonias y prácticas ritualistas que prescriben esa Ley. Si ya estamos alcanzando el objetivo (la perfección) a través de un medio distinto (la Gracia) al que inicialmente se determinó como el adecuado (la Ley), entonces este medio inicial ya deja de ser necesario. Es más: en el fondo, la Ley nunca fue un medio para salvar al hombre sino sólo para mostrarle sus defectos y hacerle consciente de su más terrible enfermedad, que es el pecado. El verdadero medio de salvación estaba reservado y tenía nombre propio: Jesús el Cristo. De modo que cuando apareció el medio de salvación, ya no es necesario el medio que nos mostró nuestra imperfección.

Por otra parte, es necesario enfatizar en que el propósito específico del diezmo era sostener a los sacerdotes y levitas, y ayudar a los necesitados, lo que nos dice que tenía un objetivo humanitario … ¿Será que ése es el que le dan hoy en día los líderes glotones y metalizados prodiezmo?

En resumidas cuentas, el pueblo cristiano debe entender que NO SE ENCUENTRA BAJO LA LEY, pues la Biblia dice claramente:

“Los apóstoles y los ancianos y los hermanos, a los hermanos de entre los gentiles que están en Antioquía, en Siria y en Cilicia, salud. Por cuanto hemos oído que algunos que han salido de nosotros, a los cuales no dimos orden, os han inquietado con palabras, perturbando vuestras almas, mandando circuncidaros y guardar la ley, (…) ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros, no imponeros ninguna carga más que estas cosas necesarias: que os abstengáis de lo sacrificado a ídolos, de sangre, de ahogado y de fornicación; de las cuales cosas si os guardareis, bien haréis. Pasadlo bien”.

-   Hechos 15: 23-29 –

 

“¿Acaso ignoráis, hermanos (pues hablo con los que conocen la ley), que la ley se enseñorea del hombre entre tanto que éste vive? Porque la mujer casada está sujeta por la ley al marido mientras éste vive; pero si el marido muere, ella queda libre de la ley del marido. (…) Así también vosotros, hermanos míos, habéis muerto a la ley mediante el cuerpo de Cristo, para que seáis de otro, del que resucitó de los muertos, a fin de que llevemos fruto para Dios (…) ahora estamos libres de la ley, por haber muerto para aquella en que estábamos sujetos, de modo que sirvamos bajo el régimen nuevo del Espíritu y no bajo el viejo régimen de la letra”.

-   Romanos 7: 1 – 6 –

 

“(…) Pero antes que viniese la fe, estábamos confinados bajo la ley, encerrados para aquella fe que iba a ser revelada. De manera que la ley ha sido nuestro ayo[3], para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe. Pero venida la fe, ya no estamos bajo ayo, pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús (..)”

-   Gálatas 3: 23 – 26 –

 

“(…) Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos. Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!”

Gálatas 4: 4 – 6

 

Por lo tanto, si no estoy bajo la Ley de Moisés, no tengo por qué continuar ejecutando los rituales que ella ordenaba, ni observando reglas que fueron institucionalizadas mientras ella estuvo vigente. Pues como dice Pablo en la carta a los Gálatas, eso sería negar que Cristo ya cumplió esa Ley por mí y que su muerte en la cruz del Calvario fue totalmente eficaz. Continuar con las prescripciones de la Ley en este tiempo de la Gracia equivale a querer salvarse por méritos propios, insinuando con ello que lo que Cristo hizo no fue suficiente:

“Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición, pues escrito está: ´Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas´. Y que por la ley ninguna se justifica para con Dios, es evidente, porque: ´El justo por la fe vivirá´; y la ley no es de fe, sino que dice: ´El que hiciere estas cosas vivirá por ellas´. Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición (porque está escrito: ´Maldito todo el que está colgado en un madero´)”.

-   Gálatas 3: 10 – 13

 Y esto no quiere decir que la Ley sea mala, o que diezmar en estos tiempos sea malo, sino que es algo INEFICAZ para la salvación del alma. Seguir los rituales de Ley Mosaica con el objetivo de hacer méritos para salvarme, o con el temor implícito de que si no los hago estoy pecando, significa que no estoy creyendo en la salvación que Cristo ya efectuó por mis pecados. Es así de sencillo. Así que si usted, estimado(a) lector(a), practica el diezmo por temor a caer en la ruina, por miedo a que su alma se pierda, o porque siente que le está “robando a Dios”, entonces su fe es totalmente vana y, como dijo Pablo, ha caído de la Gracia. Está usted rechazando la salvación gratuita y plenamente eficaz de Cristo, por tratar de salvarse con sus propios méritos:

"Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley. ¿Es Dios solamente Dios de los judíos? ¿No es también Dios de los gentiles? Ciertamente, también de los gentiles. Porque Dios es uno, y él justificará por la fe a los de la circuncisión (cristianos judíos), y por medio de la fe a los de la incircuncisión (cristianos gentiles)".

- Romanos 3: 28 – 30

 

“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”.

- Efesios 2: 8, 9

 

“He aquí, yo Pablo os digo que si os circuncidáis, de nada os aprovechará Cristo (…)”

- Gálatas 5: 1, 2

 

Si este es su caso, le aconsejo entonces que no sólo siga diezmando, sino que también se haga circuncidar, siga celebrando la Pesaj (Pascua), el Sucot (Fiesta de los Tabernáculos), el Rosh-Ha-Shaná[4] y el Yom-Kippur[5]; siga guardando el Shabat (Sábado) como día de reposo; siga sacrificando ovejas y cabras, practicando las abluciones con agua limpia, entre otro centenar de prácticas, ya que esas también son prescripciones que exige la Ley y no son menos importantes que el diezmo. Es decir, si usted quiere esforzarse por seguir una ordenanza de la Ley como lo es el diezmo, esfuércese de igual manera por cumplir las demás. No trate de pasarse de listo con Dios haciendo lo que le conviene o le parece, ignorando lo demás, pues como dijo San Pablo:

“(…) Y otra vez testificado a todo hombre que se circuncida, que está obligado a guardar toda la leyDe Cristo os desligasteis, los que por la ley os justificáis; de la gracia habéis caído”.

- Gálatas 5: 3, 4

O en otras palabras: si usted sigue aplicando la Ley en unas áreas, tiene que seguir aplicándola en todas las demás. De lo contrario, será un transgresor intencional de la Ley y estará realmente condenado:

“Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición, pues escrito está: ´Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas´.

- Gálatas 3:10

Ahora bien, si usted es de aquellos que diezman para que Dios les multiplique la riqueza y les prospere en todo lo material, entonces, con todo el respeto que usted se merece, tengo que decirle que tiene un corazón codicioso, y de espiritual tiene muy poco. Le aconsejo que deje la hipocresía y no siga dándose aires de espiritual, porque no lo es. Está en una posición semejante a si se alejara de su comunidad cristiana y se dedicara de una vez a llevar una vida desordenada y materialista de derroche, lujo y placeres, pues eso es lo que en el fondo usted desea. La mentalidad de los israelitas que diezmaban era la de agradecer a Dios por todas sus bendiciones y la de ayudar a quien lo necesitaba, fuera levita, huérfano, viuda, mendigo, extranjero, o cualquier clase de necesitado, mas no era la de esperar multiplicación de bienes. De modo que si esa no es la mentalidad que usted tiene al diezmar, entonces actúa igual o peor que los líderes avarientos y zánganos de nuestros días.

En suma: no se trata de pisotear adrede la Ley, o de decir que es mala, o de lanzarse a pecar descontroladamente porque "Cristo ya nos salvó". Se trata es de entender que de nada servirá guardarla, porque Jesucristo demostró que es imposible que un ser humano pueda cumplirla completamente. Así que, si no soy capaz de sujetarme a ella y guardarla en su totalidad, ¿para qué sigo esforzándome por practicar sus rituales con el fin de salvarme? Porque ese era el objetivo de observar todos los rituales de la Ley: obtener un nivel tal de purificación que me hiciese apto para la salvación. Por tanto, lo que ahora debe preocuparme como cristiano es que Dios haga una obra de regeneración en mi vida. Y por mi parte, la mejor obra que puedo realizar como hijo de Dios es disponer mi vida y dejarme trabajar por el Espíritu de Dios, para que Él quite de mí lo que no sirve, y ponga lo que sirve; para que me cambie la mentalidad y, con ella, la forma de vida. Como dijo San Pablo en Gálatas 6:15:

“Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale nada ni la incircuncisión, sino una nueva creación …”

O sea: si usted ya está en Cristo, de nada le sirve guardar la Ley, pues al fin y al cabo nunca va a ser capaz de cumplirla a cabalidad, y lo que realmente Dios quiere y lo que usted de verdad necesita es ser creado de nuevo, ser transformado, y obtener una nueva naturaleza que ya no pequeña, y hacia la cual nos estamos dirigiendo los hijos de Dios que hemos creído y aceptado a Jesucristo como Señor y Salvador: la naturaleza divina.

  

EL VERDADERO PLAN FINANCIERO DE DIOS

Ahora bien, la importancia de diezmar iba mucho más allá de simplemente dar sostenimiento económico a un linaje de ministros ordenados como lo era la tribu de Leví, pues si consideramos aquel otro tipo de diezmo que se mencionó párrafos atrás, el cual estaba dedicado a los necesitados y extranjeros del pueblo, podremos darnos cuenta de que esta práctica tenía también como objetivo contribuir a un equilibrio de bienes al interior de una sociedad desigual, donde unos tenían más que otros.

Si analizamos con detenimiento todas las ordenanzas de la Ley Mosaica referentes a la economía (el diezmo, el rebusco de las cosechas, el año de reposo de la tierra, los jubileos, el derecho a la herencia intransferible del patrimonio familiar, el reparto proporcional de las tierras, el préstamo sin intereses, entre otras), nos daremos cuenta que el objetivo de Dios siempre ha sido que los bienes materiales sean repartidos de manera equitativa entre todos, y no que unos tengan más que otros. Dios nunca pretendió que hubiera pobres entre el pueblo, pero sabía perfectamente que, por la misma mentalidad egoísta, irresponsable y avariciosa del ser humano, sería inevitable que unos acapararan más que otros, perpetuando así la desigualdad social y la existencia de ricos y pobres, los que tienen mucho y los que no tienen nada; mas no porque ese fuera su propósito.

Hablando en términos socioeconómicos, podríamos decir que Dios no tiene tendencias capitalistas, sino más bien “comunistas”. Y quede muy claro que no me estoy refiriendo a la malvada doctrina comunista de Marx, Engels, Lenin, Mao-Tsé, Stalin, entre otros monstruos de la humanidad, sino a aquel verdadero comunismo donde no existen clases sociales y todos tienen acceso a los mismos bienes y servicios en igualdad de condiciones, gracias a un consenso voluntario que nace del amor a Dios y al prójimo, de la solidaridad y el deseo de contribuir al crecimiento del otro, y no a la imposición tiránica de una autoridad centralizada que se autoproclama tutora de una colectividad, sólo por el ansia de controlarla y de obligarla a producir para ella, como hacían aquellos miserables líderes comunistas del siglo pasado, que masacraron a tantas personas en nombre de una ideología podrida y satánica que se quería disfrazar de humanitaria y que fue urdida en las propias entrañas del capitalismo explotador. Ese no es el comunismo que Dios propone en las Escrituras. La verdadera doctrina comunista es la que se puede deducir de las leyes económicas expuestas en la Ley de Moisés y las prácticas que existían entre los primeros cristianos, la cual se ve reflejada en Hechos 2: 44, 45:

“Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas; y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno”.

O más detalladamente en Hechos 4: 32 – 35:

“Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común. Y con gran poder los apóstoles dieron testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos. Así que no había entre ellos ningún necesitado; porque todos los que poseían herencias o casas, las vendían, y traían el precio de lo vendido, y lo ponían a los pies de los apóstoles; y se repartía a cada uno según su necesidad”.

 

La comunión de bienes en la Iglesia primitiva: modelo perfecto de equidad y bienestar social


He ahí un verdadero ejemplo de “comunismo”, o más bien “comunitarismo”, el sistema económico y financiero que Dios siempre ha tratado de implementar entre su pueblo, basado en la compasión, la solidaridad y la equidad. Dicen los historiadores que, en la Iglesia de los primeros siglos, existía un modelo económico basado en el concepto de la “Comunión de bienes” o “Tesoro Común de la Iglesia”, que era una especie de banco o tesorería que tenían las congregaciones, constituida por todos los dineros que voluntariamente ofrendaban los creyentes, y del cual se repartía a cada miembro según fuera su necesidad, de modo que no había pobres en la Iglesia. Veamos lo que dice el investigador Paulo María Tonucci en su libro “La historia del Cristianismo Primitivo”, página 61:

"Para los cristianos [primitivos], ser hermano significaba vivir en comunión de bienes. La comunidad cristiana se presentaba como una familia que disponía de un patrimonio familiar común. Las contribuciones sociales de los fieles eran como préstamos o depósitos en el banco de la caridad. Los depósitos eran gastados para el sustento y enterramiento de los pobres, para niños y niñas que no tenían dinero y perdieron a sus padres, para los esclavos envejecidos, para náufragos y para aquellos que sufrían trabajos forzados en las montañas, en las islas o en las prisiones.

Para los primeros cristianos ayudar a los pobres no era actividad pasajera, sino que hacía parte del propio ser y vivir de la iglesia. En la iglesia primitiva las ofrendas depositadas ante el altar constituían la comunidaderan la base del sostenimiento de la iglesia. En la comunidad, todos se sentían responsables: los misioneros no andaban sueltos. Eran enviados y se sentían asumidos por la comunidad. Existía el principio de participación; una comunidad más rica, ayudaba a la comunidad más pobre.

Con el tiempo, las comunidades se volvieron verdaderas potencias financieras: En el año 250, la comunidad de Roma sustentaba regularmente a un obispo, 46 ​​presbíteros, 7 diáconos, 42 acólitos, 52 exorcistas, lectores, hostiarios y 1500 viudas y necesitadosLa iglesia se volvió una potencia financiera al servicio de los pobres a tal punto que suscitó no sólo la admiración sino también la envidia y la codicia de las autoridades y funcionarios del imperio romano. Colaboró, desde ese punto, para volverse una fuerza transformadora de la sociedad.”



De ese mismo fondo comunitario, como bien lo dice el señor Tonucci, se sacaba para los misioneros, evangelistas, pastores, maestros, etc. En suma: lo que todos ofrendaban a todos beneficiaba, como debe ser… ¿Será que la Iglesia de nuestros días no tiene la capacidad económica de hacer lo mismo? Personalmente estoy convencido de que sí la tiene. Las exageradas sumas de dinero que les entra a las iglesias son más que suficientes para suplir todos sus gastos y ayudar a los necesitados que hay entre sus filas. Y esta afirmación la hago basado en hechos y datos reales ampliamente difundidos ante la opinión pública, pues para nadie es un secreto que, en la actualidad, las iglesias se encuentran en la mira de los gobiernos por las increíbles cifras que ingresan a sus arcas, y se discuten leyes que las obligue a tributar impuestos como cualquier empresa. Asimismo, los testimonios de personas que se han movido en el área de las finanzas eclesiásticas, quienes también manifiestan su decepción e indignación al ver el despilfarro, la avaricia e incluso la corrupción tan abominable que se ve entre las altas esferas directivas, dan cuenta de la magnitud de ese espíritu de codicia que ha sentado sus reales en el mundo cristiano.

Piense nada más en el formidable imperio financiero que es en realidad el Vaticano; en las cuantiosas riquezas que poseen los patriarcas ortodoxos de Europa Oriental, los telepredicadores gringos, centroamericanos y suramericanos, que están forrados en dinero y son dueños de famosas mega iglesias, canales televisivos y emisoras radiales donde hablan más del dios Mammón que del Dios de la Biblia; en el exorbitante patrimonio de los pastores y representantes legales de las miles de organizaciones evangélicas de todos los perfiles (unicitarias, binitarias, trinitarias) para que nos hagamos una idea del poderoso imperio mercantil en el que han convertido el evangelio.




Lamentablemente, la existencia de estas anomalías en los órganos administrativos de las iglesias es una realidad, sino que, en términos generales, y principalmente desde los tiempos de la supremacía papal, y luego de la Reforma Protestante, el cristianismo, como institución religiosa, se ha ido convirtiendo en un portaestandarte del capitalismo más salvaje, con creyentes metalizados y amantes del dinero que se escudan en el evangelio para camuflar su insaciable sed de lucro. Corrientes como la del calvinismo fueron determinantes a la hora de implantar esa mentalidad codiciosa, haciéndola ver como un ejemplo de virtud cristiana. Es raro ver a un cristiano, de la denominación que sea, que no muestre esa marcada tendencia por hacerse rico, utilizando incluso el mismo evangelio como mercancía.


Congresos, convenciones y seminarios, asambleas de pastores, fiestas patronales,  conciertos musicales,  confraternidades, encuentros juveniles y cualquier otra cantidad de eventos masivos, son preparados continuamente por las iglesias cristianas con el fin implícito de recaudar dinero, justificando siempre esas actividades bajo algún lema o consigna bíblica impactante, y afirmando con solemnidad que el Señor fue quien puso en el corazón de los organizadores el “sentir” de llevar a cabo dichos programas. Afirman que todos esos eventos son planeados con propósitos espirituales, pero cuando uno asiste a ellos encuentra que la realidad es bien distinta: aparte de las contribuciones u ofrendas que se les pide a los asistentes, por todos lados se pueden ver stands, toldos, kioscos y vitrinas… Aquel ofrece libros, folletos, pocillos, esquelas y llaveros con versículos; aquel otro vocifera vendiendo empanadas, pizzas o perros calientes; el de más allá vende CD´s de música cristiana, predicaciones, películas y camisetas con logotipos alusivos a Jesús; aquella parlotea vendiendo faldas, blusas, camisas y pantalones que estén a tono con el fashion evangélico; este otro pide colaboración para una fundación; el de al lado ofrece inscripciones a cursos de teología y, en definitiva, vemos que aquel escenario se parece más a un bullicioso mercado persa que a un evento espiritual donde se va a buscar la presencia de Dios… Ni hablar de la industria musical y literaria (entre otros rubros) que se ha formado alrededor del mensaje evangélico. Sería tema para otra monografía completa.


Dios sí nos quiere bendecir, pero esa bendición va mucho más allá de simplemente multiplicar nuestros bienes materiales. El objetivo primordial de Dios es que el hombre cambie su mentalidad y salve su alma; que seamos transformados y renovados internamente, para poder tener acceso a su magnífico reino celestial. Desde la perspectiva divina, lo material siempre ha sido y será una añadidura, algo que viene por demás, pero que NO ES LA PRIORIDAD ni el objetivo primordial, como sí parece serlo para un amplio porcentaje de la población cristiana, que siempre está sacando pretextos para promover esa mentalidad materialista.

Es que el asunto es tan delicado, que hasta el inconsciente colectivo de la sociedad parece relacionar a las iglesias y a los líderes cristianos con la palabra dinero. Haga el ensayo, usted que me lee, y verá que la gente del común suele asociar los términos “cura” o “pastor” con los billetes y la codicia, y normalmente los perciben como personas adineradas. Exagerado o no, lo cierto es que ese prejuicio existe en la sociedad y tiene su razón de ser, pues aparte de que se observa entre el pueblo cristiano ese marcado afán por enriquecerse, usted siempre escuchará a los líderes de las iglesias pidiendo dinero para una y otra cosa: construcción o mantenimiento de templos, compra de terrenos, viáticos para los pastores, ayuda para los misioneros, compra de instrumentos musicales, compra de silletería, auxilio económico para los necesitados, para la Escuela Dominical, para las incontables fundaciones de diversos fines, entre un largo, variado y tedioso etcétera, siempre basado en el pedir, lo que ha hecho que, lamentablemente, muchos enemigos del Cristianismo tachen de “limosnera” a esta preciosa religión que en ningún modo tolera ni promueve el ocio y las ganancias facilistas, como lo podemos ver reflejado en las siguientes palabras de San Pablo:

“Ni plata ni oro ni vestido de nadie he codiciado. Antes vosotros sabéis que para lo que me ha sido necesario a mí y a los que están conmigo, estas manos me han servido. En todo os he enseñado que, trabajando así, se debe ayudar a los necesitados, y recordar las palabras del Señor Jesús, que dijo: Más bienaventurado es dar que recibir”.

Hechos 20: 33 – 35 –

 

“El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad”.

Efesios 4:28

 

“Porque también cuando estábamos con vosotros, os ordenábamos esto: Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma”.

2ª Tesalonicenses 3:10

Ahora bien, el argumento que los líderes siempre nos dan a los creyentes para justificar ese proceder pedigüeño, es que nunca hay fondos "suficientes”, ya que las iglesias no reciben apoyo económico del gobierno ni del sector privado, por lo cual deben buscar formas de costear sus necesidades. Y, bueno, en estricta lógica eso es verdad. A las iglesias les toca financiarse a sí mismas, y eso en sí no es ningún problema. Es evidente que entre las comunidades cristianas surge una gran cantidad de gastos que se deben sufragar, pues no estamos hablando de ángeles con cuerpos gloriosos, sino de seres humanos de carne y hueso que todavía interactúan con este mundo material.

El mero acto de congregarse en algún sitio genera un costo; se debe pagar el arriendo o impuesto predial del templo donde se celebran las reuniones, los servicios públicos, el mantenimiento de las instalaciones, la silletería, los instrumentos musicales y equipos de audio, la manutención del líder que de corazón sincero ha dedicado todo su tiempo a brindar ayuda espiritual a su rebaño, entre otros. Y el hecho de que entre todos los miembros de la Iglesia se hagan colectas para sufragar dichos gastos es en realidad un acto muy loable que promueve una actitud generosa, dadivosa y solidaria que debe caracterizar a toda comunidad que diga basarse en vínculos fraternos. Es totalmente justo y necesario hacer colectas por causas benéficas, y pedir ayuda monetaria a los miembros de una colectividad con objetivos altruistas que no recibe ayuda externa. El problema no está en pedir; el problema está en la forma de hacerlo, en lo que se puede convertir ese hábito pedigüeño y en el modo en que se distribuye lo recaudado.

Todo empieza cuando el método para pedir está basado en la amenaza y la coacción (“si no das el diezmo atraes maldición”; “si no diezmas eres un ladrón”; “si no diezmas caerás en la ruina”; entre otras absurdas amenazas), pues en lugar de promover la generosidad, lo que se logra es infundir temor en el creyente y llevarlo a ser hipócrita, pues traerá sus ofrendas más por miedo que por generosidad o agradecimiento a Dios.

Si, por el contrario, el método utilizado es la lisonja, y se enseña melosamente que todo lo que demos en ofrenda automáticamente se nos va a multiplicar, de igual forma se estará induciendo a las personas a ser hipócritas, pues harán sus aportes no porque sean generosas y dadivosas, sino por el vivo interés de que Dios les devuelva, incrementado, todo aquello que ofrendaron.

La situación se agrava cuando ese hábito de pedir se convierte en una manía y en una regla de vida para muchos, que ya no desean obtener el sustento de una manera activa y laboriosa, trabajando con tesón y hombría, como nos toca a la mayoría de los mortales, sino de una manera pasiva y facilista, pues todo lo quieren regalado y, peor aún, creen que los demás están en la obligación de mantenerlos. Empiezan a ver el evangelio ya no como una actividad de carácter espiritual, altruista y sin ánimo de lucro, que busca llevar la mente y el corazón de los hombres hacia Dios, sino como una rentable profesión de carácter secular y como un medio fácil de ganarse la vida. De hecho, es bien sabido que muchos jóvenes de las iglesias cristianas desean ser pastores de congregación sólo por tener un oficio que les reporte buenos ingresos y que a la vez sea de fácil desempeño, pues según el pensamiento de estos holgazanes, la labor pastoral es muy "sencilla" y sólo se reduce a hacer melodramas en cada culto, preparar sermones emotivos para las predicaciones, delegar las actividades eclesiásticas en los líderes de los diferentes comités y hacer unas cuantas visitas a la semana.

Del mismo modo, si usted se detiene a analizar cuidadosamente el comportamiento de su pastor, cura o como se le llame al líder de su iglesia, muy seguramente notará que, en efecto, muestra este tipo de actitudes y resabios pedigüeños que lo llevan incluso a creerse con el derecho de exigirle a usted y a los demás miembros de la iglesia, de manera sutil y a veces directa, que lo mantengan a él y a los suyos. Incluso hay pastores con un descaro tan enorme, que a pesar de estar devengando un sueldo elevado (¡del orden de 7 a 12 millones de pesos mensuales!) le piden a la Iglesia que pague los viáticos de sus viajes ministeriales y el arriendo de la vivienda que habita. Desde luego que no todos los ministros cristianos son así, pero desafortunadamente sí es algo bastante común.

Y finalmente, el problema llega a su clímax cuando no se hace un buen uso o una repartición justa de los bienes recaudados, y cuando los buenos objetivos que se tenían en un principio empiezan a desvirtuarse. Cuando las causas altruistas se abandonan o se ponen en segundo lugar para darle prioridad a causas más egoístas. Cuando en vez de ayudar a los necesitados de la Iglesia y repartirles “según su necesidad” (Hechos 4:35), se les da una porción miserable que no es proporcional con todo lo que se pudo recaudar, mientras el pastor, apóstol o cura se lleva la mayor tajada, enriqueciéndose de manera vertiginosa a costa de las penurias ajenas y del sudor de quienes nos toca trabajar duro y encallecernos las manos, e invirtiendo y gastando cantidades astronómicas en otras actividades de orden menor que vaya Dios a saber a quiénes benefician realmente.

 

Siempre me he preguntado, por ejemplo, por qué las iglesias cristianas invierten tanto dinero en construir templos grandes y lujosos, si tanto se predica que el Señor Jesús está a punto de venir a recoger su Iglesia y que la Casa de Dios en estos tiempos ya no son los templos físicos sino nuestro propio cuerpo en particular, y la comunidad de creyentes en su conjunto, como dice en los siguientes pasajes:

“¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?”

1ª Corintios 6:19

 

“¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es”.

1ª Corintios 3: 16, 17

En efecto, la historia del cristianismo nos muestra que lo que menos les importaba a los primeros cristianos era el lugar para reunirse. Usted mismo puede leer en las cartas de San Pablo que ellos se reunían en las casas de los creyentes, e incluso existen documentos en los cuales se nos cuenta que se reunían en bodegas, en cuevas y en bosques apartados. Así que, yo personalmente no entiendo entonces por qué ese marcado afán de las iglesias modernas por comprar terrenos y edificar lujosas capillas, acaparando más y más propiedades y bienes inmuebles, dejando de invertir en otros proyectos que serían mucho más útiles y benéficos para el pueblo cristiano en su conjunto (que es la verdadera Casa de Dios en estos tiempos), como, por ejemplo: 

*Un fondo monetario eclesiástico, similar al que tenía la Iglesia primitiva, por medio del cual se pueda brindar auxilio económico a los hermanos necesitados, ya sea dándoles directamente lo que necesiten o a través de mecanismos como el préstamo sin intereses, subsidios o bonos, según las posibilidades que existan en función de los ingresos que tengan las congregaciones, y haciendo un estudio previo y riguroso de la necesidades reales que se presenten en el pueblo de Dios (porque sin duda las iglesias se llenarían inmediatamente de un ejército de avivatos y estafadores que se harían pasar por pobres).

*Un proyecto masivo de vivienda dirigido a los hermanos más necesitados que no cuentan con respaldo económico de nadie y que no pueden valerse por sí mismos.

*Creación de casas de beneficencia o albergues, sin ánimo de lucro, donde se reciba y se brinde atención humanitaria a ancianos enfermos y desamparados, enfermos terminales, entre otros.

*Proyectos de emprendimiento y generación de empleo para los hermanos que tienen altos grados de analfabetismo, discapacidades físicas o algún otro factor que los mantiene excluidos del cruel, frío e inhumano mercado laboral, al que nada le importa si eres un hijo o hija de Dios que cree en Jesús.

*Programas, comités o brigadas de atención humanitaria que utilicen los propios recursos e ingresos que percibe la iglesia para suplir las necesidades del pueblo de Dios en lo que respecta al tema de la salud, pues sobra decir que vivimos bajo regímenes de gobiernos corruptos (sean de izquierda o derecha) donde el irrespeto por la vida y la dignidad humana se ve fielmente reflejado en la degradación de los sistemas de salud pública.

*Un programa educativo que permita a los niños y hermanos jóvenes de escasos recursos, tanto el acceso a la educación básica, media y superior, como el auxilio económico para los útiles e implementos escolares.

*Mayor inversión en proyectos de educación cristiana que capaciten al creyente para hacer extensivo el precioso mensaje del evangelio dentro de los ámbitos culturales y académicos, con el fin de generar impacto a través del arte y la ciencia, con los cuales es posible manifestar la gloria de Dios a un mundo escéptico que cada vez más pierde la esperanza y desdeña a Dios.

*Una nivelación salarial para todos los pastores, con el objetivo de que no haya unos que ganen más que otros, y así se pueda ayudar mejor a los ministros de zonas apartadas e inhóspitas, a quienes en muchas ocasiones les toca conseguir un empleo secular para poder obtener el sustento, ya que no reciben suficiente ayuda económica por parte de las congregaciones que dirigen, ni de los directivos que los envían, quienes se dejan arrastrar por ese espíritu mezquino que suele caracterizar a los pastores de las ciudades, que como buenos cínicos celebran cultos misioneros donde hablan de las grandes penurias por las que atraviesan sus colegas enviados a zonas apartadas, pero no son capaces de meterse ellos mismos la mano al dril y promover políticas financieras que mejoren la situación de sus camaradas más pobres.

Y así, podríamos elaborar una larga lista de proyectos que se pueden llevar a cabo con el raudal tan exagerado de dinero que les entra a las iglesias, proveniente de diezmos, ofrendas, primicias, semillas, votos y demás formas de recolección, sumado a las millonadas que se ahorran gracias a las exenciones de impuestos que les otorga el Estado en virtud de su personería jurídica. ¿A dónde va a parar todo ese río monetario? Siempre me lo he preguntado, porque la verdad es que no se refleja en hechos concretos y tangibles que beneficien lo suficiente a todo el pueblo del Señor, sino a un sector exclusivo de él, concretamente a las élites directivas, quienes literalmente se enriquecen a costa de nuestro dinero. Permítame preguntarle algo, a manera de ejemplo: ¿Si usted llegara a tener un apuro económico y necesitara un préstamo urgente, podría acudir a los directivos de su Iglesia con la plena seguridad de que ellos le van a prestar el dinero o incluso a regalar parte de él? Estoy convencido de que la respuesta más probable será un “no”, pues muy seguramente le van a argumentar cualquier cantidad de razones para negarle ese préstamo o colaboración que usted tanto necesita. Lo que quiero decir con esto es que en las organizaciones cristianas no existen políticas financieras que beneficien realmente a todo el pueblo cristiano por igual, sino de manera exclusiva a los directivos y líderes de alta jerarquía.

Además, no nos digamos mentiras: los terrenos y edificaciones que consiguen las organizaciones cristianas en realidad no son propiedad de toda la comunidad de creyentes, como lo afirman los líderes, ¿o acaso usted y todos los miembros de su congregación son los dueños efectivos del templo donde se congregan? ¿Tiene usted un documento legal que lo acredite como dueño de la capilla donde se reúne con sus hermanos, y que su líder asegura que es “de todos”? Desde luego que no. Ese y los demás templos de su organización cristiana particular le pertenecen en realidad a unos pocos, que son los representantes legales de su denominación cristiana, la cual seguramente debe figurar con una personería jurídica ante el gobierno nacional… Es decir, ni usted ni ningún otro hermano de su organización pueden decir realmente que sean los dueños del templo donde se reúnen, pues ante los organismos civiles los verdaderos dueños son los directivos de su organización, ¿o cuándo lo llamaron a usted y a toda la congregación para que firmaran en una notaría los papeles de propiedad del templo?

¿Entonces cuál es el verdadero objetivo que hay detrás de la adquisición frenética de terrenos y la edificación de templos a nombre de una organización? ¿Por qué pareciera ser que el ministerio de muchos líderes se está centrando es en la edificación de templos grandes y lujosos, en lugar de hacerlo en la edificación integral de los propios creyentes? ¿Cuál es el afán de las altas esferas eclesiásticas por invertir tanto en infraestructura y en bienes inmuebles, más que en la misma propagación del evangelio y en el propio bienestar de sus miembros? ¿Será por meras ambiciones expansionistas y deseos soberbios de ganar más poder e influencia que otras organizaciones? ¿O habrá en todo esto algún tipo de filosofía masónica (que pretende "edificar" una nueva sociedad y un nuevo orden bajo una simbología tomada del arte de la albañilería) y que se infiltró en el pueblo de Dios sin darnos cuenta? No lo sabemos, y obviamente los directivos no nos lo van a decir a nosotros los fieles, pero una cosa sí parece segura: el día que usted y su familia pierdan su casa en una hipoteca, una catástrofe natural o un desplazamiento forzado (Dios no lo quiera) no es probable que los directivos de su organización cristiana le faciliten las instalaciones del templo para que usted y los suyos vivan en él, o le regalen una casa nueva, a pesar de que le dicen que ese lugar de culto es de todos y que los diezmos y ofrendas son para beneficio del pueblo del Señor. Ignoro si todavía habrá iglesias abnegadas que no sigan este derrotero de mezquindad, pero lo que se ve a nivel general, siendo honestos, es lo que acabo de describir.




Ahora, no estoy diciendo que las iglesias cambien su razón de ser y se conviertan en ONGs, empresas o fábricas del sector privado (aunque la verdad hace rato las convirtieron en algo semejante), sino que se busquen mecanismos para utilizar los ingresos monetarios en lo que realmente se deben utilizar a la luz de la Biblia: el bienestar del pueblo de Dios en su conjunto, y por supuesto, la expansión del evangelio por el mundo, mas no el enriquecimiento desmesurado de unos pocos en contraste con el estancamiento y empobrecimiento del resto.

Si ustedes, señores pastores y demás líderes de las Iglesias, insisten en aplicar el texto de Malaquías 3:10 para pedir el diezmo a los creyentes de este tiempo, entonces aplíquenlo al contexto moderno. Si Malaquías dice en su texto:

Traed los diezmos al alfolí, y haya alimento en mi casa

Preguntémonos cuál será en nuestros días esa Casa que debe estar continuamente abastecida: ¿Será el Templo de Jerusalén? Ustedes saben perfectamente que ese ya no existe, y lo único que quedó de él, para vergüenza y oprobio del arrogante pueblo judío, fue el Muro de los Lamentos. ¿Será entonces la capilla donde nos congregamos para celebrar el culto? Jesús dijo claramente a la mujer samaritana que ni en el templo de Samaria, ni en el de Jerusalén, ni en el de ningún otro lugar del mundo, se adoraría en lo sucesivo al Padre Celestial, lo cual reafirmó San Pablo cuando dijo que Dios no habita en templos hechos por manos humanas. Es decir, el verdadero culto a Dios no se ejecuta precisamente en un lugar físico sino en el espíritu, mediante una adoración racional y sincera, lo cual no excluye, desde luego, la necesidad de congregarse en algún lugar físico, sino que pone el acto interno de adoración por encima del sitio donde se realice. O en otras palabras: lo que a Dios realmente le interesa es una adoración genuina y una vida sujeta a su voluntad, independientemente del lugar donde se realice el culto en su honor. Tenga la seguridad de que usted puede reunirse con sus hermanos en un bosque, un socavón, una cloaca, una bodega, una casa particular o un lujoso templo, y si la adoración que le rinden a él es sincera y se realiza bajo un vínculo de amor fraterno, el culto habrá sido exitoso y agradable a Dios.

Por tanto, la verdadera Casa de Dios no es el lugar de culto, sino su propia vida, mi estimado hermano en Cristo: es su cuerpo, mente y espíritu. Y por extensión, es también el conjunto de todos los creyentes y hermanos en la fe, que adoramos y alabamos al Dios Viviente. Como dice en los siguientes textos:

“¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos? Porque vosotros sois el templo del Dios viviente, como Dios dijo: Habitaré y andaré entre ellos, y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo”.

2ª Corintios 6: 16

 

“(…) porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre. Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu”.

Efesios 2: 18-22

 

“Y Moisés a la verdad fue fiel en toda la casa de Dios [el pueblo de Israel], como siervo, para testimonio de lo que se iba a decir; pero Cristo como hijo sobre su casa, la cual casa somos nosotros [la Iglesia], si retenemos firme hasta el fin la confianza y el gloriarnos en la esperanza”

Hebreos 3: 5, 6

 

“(…) para que si tardo, sepas cómo debes conducirte en la casa de Dios, que es la Iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad”

1ª Timoteo 3: 15

 

Entonces, si la Casa de Dios soy yo, eres tú y es nuestro hermano, de manera individual y a la vez colectiva (como Iglesia), y Malaquías dice que entreguemos el diezmo para que haya alimento en la Casa de Dios, la conclusión es obvia: el diezmo debe servir para suplir las necesidades de la Iglesia en general, y no sólo de un grupo o élite particular. Debe ser utilizado para sustentar al huérfano, a la viuda, al anciano, al discapacitado, al enfermo, al marginado, al excluido, al especial, al que este mundo cruel desprecia y humilla. Y también debe servir, desde luego, para financiar la predicación del evangelio y sustentar a quienes han sido designados de tiempo completo para el ministerio evangelístico, pero sin entrar a enriquecerlos, y menos de manera tan empalagosa como lo vemos hoy en día.

Por otra parte, si la orden dada en Malaquías 3:10 exige abastecer la Casa de Dios para suplir las necesidades de los que ministran en ella (como era el caso de los sacerdotes y levitas en el Antiguo Testamento), entonces debemos preguntarnos quiénes son esos ministros de la Casa hoy en día. Dejemos que la Biblia misma responda:

“(…) mas vosotros sois linaje escogidoreal sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable”

1ª Pedro 2: 9

 

"(...) Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre (...)"

-Apocalipsis 1: 5, 6-

 

"(...) y cantaban un nuevo cántico, diciendo: Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación; y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes,
y reinaremos sobre la tierra"

-Apocalipsis 5: 9, 10-

 

Es decir, usted, yo y todos los miembros del pueblo de Dios, constituimos una orden sacerdotal especial, y somos, de hecho, los llamados a ejercer un nuevo y mejor ministerio que el que tenían los sacerdotes levitas: El Ministerio de la Reconciliación:

“Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios”.

2ª Corintios 5: 18 – 20

Tenemos la importante misión de transmitir a la humanidad perdida el precioso conocimiento de la Verdad que nos fue revelada y de guiarles a la reconciliación con Dios. No somos mediadores de expiación ni sacerdotes del ministerio de condenación que ejercieron los levitas, sino sacerdotes de la reconciliación del hombre con Dios. Asimismo, como hermanos en la fe, somos llamados a poner al servicio de los demás nuestros dones espirituales:

Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios”

1ª Pedro 4:10

Lo cual, naturalmente, nos convierte en ministros de la Casa de Dios, algo que confirma San Pablo en su carta a los Efesios:

“Y él mismo [o sea Dios] constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo”

Efesios 4:11

Es decir, todos los creyentes estamos llamados a participar activamente en la obra del ministerio cristiano y en la edificación de la Iglesia, la Casa de Dios. Y para que esa labor ministerial sea eficiente, y los que la ejercemos estemos bien preparados, Dios ha designado, a su vez, varios tipos de ministerios especialmente enfocados a brindarnos esa preparación y formación espiritual que se requiere: apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros.

Esto nos indica que la verdadera estructura organizativa de la Iglesia primitiva, según podemos deducirlo de las cartas de San Pablo, no ponía a los apóstoles, pastores y maestros por encima del rebaño, sino que situaba a todos los miembros de la Iglesia en el mismo nivel, donde cada uno simplemente tenía una función y una misión distinta:

Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno. Porque de la manera que en un cuerpo tenemos muchos miembros, pero no todos los miembros tienen la misma función, así nosotros, siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de los otros. De manera que, teniendo diferentes dones, según la gracia que nos es dada, si el de profecía, úsese conforme a la medida de la fe; o si de servicio, en servir; o el que enseña, en la enseñanza; el que exhorta, en la exhortación; el que reparte, con liberalidad; el que preside, con solicitud; el que hace misericordia, con alegría”.

Romanos 12: 3 -8

 Al decir que somos miembros los unos de los otros, claramente se está dando a entender que no hay miembros que sean superiores a los demás, sino que todos son necesarios e importantes, al ser las partes que integran un cuerpo completo. Y, por tanto, bajo esta perspectiva, toda estructura piramidal en la iglesia de Jesucristo debe ser rechazada, y ese cuento de que los pastores, ancianos, obispos y reverendos son superiores a nosotros, y que hay que hacerles venia y tratarlos como si fueran seres casi divinos, es un absurdo. Les debemos sujeción y obediencia, es verdad, porque se supone que saben presidirnos y orientarnos en virtud de su experiencia, sabiduría y madurez; pero no les debemos una sumisión servil, pasiva y humillante que los ensalce casi hasta los mismos cielos como si fueran dioses, y que los apoye en cuanta idea absurda, retrógrada, injusta e incluso tiránica se les ocurra a estos individuos, como suele suceder.

Asimismo, el ministerio de los líderes cristianos modernos, insisto, no es de mediación expiatoria, sino de protección, orientación y formación. Su misión es proteger espiritualmente al rebaño, educarlo en el conocimiento de Dios y dirigirlo hacia lugares de delicados pastos y fuentes de agua viva, es decir, hacia una vida de santidad y devoción. Su misión no es hacer mediación expiatoria por el pueblo, como hacían los levitas. El pastor es aquel que te lleva al lugar donde está la comida (la Palabra de Dios), pero no el que te dice cómo debes comerla. Te debe tratar como la oveja que eres, pero no tiene por qué decirte cómo ser una oveja. Y en consecuencia, como su función solo es cuidar, dirigir y orientar, el pastor no debe ponerse por encima del rebaño, ni creerse dueño de él, ni pensar que es superior a él, ya que lo único que los diferencia de las ovejas que cuida es la funcionalidad que tiene con respecto a ellas. El pastor tiene un ministerio o forma de servicio diferente, pero no la única ni la más importante, sino complementaria con las otras formas de servicio que hay. He ahí otra gran diferencia entre los sacerdotes levitas del antiguo testamento y los pastores de iglesia de nuestros tiempos.

Por tanto, los ministros de la Casa de Dios en este tiempo ya no es una élite o grupo selecto de líderes religiosos que deban llevarse todas las prerrogativas, créditos y ofrendas de una masa de pecadores penitentes que necesitan intermediarios para llegar a Dios, sino que somos todos los que conformamos el cuerpo de Cristo. De nuevo: la única función de nuestros líderes cristianos, en esta época de la Gracia, sólo se limita a una labor organizativa, directiva y pedagógica, que implica apoyo espiritual y material a las ovejas del rebaño, que a la vez somos ministros en otras áreas y miembros del mismo cuerpo, iguales a ellos en propósito, fe y promesas. Como decía Martín Lutero, todos los cristianos somos iguales ante Dios por tener las mismas promesas y el mismo modo de acceso a Él, haber sido perdonados de la misma manera, estar bajo la jurisdicción del mismo reino y ser trabajados por el mismo Espíritu.

Así que dejemos ya de ensalzar tanto a los pastores, obispos, reverendos, apóstoles, curas párrocos y demás líderes cristianos. Dejemos de idolatrarlos y de tomar sus sermones, opiniones y puntos de vista como si fueran Palabra de Dios, sin antes someterlos a un cuidadoso discernimiento espiritual, pues por esa mala costumbre de tomar toda la palabrería de estos señores como si fueran dogmas indiscutibles que vienen directamente del cielo, es que existen tantas sectas y denominaciones cristianas que lo único que hacen es generar confusión y hastío en la gente. Basta ya de equiparar a los líderes de congregación con los sacerdotes levitas del Antiguo Testamento, porque no lo son. Dejemos de verlos como unos “ungidos intocables” a los que no se les puede hacer el más mínimo cuestionamiento u observación, ya que, como dijo precisamente un pastor de mi Iglesia en cierta ocasión: “decirle la verdad al rey no es quitarle la corona”, si bien es cierto que estos señores no son ni reyes ni amos de las congregaciones.

La Palabra de Dios nos exhorta a respetar y mostrar sujeción al liderazgo que realmente es establecido y respaldado por Dios, ya que en el Cuerpo de Cristo no debe imperar la anarquía ni el desorden. Pero esa sujeción en ningún modo significa caer en un servilismo humillante en el que nos convirtamos en los lacayos del pastor de turno, dejándonos manipular la conciencia con prédicas sugestivas, o guardando un silencio cómplice ante lo que está mal hecho sólo por temor a que el “ungido” se enoje o a que Dios nos castigue. Sujetarse no es mostrar una obediencia ciega ante las cosas francamente absurdas, ridículas e incluso dañinas a las que muchas veces estos líderes nos quieren obligar directa o indirectamente a través de eficientes técnicas de manipulación, bajo la premisa de que ellos son los voceros “elegidos” y autorizados por Dios, a quienes no se les puede discutir nada.



Es decir, uno como cristiano que está siendo trabajado por el Espíritu Santo de Dios y que se encuentra en un proceso de renovación, que comienza en la mente, debe tener el suficiente carácter y discernimiento espiritual para saber identificar quién es realmente un pastor de almas, y para someter a examen todo lo que nos dicen y enseñan los líderes de nuestras congregaciones. Y si lo que predican no está de acuerdo con lo que dicen las Escrituras, y choca con el sentido común y con lo que Dios mismo nos ha enseñado a través de su Espíritu y nuestra propia experiencia personal con Él, entonces debe ser descartado sin temor alguno e incluso combatido si es necesario, ya que no se puede permitir que los conceptos y opiniones personales, o las tradiciones insípidas de los hombres, se conviertan en regla de fe para el Cuerpo de Cristo.



Sujetarse a los líderes es aceptar su consejo y acatar su autoridad con humildad y diligencia, siempre y cuando esa autoridad sea merecida y esté siendo ejercida en plena concordancia con el Espíritu de Dios y las Escrituras. Es someternos a la dirección de un verdadero siervo de los siervos de Dios y no a un arrogante cacique o arreador de mulas de los muchos que dirigen hoy en día las congregaciones, y que parecen haber olvidado las palabras de Jesús cuando dijo:

“(…) Los reyes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que sobre ellas tienen autoridad son llamados bienhechores; mas no así vosotros, sino sea el mayor entre vosotros como el más joven, y el que dirige, como el que sirve. Porque, ¿cuál es mayor, el que se sienta a la mesa, o el que sirve? ¿No es el que se sienta a la mesa? Mas yo estoy entre vosotros como el que sirve”.

San Lucas 22: 25 – 27

Lo que nos dice este pasaje es que si supuestamente soy yo el que ocupa el primer lugar entre la congregación de creyentes y soy quien la dirijo, entonces debo ser el siervo de todos, y estar dispuesto a poner mis bienes y fuerza de trabajo en beneficio de cada uno de ellos, no al contrario. ¿Será que ese es el modo en que actúan los curas y pastores de nuestros días? ¿Será esa la mentalidad que nos inculcan a los cristianos? ¿Ha visto usted a un pastor o un cura que tenga semejante actitud de servicio y amor por sus ovejas? Sí, seguramente que los habrá visto, pero yo creo que los puede contar con los dedos de las manos; será “uno en un millón”, como reza el dicho, porque de resto, lo común hoy en día es ver a estos señores exigiendo de las ovejas que trabajen para ellos y que además les entreguen toda su lana, carne y leche, cuando debería ser al contrario, y como verdaderos pastores cuidar a sus ovejas y las llevarlas a verdes y nutritivos pastos.



Cuando veo el modo en que muchos de estos líderes arrogantes y manipuladores exigen con su actitud a los demás creyentes que les sirvan y les marchen como si fueran unos reyes, y veo a mis hermanos en la fe corresponder a estas exigencias pastorales con una actitud de servilismo humillante y pasivo, sin hacer la menor réplica por temor a ofender al “ungido del Señor”, me digo a mí mismo que ese modelo propuesto por Jesús a sus discípulos de que el mayor sea el siervo de todos, el cual supo demostrar en repetidas ocasiones (como cuando lavó los pies de sus discípulos), definitivamente no existe, o si existe, repito, debe ser en una de cada mil congregaciones.

Jesús, el máximo líder, lavando los pies de sus discípulos


Cristiano que confunde sujeción con servilismo

Por tanto, y volviendo al tema del diezmo, si hemos de seguir aplicando el precepto de separar el 10% de nuestras ganancias para abastecer a los ministros de la Casa de Dios, entonces debemos ser nosotros los primeros en disfrutar de él, por ser no sólo las piedras vivas que constituimos esa Casa, sino también los reales sacerdotes y ministros de ella.

Tal vez por eso la Ley de Moisés hablaba de un tercer tipo de diezmo (sobre el cual tampoco se habla jamás), que era el diezmo familiar, es decir, un tipo de diezmo que debía ser gastado y disfrutado por la misma persona que diezmaba, junto con su familia. Veamos:

“Ni comerás en tus poblaciones el diezmo de tu grano, de tu vino o de tu aceite, ni las primicias de tus vacas, ni de tus ovejas, ni los votos que prometieres, ni las ofrendas voluntarias, ni las ofrendas elevadas de tus manos; sino que delante de Jehová tu Dios las comerás, en el lugar que Jehová tu Dios hubiere escogido, tú, tu hijo, tu hija, tu siervo, tu sierva, (…): te alegrarás delante de Jehová tu Dios de toda la obra de tus manos

- Deuteronomio 12:17-19

 

“Indefectiblemente diezmarás todo el producto del grano que rindiere tu campo cada año. Y comerás delante de Jehová tu Dios en el lugar que él escogiere para poner allí su nombre, el diezmo de tu grano, de tu vino y de tu aceite, y las primicias de tus manadas y de tus ganados, para que aprendas a temer a Jehová tu Dios todos los días. Y si el camino fuere tan largo que no puedas llevarlo, por estar lejos de ti el lugar que Jehová tu Dios hubiere escogido para poner en él su nombre, cuando Jehová tu Dios te bendijere, entonces lo venderás y guardarás el dinero en tu mano, y vendrás al lugar que Jehová tu Dios escogiere; y darás el dinero por todo lo que deseas, por vacas, por ovejas, por vino, por sidra, o por cualquier cosa que tú deseares; y comerás allí delante de Jehová tu Dios, y te alegrarás tú y tu familia

Deuteronomio 14: 22 – 26

 

“Y al lugar que Jehová vuestro Dios escogiere para poner en él su nombre, allí llevaréis todas las cosas que yo os mando: vuestros holocaustos, vuestros sacrificios, vuestros diezmos, las ofrendas elevadas de vuestras manos, y todo lo escogido de los votos que hubiereis prometido a Jehová. Y os alegraréis delante de Jehová vuestro Dios, vosotros, vuestros hijos, vuestras hijas, vuestros siervos y vuestras siervas (…)”

- Deuteronomio 12: 11, 12


Como se puede ver, era un tipo de diezmo ceremonial que se reservaba para disfrutar en familia, y con ello darle gracias a Dios por todas sus bendiciones. ¿Por qué los líderes prodiezmo tampoco hablan de él en sus elocuentes sermones?

Téngase en cuenta que todos los creyentes, líderes o no, pastores o no, somos miembros los unos de los otros; somos el real sacerdocio y la nación santa, y por tanto no debe existir ese modelo piramidal, clerical y elitista heredado de otras religiones (entre ellas del propio judaísmo), donde hay unos que se creen "superiores" al resto y donde el líder religioso es el único mediador entre lo humano y lo divino. Ese no es el modelo organizativo de la Iglesia de Jesucristo. Lo fue en el antiguo Israel, donde, por un lado, existía una casta sacerdotal o clerical compuesta por los levitas, y por otro, una élite de reyes y funcionarios que dirigían los destinos de la nación (que entre otras cosas nunca fue del pleno agrado de Dios). Y ambas clases, el clero y la monarquía, eran los que más dinero tenían, los que más acumulaban y se enriquecían a base de ofrendas, diezmos, primicias, votos, impuestos, usuras, intereses, extorsiones y sobornos (entre otros medios), estableciendo un sistema de explotación entre el pueblo elegido. Pero llegado este tiempo de la Gracia, ese modelo estratificado y clasista ya no aplica. Ya no hay reyes ni sacerdotes de mejor familia que deban quedarse con todas las prerrogativas del pueblo de Dios.

Así que, usted, señor pastor, cura párroco, apóstol o como quiera que le llamen; usted que dirige una organización o comunidad cristiana, y que quizá se ajusta a todo lo que estoy describiendo: deje de creerse superior al rebaño, de manipularlo y de exigirle que le sirva como si fueran sus lacayos, ya que usted no es más que un cuidador y orientador de una grey que no les pertenece, sino que es propiedad de Uno que sí supo ser un verdadero Pastor de almas, que era incluso capaz de sacarse el pan de la boca para dárselo al que tuviera hambre, y de lavar los pies al de más baja categoría, pues no vino para que le sirvieran (como le encanta a usted) sino para servir.

Jesús de Nazaret no vino a trasquilar ni a ordeñar ovejas como granuja bandolera y rapaz, sino a apacentarlas y a cuidarlas. No vino a manipular ni a imponer nuevas formas de esclavitud mediante el miedo o la culpa, como lo hacen ustedes los falsos pastores con este tema del diezmo y otros más, sino a liberar la mente del hombre. Ya basta de querer enriquecerse a costa del trabajo duro y honesto de quienes tenemos que sudarla a diario para poder ganarnos el pan. Como San Pablo, estén dispuestos a laborar con tesón y empeño si les llegara a tocar, ya que él tenía la suficiente dignidad y hombría como para no esperanzarse jamás en nadie ni exigir que los creyentes lo mantuvieran (1ª Corintios 9: 11, 12), a diferencia de muchos de ustedes, que más que pastores aguerridos parecen delicadas princesas de manos suaves y tersas a las que jamás les ha salido un callo porque desconocen qué es tomar un azadón y darle un golpe a la tierra, y que si no les llevan el diezmo a esa cajita que llaman “alfolí” se desquitan en los cultos lanzando rayos y centellas bíblicas contra los “impíos y tacaños” que tuvieron la osadía de “robarle al Señor” (según su avariento punto de vista).

  

UN ASUNTO PARA REFLEXIONAR

Llegados a este punto, y comparando entonces el enfoque que se le da hoy en día a la práctica del diezmo, con el que se le daba en el Antiguo Testamento, podríamos redondear diciendo que dicha práctica estaba destinada para suplir tres frentes:

1°- Para los ministros religiosos del pueblo.

2°- Para los necesitados.

3°- Para uno mismo como parte del pueblo de Dios.

O en otras palabras: la práctica del diezmo no era más que un mecanismo financiero donde en última instancia salía beneficiado todo el pueblo. Y por eso es importante que nos preguntemos: ¿es eso lo que vemos en nuestros días? ¿Es el diezmo utilizado para suplir las necesidades de la Iglesia del Señor de una manera justa, equitativa y proporcional? ¿Se invierte el diezmo en lo que realmente debería invertirse? La respuesta es un rotundo NO.



Lamentablemente, en nuestros días, el diezmo se ha convertido en una monumental estafa a la fe del creyente y en un acto manipulador que está enriqueciendo desmedidamente a unos pocos e invirtiéndose en fines que no benefician realmente a todo el pueblo de Dios en su conjunto ¿Desea usted seguir participando de esta estafa y continuar alimentando ese poderoso sistema de corrupción, codicia y desigualdad que se ha disfrazado de cristianismo? Si es así, bien puede hacerlo; al fin y al cabo es su dinero, y usted puede hacer con él lo que desee. Si su manera de creer y su mentalidad no le permiten aceptar todo lo que aquí se ha expuesto y demostrado sobre este tema, entonces no tengo nada más qué decirle. Su fe es tan respetable como la mía, y ni modo que venga yo aquí a juzgarle por diezmar. No obstante, queda a su conciencia, a su sano discernimiento espiritual como hijo de Dios, y por supuesto a su sentido común, si realiza o no un examen profundo que lo lleve a reflexionar sobre qué tan eficaz está siendo realmente ese método dentro del plan financiero de Dios para la Iglesia, y qué tan merecido lo tienen los líderes de su organización religiosa.

De cualquier forma, le invito a que, la próxima vez que vaya a entregar su diezmo a la iglesia donde se reúne, después de haber leído y analizado todo lo que aquí se expuso, se detenga por un minuto y piense que, con ese dinero, usted tal vez está manteniendo a líderes holgazanes que no lo merecen, y que van a conseguir y a disfrutar de cosas que ni usted mismo puede tener (con todo y lo duro que usted trabaja), mientras que en su propia congregación quizá haya una familia que está padeciendo grandes necesidades, y a la que le vendría muy bien esa ayuda monetaria que usted se dispone a darle a alguien que, aparte de no merecerla, tampoco la necesita, ni se interesa por aquellos que están atravesando grandes penurias, ya que tiene su nevera y su alacena bien abastecidas, viste a la moda y conduce un automóvil último modelo, sin importarle realmente si hay ovejas en su redil hambrientas, desnudas y enfermas.

Asimismo, piense que, al diezmar, usted está entregando lo que es de Dios a una persona que bíblicamente no ha sido autorizada para recibirlo, pues ya quedó demostrado que los únicos ministros religiosos a quienes Dios autorizó de manera explícita para ello fueron los levitas del antiguo pacto, y no los pastores y líderes cristianos. Por supuesto que usted no está pecando si le entrega su diezmo al pastor, pero sí estará acolitando y siendo cómplice de una estafa y de un evidente acto de corrupción que, viéndolo bien, viene a ser lo mismo que cometer un pecado. Tenga en cuenta que no existe una autorización oficial de parte de Dios para que los pastores reciban diezmos, pues ellos son tan hijos de Dios y tan sacerdotes como lo son usted mismo y el resto de hermanos de su congregación. Por tanto, haría usted mucho más si le entregara su diezmo a un hermano necesitado, en vez de dárselo a un arribista que lo reclama sin autorización. Soy un convencido de que Jesucristo no se va a enojar si usted hace esto, pues el Cristo de la Biblia es un ser maravilloso, cálido, comprensivo como nadie, compasivo y lleno de amor, y no un déspota taimado, socarrón, asolapado, indolente y metalizado como muchos pastores de iglesia, que no saben ejercer su cargo sino a base de miedos y chantajes, enseñando a viva voz, entre muchas otras tonterías pseudo teológicas, que si no les llevamos el diezmo Dios nos va a maldecir con ruina. Nunca olvide que la maldición de Malaquías 3:10 fue dirigida a los judíos apóstatas que no estaban cumpliendo las ordenanzas de la Ley de Moisés, y no a la Iglesia de Cristo, la cual fue redimida de la Ley por la preciosa sangre del Salvador. No se deje infundir temor con maldiciones que nunca fueron para el cristiano, pues Jesús nos redimió de toda maldición, y ahora hacemos parte de un pueblo que es bendito por siempre (Gálatas 3:13,14).

Ahora, si usted no diezma, excelente: es uno más de los que hemos despertado de ese letargo y de esa manipulación psicológica a la que nos han tenido acostumbrados durante décadas (o siglos) con el garrote de Malaquías 3: 8-11. Pero por favor no se olvide de ayudar al necesitado y, por qué no, de colaborar para los gastos justificados que se generen en su congregación. El hecho de que en este tiempo no sea obligatorio diezmar no significa que no debemos ofrendar para las necesidades que realmente tenga la Iglesia, en especial y de manera primordial, la ayuda a los pobres. La idea es ofrendar con devoción, pero también con inteligencia, pues no es posible que la Iglesia de Jesucristo, que debería ser modelo de equidad y justicia, se convierta en una organización capitalista y elitista, donde los bienes materiales son acumulados por unos cuantos avarientos y desalmados a quienes no les importa cómo se encuentra la despensa de sus ovejas.

Si usted diezma no está pecando (en teoría), pero por favor examine qué tanta efectividad tiene esa práctica para el bienestar de la Iglesia, la salvación de su alma y aún su propia economía, pues conozco personas que por andar diezmando y esperando a que se les multiplique lo diezmado, viven llenos de necesidades en sus propios hogares, presos de la ansiedad y hasta endeudados porque no les alcanza el dinero. Tómese la molestia de indagar cuál es el verdadero destino que los dirigentes de su Iglesia le están dando a esa porción tan sagrada que le pertenece literalmente a Dios, y que proviene de su ardua labor diaria, como para que vengan a menoscabarla unos cuantos pícaros que lo único que les importa es vivir a sus anchas a expensas de los demás, como los zánganos de las colonias de insectos, mientras que hay tantos hermanos en la fe atravesando por situaciones económicas terribles y a los cuales no se les ayuda lo suficiente gracias a la avaricia y rapacidad de los dirigentes.

Y si usted no diezma, tampoco está pecando, ni tiene por qué sentirse mal ante Dios, ya que no está obligado a hacerlo, a menos que sea un judío de nacimiento o prosélito circuncidado que se encuentre todavía bajo la Ley Mosaica. La tradición histórica del cristianismo nos muestra que, durante los primeros siglos de la Iglesia, los creyentes no ejercían la práctica del diezmo, ni los dirigentes lo exigían ni lo enseñaban como un deber religioso, hasta los albores del cuarto siglo, cuando se empezó a promover como un acto voluntario y, más tarde, obligatorio, lo cual no es de extrañar dada la gran avaricia y corrupción que empezó a caracterizar al cristianismo de aquellos tiempos, en particular la corriente católica romana, que nació en ese siglo. Y luego, con el correr del tiempo, esta práctica se siguió predicando incluso durante la Reforma Protestante, entre las facciones cristianas que surgieron en aquella época turbulenta y, más recientemente, entre las diferentes corrientes evangélicas surgidas a finales del siglo XIX y comienzos del XX.

Le invito a que revise el siguiente enlace, donde podrá ampliar información respecto a cuál ha sido la postura del cristianismo, a lo largo de la historia, con relación al tema del diezmo: 

http://razondelaesperanza.com/2013/03/31/la-iglesia-primitiva-no-diezmo-por-los-primeros-4-siglos/

La Iglesia cristiana desde sus inicios siempre enfatizó en la ofrenda VOLUNTARIA, según la capacidad económica del creyente:

"Por varios siglos en la iglesia primitiva no hubo apoyo...por el diezmo... Al contrario, la libertad de la ofrenda cristiana fue enfatizada"

Zondervan Pictorial Encyclopedia of the Biblia 

(Enciclopedia Ilustrada de la Biblia de Zondervan) –

 

«Se admite universalmente que el pago de diezmos o décima parte de las posesiones, para propósitos sagrados, no encontró un lugar dentro de la Iglesia cristiana durante la edad cubierta por los apóstoles y sus sucesores inmediatos».

Diccionario Hasting

 

«La Iglesia primitiva no tuvo sistema de diezmos... no había ninguna necesidad de mantenerlo, ni que existiera o fuese reconocido en la Iglesia, sino que los otros medios parecieron bastar»

- Nueva Enciclopedia Católica

 

“Cada primer día de la semana cada uno de vosotros ponga aparte algo, según haya prosperado, guardándolo (…)”

- 1ª Corintios 16:2 -

 

- “Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre”.

2ª Corintios 9:7

 

Por favor revise las siguientes imágenes, en las que verá algunos extractos referentes al diezmo, tomados del libro "La guía completa de la Biblia" de Stephen M. Miller:

 

 



 

Tampoco Jesús enseñó que, como Iglesia, tengamos el deber de diezmar. Veamos lo que Él dijo en una ocasión con respecto al diezmo:

“¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe. Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello (o sea diezmar).”

Mateo 23:23

En este pasaje, Jesús les estaba confirmando a los fariseos - quienes se encontraban bajo la Ley de Moisés por ser judíos - que efectivamente, para ellos, era un deber sagrado diezmar, dado que eran judíos circuncidados, y así está estipulado en la Torah. Sin embargo, también les aclaró que, aún más importante que el mero acto de diezmar por cumplir con la Ley, es el hecho de hacer justicia, mostrar misericordia y tener fe, ya que de nada me sirve seguir un ritual si no estoy siendo motivado por la espiritualidad que le da sentido a ese ritual.

En otras palabras: como los fariseos todavía estaban bajo la Ley de Moisés (por ser judíos circuncidados), les era necesario diezmar, lo cual no implica bajo ningún concepto que sea algo aplicable a los que no estamos bajo la Ley, ni tampoco nos vamos a salvar por ella. Jesús justificó el diezmo sólo bajo el contexto de la Ley Mosaica. Lo admitió como válido dentro de la jurisdicción de esa Ley; y lo consideró aplicable sólo para aquellos que aún estaban confinados a ella, como era el caso de los fariseos (compare con Gálatas 3:23), quienes jamás aceptaron a Cristo y quedaron así excluidos de su Gracia salvadora, la cual los habría sacado de ese fatal confinamiento a una Ley que no puede salvar sino sólo matar.

 

 EN CONCLUSIÓN

Por todo lo anterior, pienso que ya va siendo hora de que el pueblo de Dios se pronuncie contra esa estafa en la que se ha convertido el sagrado diezmo, y empecemos a redefinir los mecanismos financieros que en realidad deben regir en la Iglesia de Jesucristo. Creo que ha llegado el momento de exigir a los directivos de nuestras organizaciones cristianas que ejecuten políticas económicas más justas y equitativas, que realmente beneficien a todos los creyentes, especialmente a los más necesitados. No podemos seguir permitiendo que una jauría de pícaros nos siga manipulando en nombre de Dios y de la Biblia, haciendo con nosotros y con nuestros bienes lo que se les antoja, y manejando la Iglesia del Señor como si fuera una empresa, bajo una estructura piramidal donde unos pocos, hinchados de soberbia en los niveles más altos, controlan a su amaño a toda la masa de ignorantes de los niveles inferiores.



Debemos darnos cuenta de que esa estructura jerárquica piramidal ha sido propia de los sistemas de gobierno humanos que, a su vez, han sufrido la influencia, o han sido diseñados y configurados, de manera subrepticia, por las siniestras sociedades secretas luciferinas que existen desde las épocas más remotas, y que son dirigidas por los mismos seres oscuros no humanos que alguna vez se hicieron llamar “dioses” (y que la biblia llama ángeles caídos), quienes ayudaron a levantar las civilizaciones e imperios de la antigüedad, trabajando en las sombras hasta nuestros días, ocultos tras el telón de este repugnante sistema anticristo que ya está a punto de dar a luz a un Nuevo Orden Mundial, pregonado a los cuatro vientos por los líderes políticos del mundo entero, y que no será más que el abominable imperio de la Bestia.


Los antiguos dioses paganos: ángeles caídos a los que hoy se les llama "extraterrestres" (Efesios 6:12)...


Estos dioses falsos y perversos nunca se fueron y siempre han estado tras bambalinas, siguiendo las órdenes de su amo Satanás, el gran dragón que odia las almas y no descansa en su propósito de llevarlas hacia su propia destrucción (Efesios 2:2 - 1° Pedro 5:8 - Apocalipsis 12:12)


Son ellos quienes están detrás del sistema mundial, gobernando a la humanidad desde las sombras, a través de las sociedades secretas que diseñan el sistema político, económico, social y religioso para controlarnos y llevar la humanidad hacia la perdición (1° Juan 5:19 - Apocalipsis 13: 2, 12). ¡La Iglesia de Jesucristo no debe imitar esos mismos modelos organizativos, ni caer en ese juego mortal de seguir la corriente de este mundo!


¿Y qué está haciendo la Iglesia de Jesucristo para contrarrestar esa influencia diabólica que ha permeado la historia humana desde tiempos inmemoriales? ¿En lugar de combatir este sistema anticristo en el Nombre de Jesús y de hacerle frente con determinación, vamos a imitarlo? ¿Vamos a permitir que continúe esa estructura estratificada y clasista que está desviando a la Iglesia de su misión y le está quitando su visión, encegueciéndola con el brillo metalizado de sus abundantes riquezas, que la alejan cada vez más de Dios? ¿De dónde provienen esa frialdad espiritual, ese conformismo, ese ambiente pesado, materialista y frívolo que se percibe en las iglesias, si no es de ese estado deplorable en el que hemos caído por causa del amor al dinero, que ha enfriado nuestra fe y nuestro amor al prójimo?  

Es cierto que se han enviado y se siguen enviando misioneros cristianos a remotos países y lejanas tierras; que las organizaciones cristianas siguen trabajando por la expansión del evangelio; que Jesucristo sigue obrando en la mente y el corazón de muchos hombres y mujeres; y que Jesús sigue siendo predicado alrededor del planeta. Pero ¿acaso no es cierto que la intensidad de ese poder que impactó al mundo en los primeros tiempos de la Iglesia ha disminuido, y que no se manifiesta como en los tiempos apostólicos? ¿No es evidente que estamos en una época similar a la del sumo sacerdote Elí, cuando “la palabra de Jehová escaseaba y no había visión con frecuencia”, a causa de la corrupción de los líderes religiosos de Israel? (1ª Samuel 3:1) ¿No se parece nuestro tiempo a esa triste visión que tuvo Ezequiel en la cual la Gloria de Jehová se iba del Templo de Jerusalén (del mismo modo en que parece haberse alejado de la iglesia en nuestros días), gracias a la terrible iniquidad del pueblo, que empezaba en los propios líderes religiosos? Lo tremendo es que esa Gloria sólo regresó cuando había un nuevo Templo (Léase Ezequiel 10 y 43:1-5) ¿Será que, de la misma manera, la Iglesia de Jesucristo en su conjunto necesita una última y definitiva reforma, que le permita volver a ser morada de Dios en el Espíritu? Que el Todopoderoso nos ayude a permanecer firmes mientras ésta se lleva a cabo, porque las reformas que Él hace por lo regular no son nada placenteras. Dios es amor, pero también es fuego consumidor, y además alérgico a la hipocresía. Jesús soportaba más fácil a los pecadores más empedernidos que reconocían su necesidad de Dios, que a los fariseos hipócritas que se creían muy justos, perfectos y llenos de Dios.

Ciertamente, aunque el pueblo de Dios existe y llegará a donde tiene que llegar, es innegable que en la actualidad atraviesa por una edad de oscurantismo, de adormecimiento espiritual predicho en la parábola de las 10 vírgenes, donde todas ellas cabecearon y se durmieron (hasta las cinco que eran sensatas). ¿Y qué es ese adormecimiento, sino el sopor insoportable de aquel que está cansado de esperar sin hacer nada y sin estar en movimiento? ¿Qué son esas tinieblas bajo las cuales se durmieron las vírgenes, sino la falta de conocimiento y las enseñanzas falsas y aún perversas que hacen caer al alma en un sueño mortal?

Por favor reflexione, amigo(a) lector(a): ¿Qué hay de la misión local, de las acciones para el pueblo cristiano que perece de hambre porque no se le da alimento espiritual apropiado, o porque se le mantiene bajo un régimen de temor y culpa? ¿Qué hay de las políticas económicas y financieras de las iglesias, que no son sino fiel copia del mismo modelo de desigualdad e injusticia que existe en el mundo sin Dios? ¿Qué hay de ese enriquecimiento exagerado y vertiginoso de las organizaciones cristianas que está corrompiendo sin cuartel a sus ministros ordenados y aún a las ovejas? ¿Qué hay del diezmo como piedra angular del plan financiero de Dios, según nos lo quieren hacer ver los líderes? ¿Es en realidad la base de ese plan financiero? ¿No lo será más bien la libre generosidad de corazón y una administración objetiva, racional y justa de los bienes recaudados?

Amado hermano en Cristo, es hora de decir basta: no más exacciones a las ovejas; no más sermones sensacionalistas basados en la culpa, el miedo o el chantaje; no más imposiciones de preceptos que eran del régimen muerto de la letra. Pronunciémonos como hijos de Dios, haciendo uso de nuestro derecho inalienable a examinar lo que está sucediendo en nuestra amada Casa y lo que están haciendo con ella los mayordomos que la administran. Es hora de exigir que se tenga más en cuenta a las ovejas para la toma de decisiones y el direccionamiento de los destinos de la Iglesia, porque es evidente que las disposiciones de fondo son tomadas en última instancia por unos pocos, que hacen a un lado las opiniones y aportes de los demás, a través de los cuales Dios también puede hablar y transmitir su voluntad. ¿O es que usted como fiel cristiano, que ama a Dios y está siendo trabajado por su Espíritu, no puede ser utilizado por Él para beneficio de la Iglesia? ¿Acaso Dios habla e instruye solamente a través de los que dicen pastorear su rebaño?

Porque yo le pregunto a usted que me lee, y que quizá es miembro de alguna de las tantas iglesias cristianas: ¿Cuándo han sido citados usted y toda su congregación para deliberar acerca de las decisiones que van a afectar a toda la organización? Creo que la respuesta es "nunca" (o si lo han sido, se trata de reuniones fríamente calculadas en las que la opinión del creyente es manipulada o no es realmente tenida en cuenta). Es un hecho que los destinos de las iglesias cristianas son dirigidos según el criterio de sus directivos que, estrictamente hablando, no son sino un pequeño grupo de individuos que se autoproclaman ungidos y elegidos por Dios para tal propósito, y que basándose en esa supuesta unción y elección proceden a tomar decisiones sin tener en cuenta (o al menos no lo suficiente) las opiniones, aportes, y aún revelaciones que tienen para dar las ovejas del rebaño que dirigen.

Este modelo de gobierno religioso en el que la gran masa de creyentes es dirigida por un grupo de líderes que se autoproclaman voceros autorizados y transmisores de la voluntad divina, suele denominarse “Teocrático” (Gobierno de Dios), pues se supone que es Dios mismo quien dirige a su pueblo mediante estos líderes especialmente ungidos. Y todas las iglesias, sin excepción, y a pesar de sus diferencias administrativas, en el fondo manejan este mismo modelo, el cual desde luego no es democrático ni permite que sea el mismo pueblo el que rija sus destinos.

Desde el punto de vista bíblico, el gobierno perfecto es efectivamente el teocrático, pues sin lugar a dudas quien mejor sabe dirigir al hombre es Dios. Sin embargo, este argumento del gobierno teocrático también puede ser utilizado para mandar y manipular de manera arbitraria e incluso para abusar del poder. Lo que quiero decir con esto, es que debemos tener mucho cuidado y estar muy alertas cuando alguien se presente como un ungido, elegido y enviado por Dios, ya que podría no ser más que un astuto impostor. Jesús dijo que la clave está en aprender a oír Su voz, pues las ovejas que son de Su propiedad son capaces de reconocerla sin vacilar. Por tanto, si usted se considera una oveja de Cristo, está en el deber de agudizar su oído espiritual para saber discernir quién es realmente un líder escogido por Dios y quién no.

Porque no nos digamos mentiras: lo que impera actualmente en las organizaciones cristianas son los líderes escogidos a base de favoritismos y dedocracia. Es decir, pastores que son promovidos al sagrado ministerio no tanto porque tengan verdadera vocación y respaldo divino, sino por estar entre las preferencias de sus superiores, mayormente si son hijos o familiares de otros pastores influyentes, o si son perritos falderos fácilmente manipulables. Esto en mi tierra se denomina "tener rosca", y por eso un alto porcentaje de los pastores modernos no son más que impostores, pues están ejerciendo su ministerio sin haber sido escogidos realmente por Dios sino por el hombre. Son personas que no han tenido un llamamiento divino sino humano. Una razón más para estar muy atentos a la palabrería y las acciones de estos sujetos, y así poderles responder como se lo merecen.

Así pues, eso del gobierno teocrático, tal como se concibe en la actualidad, en esencia es algo semejante a la lógica que maneja el clero católico, y que se puede ver en la realización de los famosos cónclaves que se celebran en el Vaticano cada que se va a elegir un nuevo Papa. Porque en el mundo católico, el Papa es el Vicario de Cristo y el vocero de Dios, cuya palabra es infalible y no se puede discutir; pero en el mundo evangélico quienes asumen ese papel son los pastores y demás directivos, a quienes no se les puede decir ni cuestionar lo más mínimo, porque ya eres un hereje, un rebelde y un divisionista. Y así vemos que los evangélicos se están pareciendo cada vez más a los católicos que tanto critican.



Así que una vez más lo digo: ¡Despertemos por favor! ¡La segunda venida de Cristo está más cerca que nunca, y no podemos seguir alcahueteando lo que está mal sólo por conformismo, indiferencia o miedo a la crítica, el señalamiento, la burla y el rechazo! Quienes nos atrevemos a escribir sobre este tipo de asuntos nos exponemos a tener serias dificultades con nuestros propios correligionarios, porque decir la verdad no tiene buena prensa y trae sus consecuencias; pero, aun así, el amor a ella debe ser más grande que nuestro temor, y como hijos de Dios, dotados de un espíritu valiente y no de cobardía, debemos estar siempre dispuestos a pelear como leones en defensa de la verdad.

Con lo publicado aquí se está atacando directamente el bolsillo insaciable de un poderoso sistema capitalista de codicia y mezquindad que, como ya dije, se disfraza de cristianismo, el cual lleva siglos manipulando conciencias, y que sin duda intentará contraatacar con terribles golpes no sólo a ésta sino a muchas otras publicaciones de gente que, como yo, ha abierto los ojos a la verdad. Sin embargo, por terribles que sean esos golpes, estoy seguro que serán en vano, ya que la verdad tarde o temprano siempre es la que prevalece. Por salvaje e impetuoso que sea el contraataque de los enemigos de la verdad, estoy seguro que no sólo yo, sino muchos de los que hemos despertado del letargo religioso en el que vivíamos, lo estaremos esperando con fe, dignidad y honor, confiando en Aquel que fue el Escudo de Abraham (Génesis 15:1) y blandiendo la espada de dos filos que tantos hombres han tratado de amellar y de destruir sin éxito: La Santa Biblia…

Así que, si hay alguien que está leyendo este artículo, y de alguna manera pretende atacar lo que aquí se expone, hágalo, pero blandiendo las mismas armas que aquí se utilizan: demuestre a través de las Escrituras, de una objetiva interpretación de ellas, del registro histórico y del sentido común, que este artículo está equivocado, y tendré la suficiente gallardía para retractarme públicamente, y con la ayuda de Dios enmendar mi error. Pero si no está dispuesto a hacerlo de ese modo, entonces mejor ore a Dios para que abra su entendimiento y le haga saber si esto que se publica es cierto o no.

Por favor no sea uno más de los que sólo saben atacar desde los púlpitos o detrás de un computador, echando puyas y sátiras cobardes, y que no tienen más armas sino el sarcasmo y la propaganda negativa para desacreditar y estigmatizar socialmente a quienes no se someten a sus ideas o políticas. Actúe como caballero honorable y no como serpiente rastrera; argumente en lugar de desacreditar; hable con honestidad y no con falacias; dialogue inteligentemente en vez de vociferar y chorrear babaza como yihadista histérico. Si no lo quiere hacer así, mejor absténgase de atacar lo que aquí se expone y más bien trate de madurar y de orientar sus fuerzas en contribuir a un verdadero crecimiento del Pueblo de Dios.

Creo que es preferible ser directo y sarcástico, con un estilo brusco y en ocasiones tal vez grotesco, pero hablando con honestidad, y no actuar como suelen hacerlo la gran mayoría de líderes cristianos de hoy en día, que al mejor estilo farisaico hacen de su formación teológica, su homilética, su elocuencia, su pulcritud, sus ademanes de santo y gestos fingidos, un excelente camuflaje de falsa humildad con el que quieren hacerse ver ante los demás como unas mansas palomas, mientras maquinan perversidades en sus corazones contra los que se atreven a señalarlos y a enrostrarles sus errores, tomando muchas veces el púlpito como un cadalso de ejecución para condenar y destruir con sus sermones a quienes se les oponen.



Hermano y hermana en Cristo: Dios es bueno y generoso, y no le va a enviar ruina, ni lo va a mandar para el Infierno si no diezma ¡Quítese la venda y mire la propia perversidad de quien le enseña semejantes aberraciones! Usted ya está bendecido por haber creído en Cristo Jesús nuestro Salvador, y ha sido hecho coheredero con él. Lo material viene por añadidura y según la voluntad de Dios, quien nos da todas las cosas por Su bendición espiritual en los lugares celestiales. La Biblia enseña claramente que la bendición de Dios abarca todas las áreas de la vida, y la provisión económica para el cristiano no viene por el hecho de diezmar, sino por confiar en Él, obedecerle y amarle de corazón. Tenga en cuenta que Dios no empezó a bendecir económicamente a Abraham, "el padre de la fe", después de que él le hubiera entregado los diezmos a Melquisedec, sino que ya lo había empezado a bendecir desde mucho antes de ese episodio (lea Génesis 12 y 13). Dios no es un cobrador de impuestos, ni un exactor, ni un caza recompensas que cada quincena está a la espera de que usted le dé el 10% de lo que gana ¡Deseche ya esa imagen del Dios iracundo y castigador que la sádica y decadente tradición romanista siempre nos ha pintado, y con la cual nos ha mantenido viviendo bajo un régimen de culpa y autocastigo! Ese no es el Dios maravilloso, compasivo y bondadoso que se lee a través de las páginas de la Biblia, y que usted mismo puede comprobar a través de su propia experiencia personal con Él; un Dios al que cada día tenemos la libertad de hablarle en oración y de mostrarnos tal como somos: seres humanos con muchos defectos que a diario nos esforzamos por continuar la marcha a través de ese largo y difícil camino por alcanzar lo theleion (en griego: lo perfecto, lo acabado, lo que ya está terminado) (1ª Corintios 13: 9-12).



Si después de leer todo esto usted desea seguir diezmando, le invito a que lo haga de manera inteligente: exija que se invierta adecuadamente, y véalo como un acto voluntario de agradecimiento y de ayuda al necesitado, mas no como una obligación religiosa que en realidad está siendo destinada a mantener líderes ineptos y codiciosos, como lo son muchos de los que ofician hoy en día. Por favor no siga contribuyendo a esa degeneración moral y espiritual que está acabando con las iglesias, y que se origina principalmente en ese amor enfermizo al dinero que caracteriza al cristiano del siglo XXI, empezando por los mismos dirigentes, así ellos en sus emotivos sermones digan que todo marcha muy bien y que Dios está muy complacido con un pueblo que cada vez se vuelve más materialista, soberbio e indolente.



En otras palabras, si en su iglesia no existen políticas eficientes de inversión social y ayuda humanitaria, y lo que debería ser una comunidad fraternal y solidaria se ha convertido en una organización avarienta y metalizada, de perfil corporativo y capitalista, entonces mejor absténgase de separar esa porción tan sagrada que le pertenece sólo a Dios, ya que Él prefiere que usted le conozca y sea misericordioso con el prójimo, a que usted diezme y ejecute un sinfín de rituales mecánicos que, a la postre, lo único que hacen es enriquecer desmedidamente a una élite inhumana, codiciosa, hipócrita y parasitaria que cada vez se parece más a los fariseos y los saduceos del tiempo de Jesús:

“Porque misericordia quiero, y no sacrificio

y conocimiento de Dios más que holocaustos…”

- Oseas 6:6

 

Que el Señor Jesucristo les siga bendiciendo.

  

PD: Si usted, amable lector, está de acuerdo con toda la información aquí expuesta, le invito a que contribuya al despertar de otros difundiendo este articulo por todos los medios a su alcance (redes sociales y demás). Es una buena manera de contribuir a que muchos abran los ojos y a que los arrogantes líderes cristianos se vean en la obligación de reconsiderar este asunto tan delicado de las finanzas en la Iglesia, y de bajarse de ese trono de soberbia en el que se han sentado.

  

– Creyente Crítico -

  

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Referencias:


[1] Uno de los personajes principales de la saga “El Señor de los Anillos”. Un ser de aspecto repugnante que alguna vez fue un pequeño humanoide de la raza de los hobbit, pero que a causa de su maldad, y de haber asesinado a su mejor amigo en medio de la locura por poseer el anillo maldito, se transformó en un horripilante monstruo rastrero, taimado, asesino y demente.

 

[2] “Mammón” en arameo significa “Riquezas”, y en la antigüedad fue, de hecho, una especie de ídolo que representaba el dinero. En demonología es el demonio de la avaricia, el materialismo y la codicia.

 

[3] En la época de San Pablo, un ayo era un profesor o tutor particular que se encargaba de educar y disciplinar al niño que estaba bajo su cuidado.

 

[4] La fiesta del año nuevo judío, que se celebra a mediados de septiembre.

 

[5] El día de la Expiación, celebrado a mediados de julio.

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