Muchos piden “evidencia” para poder creer en Dios. Evidencia palpable y objetiva, que demuestre de manera incontrovertible que Él existe. No les basta con los impresionantes y sugerentes diseños que se observan en la naturaleza, ni el ajuste tan exacto y preciso en todos los parámetros del universo, ni mucho menos los testimonios y experiencias personales de quienes creen en Él, porque dicen que nada de eso prueba su existencia. Piden un Dios que se pueda “detectar” y “comprobar” a través del método científico para poder aceptarlo como realidad indiscutible.
El problema es que, si Dios fuera evidenciado de ese modo, si pudiéramos detectarlo con nuestros sentidos, o por medio de técnicas e instrumentos científicos, significaría entonces que no se trata de un ser trascendente y metafísico, de una naturaleza distinta y separada de la materia, la energía, el espacio y el tiempo, sino de una entidad que se puede captar y medir dentro de esas mismas magnitudes de nuestra realidad física. Y en consecuencia, no se trataría realmente de "Dios" sino de un ser o un fenómeno más del propio universo. No sería un ente que sobrepasa nuestra dimensionalidad y sus leyes, sino uno que está condicionado a ellas, y su supuesta esencia absoluta e inmensurable, pasaría a ser relativa y medible. La humanidad se encuentra limitada al mundo físico, y por ello no puede percibir a un ser que esté por encima de dicha realidad. A modo de analogía, es como si un hipotético ser que viviera en la segunda dimensión (2D) quisiera percibir a un ser de la tercera dimensión (3D): simplemente no podría hacerlo, porque está limitado a percibir sólo aquello que esté dentro de esa segunda dimensión. Lo mismo ocurre con nosotros: no podemos percibir de manera natural a ese Ser supremo omnidimensional que nos confinó a una dimensionalidad específica.
Un "Creador" que esté compuesto por algún tipo de
materia, que se encuentre delimitado en el espacio y el tiempo, que posea
atributos de extensión, peso y volumen, o que emita cualquier clase de
radiación, sería de todo menos un ser "divino", pues estaría hecho de
las mismas cosas que creó, como si fuera un objeto
"dentro" del mismo universo que Él formó. Tampoco sería una deidad con dominio absoluto sobre el mundo físico y voluntad soberana para decidir cómo, cuándo, dónde y a quién
manifestarse, sino una especie de “organismo” inteligente, quizá con mayores facultades que el hombre, pero sin poder
suficiente como para dominar la naturaleza y ocultarse a discreción. O en el peor de los casos, un fenómeno
natural e impersonal siempre disponible para su detección y estudio; como una
“cosa” que se puede descubrir, investigar o manipular con equipos tecnológicos (igual que
un astro, un trozo de mineral, un campo electromagnético o una bacteria), dejando así de ser alguien para convertirse en algo, pues no podríamos referirnos a Él como una persona sino como
un objeto. En suma, se trataría de un ser alcanzable por los instrumentos, las capacidades
y la voluntad humana, al que no habría razón alguna para llamarle
“Dios”. Así que no tiene sentido pedir "pruebas científicas"
de su existencia, ya que la ciencia está limitada a detectar solamente lo
físico; y Dios, por definición, está mucho más allá de lo físico. Su misma
creación aporta evidencia suficiente como para inferir, de manera perfectamente
racional, que un universo tan finamente ajustado no pudo haber surgido de la
nada, ni de un azar ciego empujado por leyes impersonales e inconscientes,
sobre todo si se tiene en cuenta que dichas leyes tienen una estructura que apunta a un origen
inteligente.
Incluso si Dios decidiera manifestarse abiertamente como muchos lo piden, y como la ciencia lo exige, la humanidad no lo aceptaría ni se sometería a Él con humildad, reverencia y regocijo, sino que, por el contrario, las reacciones serían diversas y casi todas negativas. Sólo imaginemos por un momento a miles de millones de personas de todas las razas y culturas, presenciando la manifestación del Dios único: serían miles de millones de puntos de vista, interpretaciones, formas de ser, entender, pensar y sentir. Todos con sus propias expectativas y prejuicios, criterios y estándares culturales, tratando de acomodar a Dios a sus estructuras mentales. La mayor parte de esa población seguramente empezaría a servirle por miedo o por conveniencia, mas no por amor genuino. No los movería la devoción y la esperanza que suele producir aquello que se anhela, sino el temor al castigo, o el interés pragmático de obtener beneficios materiales, de aquello que ya está presente y visible, por lo cual no harían verdaderos méritos ni esfuerzos sinceros por llevar una vida piadosa. Así pues, creer en Dios sólo por haberle visto, conduciría inevitablemente a la hipocresía más descomunal y a la formación de un ejército de falsos adoradores, entre los cuales, tarde o temprano, comenzaría de nuevo a surgir la duda, el cuestionamiento y la rebeldía, al ver que ese Dios no actúa como ellos creen que debería hacerlo, ni encaja en sus expectativas, suposiciones y estándares preestablecidos.
Otra clase de gente, más osada, insolente y sacrílega, buscaría la forma de controlarlo e intentaría usurpar su poder. Harían hasta lo imposible por determinar su origen, su naturaleza, sus propiedades físicas, y tratarían de encontrar desesperadamente la fuente de sus poderes, con el propósito de igualarlo y eventualmente someterlo. Asimismo, los gobiernos del mundo se disputarían su favor o, por el contrario, se unirían en su contra, considerándolo tal vez una potencial amenaza "extraterrestre".
Por su parte, los escépticos
y ateos inmediatamente pondrían en duda la aparición divina ante el mundo;
empezarían a buscarle "explicación científica" y a postular teorías
sobre el suceso, la mayoría de ellas buscando la manera de negar que en realidad
se trate del Ser Supremo. Dirían que no es ningún "Dios" sino una
entidad farsante y contradictoria, que se supone debería ser absoluta,
metafísica y trascendente, pero en realidad se encuentra confinada dentro de
los parámetros físicos del universo que dice haber creado, pues finalmente se
le pudo detectar y medir. Y, nuevamente, comenzarían a pedir más y más pruebas
que demuestren su divinidad, llegándolo a considerar, como ya se dijo, una
posible amenaza "alienígena" o un simple fenómeno natural. Nada les
bastaría. Ninguna prueba sería suficiente: si logran detectarlo, concluyen que
no se trata de ningún "dios"; pero si no lo detectan, entonces
afirman que "no existe".
Por eso, si Dios se hiciera
detectable según la exigencia del capricho humano, la duda no acabaría, ni se
"pondría fin al debate" (como aseguran los ateos), sino que, más
bien, se daría inicio a uno nuevo. Su manifestación solo lograría que la
humanidad le perdiera aún más el respeto y se alejara más rápido de Él, pues ya
no lo verían como un ser realmente superior, con dominio absoluto sobre el
universo, sino como alguien "alcanzable" de dudosa divinidad, a quien
muchos intentarían someter para usurpar su lugar.
En definitiva, si Dios se hiciera evidente a la humanidad en términos
físicos, casi nadie lo tomaría como Dios, sino como un engaño
masivo o un fenómeno más de la naturaleza. Por eso, la manera más efectiva de
comprobar su existencia es a través de la experiencia personal, cuando Él mismo
decide revelarse y manifestarse a aquel que tiene fe, de un modo que sea acorde
a sus propósitos divinos y a la capacidad mental del creyente. Porque nada
convence más que la propia experiencia, y el verdadero interés de Dios nunca ha
sido satisfacer la curiosidad científica de la humanidad, sino darse a conocer
a aquellos que son dignos de su amor. Pues Él no busca “comprobadores” y
espectadores fríos e indiferentes, sino creyentes humildes que reconozcan su
necesidad espiritual y quieran elevarse hacia niveles superiores de conciencia
y existencia.
Pero, si Dios es todopoderoso, ¿no podría mostrarse de tal manera que lo aceptemos como el Ser Supremo,
sin cuestionar su Deidad?
Si Dios se mostrara abiertamente, y obligara a la mente humana a que lo reconociera y lo aceptara como tal, estaría violentando el libre albedrío, pues tendría que coaccionar el pensamiento y la voluntad en una sola dirección, tal como lo haría un tirano o un dictador, y no un Dios de amor que concede libertad de elección. Por eso, si Él se hace evidente, deberá permitir que la humanidad reaccione libremente; y ya vimos que no todos lo harían igual. El razonamiento autónomo llevaría a la mayor parte de la población a dudar y a concluir que esa entidad poderosa que se está manifestando no es Dios, sino una especie de "alienígena" impostor, un caso de psicosis colectiva, o un fenómeno natural explicable por las leyes de la física.
Incluso si Dios obligara a la humanidad a reconocer que Él existe, pusiera ese conocimiento en el corazón de cada ser humano, y al mismo tiempo les diera la libertad de elegir si lo siguen o no, el resultado sería igualmente un rotundo fracaso, pues, como se indicó anteriormente, la gran mayoría elegiría seguirlo sólo por miedo o conveniencia, mas no por amor, lo cual despoja de virtud a dicha elección y dista muchísimo de ser el propósito de un Dios que es amor.
Por otro lado, si un ser tan poderoso e inmensurable como Dios decidiera mostrarse y hacerse evidente ante criaturas tan limitadas como nosotros, sólo habría dos formas razonables de hacerlo: de una manera prodigiosa y apoteósica a través de la realidad física, haciendo uso de los elementos de la naturaleza, o de un modo menos espectacular y más discreto, rebajándose a formar parte del mundo material como un ser humano.
Según la Biblia, Dios se manifestó de ambas maneras y el resultado fue siempre el mismo: miedo, rechazo e
incredulidad generalizada. En la antigüedad, Dios se presentó ante todo un pueblo a través de un fenómeno natural, lanzando llamaradas de fuego y hablando con
voz tronante y poderosa desde una nube enorme; pero aquel pueblo no resistió dicha manifestación: todos
se llenaron de pánico y dijeron que nunca más querían vivir esa experiencia tan
aterradora. Pidieron más bien la mediación de un hombre que actuara como portavoz (Éxodo, capítulos 19 y 20).
La segunda vez que Dios se sumergió en esta realidad física y se manifestó a las masas, fue adoptando forma humana y naciendo de una mujer. Mostró un
poder sobrenatural que daba cuenta de su Deidad y, sin embargo, fue rechazado
por la mayoría y terminó crucificado. La respuesta a su manifestación “detectable”,
incluso con pruebas de poder divino, fue el vituperio, la burla y la muerte. Porque
de tal calaña es la humanidad. Porque el hombre en su condición pecaminosa y
caída tiende a rechazar a Dios. Porque al que no quiere creer ninguna
evidencia le sirve, y para el que no ama a Dios ninguna prueba es suficiente.
Así que no hay ninguna manera en que Dios se haga detectable, que garantice una aceptación y un reconocimiento pleno de su Deidad por parte de toda la humanidad. Como sea que Él se muestre seguirá siendo cuestionado, y por ello es absolutamente necesaria la FE. Porque sólo la fe moverá a Dios a manifestarse ante quienes lo anhelan, y lo hará del modo que más convenga a sus niveles de conciencia.
El relato de Adán y
Eva enseña una gran verdad psicológica: Aunque Dios se manifestara abiertamente
a la humanidad, de modo que todos pudieran verlo y tener plena certeza de su existencia, igual lo cuestionarían, le desobedecerían y se rebelarían contra Él.
Adán y Eva veían a Dios y hablaban con Él cara a cara, y aun así cuestionaron su
soberanía y se rebelaron ante su autoridad. Porque el verdadero problema no son las "pruebas" sobre la existencia de Dios, sino la actitud del hombre frente a Él.
Por
tanto, amigo lector, deja de pedir “evidencias científicas” que prueben la existencia de Dios, cuando muy seguramente serías el primero en rechazar esas evidencias. No
pidas que Dios se te manifieste para “poder creer en Él” cuando de antemano ya
decidiste no creer. Deja la hipocresía, y reconoce que lo tuyo no es “falta de
evidencia” sino apatía, prejuicio, y rechazo voluntario. Es una cuestión
psicológica y espiritual más que “científica”, y sólo intentas camuflar tu
incredulidad voluntaria apelando al cientificismo, y a un falso razonamiento
que quieres vender como “pensamiento crítico”.
¿Entonces por qué Dios no me hizo creyente, o por qué
no quita mi incredulidad, si Él es
todopoderoso?
Porque Dios no hizo
robots automatizados y programados, sino seres autónomos con libertad de
elección. Y aunque quiere salvar a todos, no todos son dignos de Él.
Diseñar a alguien programado para creer, o forzarlo a que abandone su
incredulidad, no sería justo ni tendría mérito alguno, ni de parte de Dios ni
de parte de la persona implicada, pues lo único que demostraría es que Dios es
un ser tiránico, egoísta, injusto y coercitivo, y que la persona creada por
Él no es en realidad un ser autónomo y libre, sino un autómata preconfigurado, que
sólo acepta a su Creador porque fue forzado a hacerlo, mas no porque le nació como un acto libre y voluntario.
En cambio, permitir
que esa persona crea libremente y haga méritos en función de esa fe, no sólo es
justo sino necesario. Es el germen del amor verdadero, que merece ser recompensado.
Es lo que hace que un ser consciente se haga digno de Dios. Por eso, el que
quiera salvar su alma deberá hacer méritos creyendo en Él sin verlo. Y el que
quiera evidenciar a Dios deberá primero creer en Él. No hay otro camino. La fe
es el filtro de la Gracia divina.
¿Y por qué tiene más mérito creer en Dios sin verlo,
que creer en Él por haberle visto?
1) Porque creer
sin ver es una vía más difícil y arriesgada para un ser acostumbrado a lo
tangible, como el ser humano, pues creer en Dios, sin verlo, exige más esfuerzo,
voluntad, decisión y sacrificio que pudiéndolo ver, y esto, sin duda, amerita una
justa y mayor recompensa.
2) Porque el que cree sin ver, desea que Dios exista y le anhela sinceramente, demostrando amor genuino y espontáneo. En cambio, el que no cree, no desea que Dios exista, o simplemente no le importa. Y sobra aclarar cuál de estos dos merece ser recompensado.
3) Porque creer sin ver motiva a hacer esfuerzos sinceros por llevar una vida recta y piadosa, gracias a la esperanza que produce la fe en un ser supremo. En cambio, creer por haber visto, sólo produce esfuerzos basados en el temor o en el pragmatismo de quien hace las cosas bien sólo porque no tiene más alternativa que someterse a un Dios poderoso que no puede ser sometido a la voluntad humana, ni mucho menos eliminado. El que cree en Dios sin verlo hace sus mejores esfuerzos en la vida, porque lo mueve el deseo y la expectativa de llegar algún día ante su presencia. Pero el que cree en Él por haberle visto no se esfuerza igual, porque nunca tuvo ninguna expectativa, y sólo le interesaba tener "evidencia" de un ser superior para satisfacer su curiosidad científica y su ego, mas no porque tuviese un verdadero deseo de conocerle y tener comunión con Él.
4) Porque se demuestra anhelo por trascender esta realidad material y alcanzar niveles superiores de existencia. Un anhelo que lleva a tomar el riesgo de creer y confiar en un ser trascendente y supremo que, aunque es indetectable por medios físicos, es el único que puede elevar al hombre hacia dichos niveles de perfección. En cambio, el que no cree en Dios, vive conforme en su vida terrenal y rechaza con desdén cualquier promesa de un reino celestial, ya que no cree en la trascendencia del alma ni en una existencia más allá de la muerte. Por lo cual, es justo conceder trascendencia sólo a quien la anhela y la busca, no a quien desea quedarse estancado en esta experiencia material finita.
5) Porque al creer en un Dios perfecto que ofrece salvación, se está reconociendo la imperfección de la naturaleza humana que nos hace proclives a la maldad. Pero el que no cree, niega con soberbia la existencia del pecado, no siente necesidad de ponerse a cuentas con un Ser Supremo porque, según él, sólo tiene responsabilidad moral ante sí mismo, y explica la maldad humana afirmando que no somos más que el producto de una evolución ciega y azarosa, dentro de un universo indiferente que no tiene juez ni propósito. Por tanto, es justo otorgar salvación solamente a quien reconoce con humildad que la necesita.
6)
7) Porque al
hacerlo se demuestra verdadera humildad y respeto, al reconocer nuestra
posición en el universo y darle a Dios el lugar que le corresponde, aún sin
verlo. Es un acto en el que se acepta su señorío y majestad, a pesar de su aparente
ausencia de la realidad inmediata. Un comportamiento reverente y piadoso que, desde luego, merece una justa retribución.
“(…)
bienaventurados los que no vieron, y creyeron”
–
San Juan 20:29 -
- Creyente Crítico -

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