Iglesias por aquí, iglesias por allá; iglesias por
todos lados... Unas con nombres largos; otras con nombres cortos. Unas dicen
ser trinitarias, mientras que otros afirman ser binitarias o unicitarias. Unas
con templos grandes y lujosos; otras que sólo disponen de garajes estrechos
para congregarse. Unas, compuestas por creyentes "cool" que llevan un
estilo de vida acorde con los estándares modernos y los estereotipos de la
sociedad de consumo; otras en cambio, conformadas por fieles ultra conservadores
que viven con fanatismo extremo su religión... Y en medio de este panorama de
contrastes, donde todas afirman tener la única verdad y ser dirigidos por el
único Dios, la sociedad humana en general mira con sorna la religión cristiana,
mientras muchos se preguntan inquietos cuál será entonces el Cristo en el que
se debe creer (de los muchos que estas iglesias predican) o cuál será la
verdadera doctrina bíblica que enseña este antiguo credo que ya cumple 2.000
años de historia y que, a pesar de haber comenzado como una única comunidad de
creyentes que profesaban una misma enseñanza, hoy en día se ha convertido en la
religión más dividida del planeta. ¿Cuál será la causa de este fenómeno? Le
invitamos a que hagamos un recorrido bíblico, histórico y psicológico que nos
permita encontrar una respuesta a este interrogante.
Desde su nacimiento en Jerusalén, el movimiento religioso que se conoce como cristianismo, ha presentado una marcada tendencia al divisionismo. La primera vez que se detecta este fenómeno lo podemos leer en Hechos de los apóstoles capítulo 15, donde se nos cuenta sobre una importante controversia que surgió entre los cristianos de tradición judía y los cristianos de origen gentil [1] , cuando los primeros empezaron a afirmar que si los creyentes gentiles no observaban la Ley de Moisés [2] , no podrían ser salvos. Y no sólo lo afirmaron, sino que comenzaron a promoverlo y a imponerlo como ordenanza.
En
estas circunstancias, la iglesia primitiva inició su expansión con el propósito
de llevar el mensaje de su fundador, sin haber zanjado definitivamente la
cuestión legalista, y teniendo ya en su interior el germen de esa lamentable
tendencia que la caracterizaría en los siglos por venir: el divisionismo y la
contienda. Así pues, hacia el oriente se puede observar un predominio de
iglesias judaizantes y hacia el occidente un predominio de iglesias llamadas
“paulinas” (por haber sido fundadas o confirmadas durante la labor misionera de
San Pablo).
En
estas iglesias paulinas, podemos ver que el fenómeno de la división vuelve a
presentarse no sólo por la cuestión legalista, sino también por otros motivos.
En la primera carta del apóstol Pablo a los Corintios 1:10-13,
leemos:
"Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer. Porque he sido informado acerca de vosotros, hermanos míos, por los de Cloé, que hay entre vosotros contiendas. Quiero decir, que cada uno de vosotros dice: Yo soy de Pablo; y yo de Apolos; y yo de Cefas; y yo de Cristo
¿Acaso está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros?
¿O fuisteis bautizados en el
nombre de Pablo?”
Y
en la carta a los Romanos 16:17:
“Mas os ruego, hermanos, que os fijéis en los que
causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis
aprendido,
y que os apartéis de ellos”.
Pasajes
como éstos, extraídos de las cartas apostólicas, permiten deducir que las
disensiones y disputas doctrinales eran, en efecto, uno de los principales
problemas que enfrentaba el cristianismo primitivo, a tal punto que, ya en el
siglo II, el filósofo pagano Celso, uno de los mayores enemigos y refutadores
del cristianismo, decía unas palabras que, lamentablemente, y después de 19
siglos, siguen siendo tan vigentes en nuestros días como lo fueron en aquella
remota época:
"En
un principio, los cristianos eran pocos y sostenían una sola doctrina, pero
cuando llegaron a ser muchos se dividieron en numerosas facciones, cada una con
la pretensión de tener su propio territorio. Hoy están enfrentados unos con
otros y a lo sumo lo único que tienen en común es el nombre a que se aferran,
aunque en lo demás están divididos en varias sectas (...) Los cristianos se
detestan. Se calumnian constantemente con las más viles injurias y no logran
ponerse nunca de acuerdo (...)”
- Adversum Celso, del teólogo Orígenes -
Como dice un
conocido refrán: “Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia”.
Basta con escuchar los sermones de curas párrocos y pastores de cualquier
denominación, la literatura cristiana moderna y los medios de difusión y
propaganda cristiana, para darse cuenta de lo vigente que se encuentra hoy en
día ese enconado espíritu de odio y antagonismo que ha existido entre los
cristianos de todas las épocas: continuamente, tanto líderes como feligreses,
se lanzan sarcasmos, denuestos, críticas y burlas en contra de los sistemas
doctrinales opuestos (y aun así se mantienen predicando sobre el amor de Dios y
el amor al prójimo).
Hacia
mediados del siglo III, en la comunidad cristiana de Roma, que se había
convertido en uno de los principales centros del cristianismo, se produjo lo
que se podría considerar el primer cisma o división formal de
la que entonces era considerada la Iglesia oficial, protagonizada por el obispo
romano (llamado entonces “Papa”) Calixto I y el anti-papa Hipólito, la cual,
nuevamente, se debía a una disputa de carácter doctrinal, en la que, según
Hipólito y sus seguidores, fieles creyentes en el dogma de la Trinidad, el
Papa Calixto y los suyos favorecían lo que ellos llamaban la herejía del Monarquianismo
Modalista [3] , y además
adoptaban una actitud permisiva y alcahueta con los cristianos que habían sido
expulsados por ofensas graves o apostasía, los cuales se suponía no deberían
ser reintegrados a la Iglesia. El cisma consistió en que Hipólito formó una
iglesia aparte con un rígido enfoque trinitario de reglas mucho más severas, y
aparentemente terminó años después con la reconciliación de este anti-papa con
el Papa exiliado Ponciano.
Sin
embargo, la división dentro de la Iglesia a causa de las
diversas doctrinas que empezaron a formularse sobre la naturaleza de Dios
y de Jesús, ya había sentado sus reales, y se hizo mucho más notoria hacia el
siglo IV, cuando las enseñanzas cristológicas se encontraban más elaboradas en
su formulación, y se agrupaban en tres corrientes principales: el unitarismo (conocido
también como “modalismo” y “patripasionismo”), el binitarismo (también
llamado “arrianismo”) y el trinitarismo .
Después del Concilio de Nicea (325 d. de C.), este último dogma se impuso sobre
los demás y el cristianismo se fracturó definitivamente, a la vez que la
Iglesia Católica de Roma se autoproclamaba como la ortodoxia,
y todos los demás grupos, que no se sometieron a la autoridad del
Papa y sostenían dogmas diferentes (de los muchos que llegaron a formularse en
medio del frenesí teológico de aquellos tiempos), pasaron a ser excluidos e
incluso perseguidos y señalados como iglesias heréticas, las cuales
continuaron existiendo como corrientes heterodoxas que siguieron
propagando sus respectivas creencias, de manera independiente y clandestina.
Entre ellas encontramos - además de las binitarias y unicitarias ya mencionadas
- aquellas que tenían un perfil gnóstico, sobresaliendo entre ellas el
movimiento de los cátaros o albigenses, que fueron brutalmente
exterminados de la Occitania por la Iglesia Católica durante el siglo XIII,
entre otras comunidades más oscuras y difíciles de definir.
Hacia
el año 1054, en plena Edad Media, y a raíz de una controversia
administrativa y doctrinal (sobre el famoso "filioque" [4] o
procedencia del Espíritu Santo) que venía ocurriendo desde hacía muchos años al
interior del propio catolicismo (más exactamente entre el catolicismo occidental
de Roma y el oriental de Asia Menor), sobreviene la división de éste en
la Iglesia Católica Ortodoxa de Oriente, que reconocía sólo la
autoridad del Obispo de Constantinopla (que recibía el título de “Patriarca”) y
la Iglesia Católica Romana de Occidente, que siguió
reconociendo sólo la autoridad del obispo de Roma (Papa) y conservando su
posición de poder religioso dominante de la época. Este episodio se conoce como
el “Cisma de oriente”
Desde
el siglo XIV y hasta el XVII, tuvo lugar el fenómeno de la Reforma
Protestante, el cual se produjo a raíz de los abusos del clero católico y
del cuestionamiento que se empezó a hacer de casi todo su sistema doctrinal,
incluida la autoridad del Papa, tomando como base lo que está escrito en la
Biblia, que hasta ese entonces había permanecido prohibida para el gran público
y encasillada en lenguas antiguas que eran sólo conocidas por el clero o por
unos cuantos eruditos (latín, griego y hebreo). Este fenómeno condujo a la
formación de movimientos disidentes del catolicismo romano, algunos con
elementos tomados de aquellas iglesias heterodoxas que nunca estuvieron en
contacto con el romanismo. Y no sólo eso, sino que la sublevación contra aquel
poder tiránico que parecía controlarlo todo, desencadenó incluso un sangriento
conflicto bélico que afectó a toda Europa y en el que ambos bandos (católicos y
protestantes), se enzarzaron en una contienda sin cuartel.
Ahora bien, aun entre los mismos protestantes se dividieron en luteranos, calvinistas, puritanos, presbiterianos, anglicanos, anabaptistas [5] (menonitas, socinianos, joristas…), metodistas, bautistas, entre otros, y a esto hay que añadir el hecho de que, entre ellos, mismos existían enemistades y disputas de gran envergadura, como las que se dieron entre Martín Lutero y Ulrico Zwinglio [6] , o entre los calvinistas y los anabaptistas, o entre los sublevados de Thomas Munzter [7] (que quiso llevar a cabo una reforma no sólo de la Iglesia sino del Estado a través de las armas) y los partidarios y príncipes que apoyaban a Lutero, etc. O peor aún, cuando el movimiento de los anabaptistas despertó los recelos tanto de católicos como de protestantes, ¡llegando incluso a unirse ambos en contra suya!, o cuando los protestantes (de la denominación que fueran), una vez tomaban el poder en una determinada región, ejercían la misma política de represión e intolerancia religiosa que caracterizara al catolicismo, pues hasta hubo un tribunal de Inquisición protestante que llevó a la hoguera a muchas personas sindicadas de brujería y “herejía”, fueran católicas o protestantes (¡Qué locura!)
Y
así, a lo largo de los siglos, la religión cristiana no ha cesado de dividirse,
ya administrativa, ya doctrinalmente, siendo este último aspecto el principal
factor de controversia. A tal punto que, en pleno siglo XXI, asistimos al que
quizás sea el período de mayor división del cristianismo, pues sólo
entre las iglesias evangélicas hay más de 1.500 sectas y alrededor de 40.000
denominaciones o comunidades diferentes, o como dijo alguien por ahí de
manera jocosa: "por cada kilómetro cuadrado hay como 100 iglesias
cristianas diferentes y antagónicas”. Y eso que no se ha hecho mención
específica de las innumerables ramificaciones llamadas “heréticas” que
existieron durante los primeros siglos y posteriores (elkesaítas,
adopcionistas, docetistas, marcionitas, montanistas, valdenses, valentinianos,
entre otros ...).
Actualmente, el cristianismo se encuentra dividido básicamente en 7 corrientes con sus respectivas subdivisiones:
1) Antiguas
Iglesias Orientales
*Iglesia Ortodoxa Malankara
*Iglesia Ortodoxa Siríaca
*Iglesia Apostólica Armenia
*Iglesia Copta
2) Iglesia Católica Apostólica Ortodoxa
3) Iglesia Católica Apostólica Romana
4) Iglesias Reformadas o Protestantes
5) Iglesias Unicitarias
6) Iglesias Binitarias
7) Iglesias Gnósticas (aunque hoy en día, a diferencia de los primeros
siglos o de la Edad Media, éstas no son propiamente cristianas, sino que reúnen
elementos de todas las religiones).
|
||
Todas
estas facciones, como dijo un escritor "se pelean por el reino de
los cielos como árabes por un oasis o perros por un hueso”, lanzándose improperios,
críticas y juicios desde los púlpitos. Aunque, curiosamente, para otro tipo de
actividades, sobre todo aquellas que involucran movimiento de dinero y generan
réditos (difusión de literatura, programación de conciertos y eventos masivos,
política y cargos públicos, negocios de bienes inmuebles), actúan de manera
mancomunada y ahí sí se reconocen como “hermanos”.
Es cierto que toda
religión presenta ramificaciones y facciones, y por eso el hecho de que el cristianismo
se encuentre aparentemente dividido no debería sorprender a nadie, pues podría
argumentarse que es una consecuencia natural que experimenta toda religión al
expandirse por diferentes territorios y mezclarse con culturas diversas. Sin
embargo, el divisionismo de la religión cristiana sí debe considerarse una
anomalía preocupante (como bien lo expresan los apóstoles en sus epístolas) por
dos razones:
1- Porque
no era el objetivo que tuvo su fundador al instituirlo, pues recordamos que Jesucristo
continuamente oraba por la unidad completa y orgánica de sus seguidores, y los
instaba a conservarla.
2- Porque
desde su fundación, la Iglesia fue presentada como una sociedad que debía
funcionar como un “cuerpo” unificado, al que además se le proveyó el elemento
que garantizaría ese vínculo de unidad: el Espíritu Santo, a saber, el
mismo Espíritu de Dios que moraría en cada uno de los creyentes para propiciar
esa unificación corporal.
ENTRE DIVIDENDOS Y DIVISORES, LAS CAUSAS DE TANTA
MULTIPLICACIÓN
Un
análisis histórico, psicológico y espiritual del asunto, asumiendo que la
Biblia es en realidad la Palabra Inspirada de Dios (para poderla tomar como
criterio normativo en este análisis), se pueden postular ciertos factores que
explican la existencia de ese espíritu divisionista que subyace en el cristianismo:
§
El modo de
interpretar la metafísica bíblica
La
metafísica es el conocimiento sobre las realidades que se encuentran más allá
de nuestra propia realidad física o natural, y la Biblia, como libro religioso
que nos habla a cerca de Dios y su relación con el hombre, tiene
desde luego un contenido metafísico. Pero a diferencia de las occidentales, la
metafísica bíblica no se encuentra totalmente aislada ni conceptualizada, sino
que viene implicada o diluida en un mensaje de carácter moralista, de tal
manera que, es tarea del creyente extraer e interpretar esa metafísica
espiritual del mensaje bíblico. Ahora bien, las herramientas que normalmente
han utilizado los creyentes cristianos de todas las épocas, especialmente los
líderes y dirigentes eclesiásticos, para extraer dicha metafísica, han sido las
siguientes:
-El pensamiento filosófico y especulativo
-Las opiniones y enseñanzas de terceros
(teólogos, pastores, sacerdotes, predicadores, papas, patriarcas, etc.)
-Las tradiciones familiares y culturales.
Sin
embargo, en contraposición a estos métodos, la misma Biblia muestra claramente
que sólo existe una herramienta de interpretación infalible,
reiterada por el mismo Jesús y los apóstoles en los
Evangelios: La unción del Espíritu Santo, que guía al
creyente a toda verdad. O en otras palabras: la revelación que otorga
el mismo Dios a quienes de corazón sincero le aman y le buscan. (Jeremías
33:3 - San Juan 16:13 – 1ª Corintios 2:9 –
1ª Juan 2: 20, 27).
Este acto milagroso de unción divina, renueva y prepara la mente del creyente para que sea capaz de recibir y comprender el conocimiento espiritual que le es impartido (Romanos 12: 2 – 1ª Corintios 2: 16 - Efesios 4: 23), ya que, como dijo Jesús a los fariseos que le preguntaban por qué Juan el Bautista y sus discípulos ayunaban, y los suyos no:
“(…) nadie echa vino nuevo en odres viejos;
de otra manera, el vino nuevo rompe los odres, y el
vino se derrama,
y los odres se pierden; pero el vino nuevo en odres
nuevos se ha de echar “.
- San Marcos 2:22 –
Ahora bien, este conocimiento metafísico, por proceder de una misma fuente (Dios), debería llevar las mentes de quienes lo reciben a una misma forma de comprensión de las cosas, a un mismo punto. Porque el Espíritu Divino que dispensa la revelación es uno y el mismo, y lo que enseña y revela es una misma cosa, sin contradecirse. No es posible que un mismo profesor enseñe a unos alumnos que 2 + 2 = 4 y a otros que 2 + 2 = 5, por ejemplo. Así pues, si todas estas iglesias fueran realmente inspiradas y dirigidas por Dios, su trasfondo doctrinal sería el mismo, enseñarían los mismos puntos de fe, concordarían en sus enseñanzas sobre la naturaleza de Dios, interpretarían las Escrituras de la misma manera, y apuntarían a un mismo propósito, sin entrar en contiendas. Algo que, de hecho, ocurrió durante los primeros años del cristianismo, como bien lo tuvo que reconocer el mismo Celso cuando dice:
”En un principio, los cristianos eran pocos
y sostenían una sola doctrina;
pero cuando llegaron a ser muchos se dividieron en
numerosas facciones,
cada una con la pretensión de tener su propio
territorio…”
Lo cual es reiterado por San Pablo y San Pedro en sus epístolas, cuando continuamente exhortan a las comunidades a las que se dirigen, a que conserven la unidad de la doctrina que aprendieron. Lamentablemente, hoy todas apuntan en diferentes direcciones, e interpretan hasta los conceptos más básicos y esenciales de maneras diferentes, aún aquellos en los que concuerdan, como la fe en Jesús de Nazaret como figura histórica que vino a salvar a la humanidad, pues ni se ponen de acuerdo en cuál es su naturaleza ni cuál es el modo en que él nos salva. Esto, por tanto, indica que no es el mismo Espíritu Divino el que las dirige a todas, y así el interrogante queda abierto: ¿A cuál, o cuáles de todas estas facciones, es que el Espíritu Santo está guiando realmente? ¿Ese “espíritu de verdad que guía a toda verdad”, mencionado en Juan 16:13, en cuál o en cuáles de esas facciones cristianas se encuentra?
§
El modo particular
de entender el concepto del "Reino de Dios"
El cristianismo, a diferencia de todas las demás religiones (exceptuando quizás
el islam), se caracteriza por tener una convicción profunda respecto a que
posee la única verdad absoluta, según las palabras de Cristo en Juan
14:16: “Yo soy el camino, y la verdad, y la
vida…” (es decir, que Cristo es el único camino, la única verdad y la única
vida). Y esta convicción suele llevar a los cristianos a pensar que tienen el
derecho y aún la obligación moral de difundir esa verdad por todo el mundo
conocido, en obediencia a las palabras de su Maestro cuando dijo: “Id por
todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura…”. Incluso hubo en el
pasado otra clase de creyentes, de corte fundamentalista (que nunca faltan en
cualquier religión), quienes, movidos por el fanatismo y por intereses
económicos y políticos, parece que leyeron “imponed” en lugar de la palabra “predicad”,
llevando a cabo una imposición violenta de la fe cristiana en las tierras que
conquistaban. Dicha actitud fanática y radical aún podemos verla en gran parte
del pueblo cristiano, si bien ya no se recurre a la violencia física pero sí
psicológica, como tristemente lo podemos constatar en muchas iglesias modernas.
Por
otra parte, uno de los temas centrales del mensaje evangélico y, de hecho, la
más grande de sus promesas, habla de una transformación radical del ser que
experimentarán los redimidos, quienes, junto con Jesús, el Rey de reyes,
recibirán un Reino incorruptible, poderoso y eterno. De hecho, el mundo entero,
luego de su juicio y purificación, será regido por Cristo y su novia (la
Iglesia), compuesta por los millones de redimidos que tendrán cuerpos
gloriosos.
En
consecuencia, esta convicción de tener la verdad absoluta, junto al concepto de
un poderoso Reino celestial que se va a recibir como galardón, y que será
regido por los cristianos glorificados del futuro, desencadena un proceso
psicológico en el que se destacan cuatro ideas que son claves a la hora de entender
la mentalidad del cristiano:
- La elección (Fui elegido por
Dios para ser salvo y heredar la gloria)
- La revelación (Dios me reveló un
conocimiento exclusivo, la verdad única, que nadie más tiene, para alcanzar esa
gloria)
- La santidad (Soy un ser especial
y separado de los demás, soy mejor que el resto del mundo y con un destino muy
superior)
- La autoridad (Dios me ha dado
autoridad espiritual y me ha constituido sacerdote y rey, poseedor de la única
verdad, la cual debo imponer en mi calidad de co-gobernante futuro)
Este
modo de entender el evangelio, en una mente carnal y no renovada, sin duda
potencializa o alimenta ciertas tendencias o programas mentales que tenemos
arraigados en nuestra naturaleza animal, como son el ego, el sectarismo
(amor por los de mi propio grupo y odio hacia los contrarios) y el deseo
de dominio.
Ejemplo: El concepto
de elección me hace sentir que fui elegido por Dios de entre
muchas personas para propósitos elevados; la revelación me induce a
creer que tengo un conocimiento exclusivo de parte de Dios que nadie más tiene;
la santidad me lleva a pensar que soy diferente, separado y
mejor que los demás, y que por lo tanto cuento con la aprobación de Dios y la
autoridad moral para juzgar las acciones ajenas; la autoridad me
lleva a creer que tengo el derecho y el deber de propagar e imponer el
conocimiento que me ha sido revelado.
Y
así, estas concepciones inevitablemente alimentan mi orgullo propio, y me
llevan a pensar que soy yo quien tengo la razón, que los demás están
equivocados, y a creerme juez de las creencias ajenas, lo cual impide que
se efectúe un verdadero cambio y una sintonía con el mundo espiritual, porque
empiezo a creer que todos mis conceptos, ideas y percepciones son
la verdad, son los criterios normativos para aceptar o rechazar algo,
convirtiéndome finalmente en una persona legalista (que establece leyes y
dogmas), formalista (que se centra en la ejecución de rituales, ceremonias y,
en general, formas de hacer las cosas), dictatorial, rígida, intolerante y,
finalmente, divisionista, ante quienes disienten de mi postura.
§
Carencia de
Espíritu Santo y falta de disposición en el creyente.
Si
asumimos como cierto que la única herramienta para interpretar correctamente
las Escrituras, es la unción reveladora que Dios mismo nos otorga, entonces
tenemos que concluir, forzosamente, que la tendencia divisionista es fruto de
una carencia real del Espíritu Santo en todas o en la mayoría de las muchas corrientes
y facciones cristianas; lo cual, a su vez, se refleja en la actitud sectaria,
intolerante, hostil y contenciosa que, históricamente, han mostrado las
iglesias cristianas hacia aquellos que no son de su propio grupo o secta, un
comportamiento que incluso manifestaron los mismos apóstoles cuando aún no
habían recibido la unción del Espíritu Santo:
"Juan le respondió diciendo: Maestro, hemos
visto a uno que en tu nombre echaba fuera demonios, pero él no nos sigue; y se
lo prohibimos, porque no nos seguía. Pero Jesús dijo: No se lo prohibáis;
porque ninguno hay que haga milagro en mi nombre, que luego pueda decir mal de
mí. Porque el que no es contra nosotros, por nosotros es".
- Marcos 9: 38-40
-
A
pesar de que Dios está siempre dispuesto a renovar la mente del hombre, y a
dispensar revelación a través de esa unción especial de su Espíritu, existen
factores que no permiten la realización de esta obra de renovación mental, y es
precisamente cuando el creyente se aferra a las herramientas interpretativas
naturales antes mencionadas y no se dispone internamente a dejarse
trabajar por algo diferente. Es decir, cuando en su engreimiento por
creerse elegido, poseedor de la revelación divina, santo y con autoridad para
imponer la verdad, cierra su mente, dando por sentado que ya tiene la unción
reveladora, y se aferra a:
-Su
propia lógica y forma de razonar
-Las
filosofías humanas
-Su
punto de vista personal
-Las
enseñanzas impartidas por terceros.
-Las
tradiciones culturales
Ante
lo cual, el apóstol Pablo aconseja:
"Que no os conforméis a este siglo, sino que
os transforméis por la renovación de la mente, para que sepáis
discernir cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que es agradable, lo
que es perfecto".
- Romanos 12:2 (Versión Nácar Colunga) -
Y
también:
“(...) [que sean] renovados en la actitud de
su mente”.
- Efesios 4:23 (Nueva Versión
Internacional) -
§
Influencia de
líderes con intereses mundanos
Los
líderes de las diferentes facciones cristianas, o de cualquier otra comunidad
humana, son elementos claves para comprender el comportamiento de las mismas.
En efecto, el fenómeno del divisionismo histórico que padecido el cristianismo
se encuentra estrechamente relacionado con las características de los líderes
que han dirigido sus destinos.
Cuando
se analizan con detenimiento los diferentes perfiles que presentan estos
líderes, podemos encontrar que muchos de ellos poseen motivaciones muy diferentes
a las que, en principio, se supone que deben tener los que han sido llamados a
pastorear el rebaño del Señor. Pueden ser de tipo económico, político, social o
académico. Y esas motivaciones individuales, lamentablemente suelen ser
factores decisivos que generan divisiones y contiendas al interior de grandes
comunidades cristianas, que se polarizan entre quienes apoyan al líder y
quienes lo reprueban; o bien, el mismo líder, llevado por sus propios
intereses, promueve una actitud sectaria y fanática entre sus miembros, quienes
empiezan a ver a los de otras organizaciones como sus “enemigos”.
Como
lo escribió el apóstol Judas en el versículo 19 de
su epístola:
"Estos son los que causan divisiones y se
dejan llevar por sus propios instintos, pues no tienen el Espíritu"
- Nueva Versión Internacional -
"En la actualidad estos son los que causan
divisiones,
se mueven en lo humano y no tienen el Espíritu"
- Biblia Latinoamericana 1995 -
Es
un hecho que la historia del cristianismo ha estado plagada de líderes
corruptos, fraudulentos e impostores, que no han tenido la menor intención de
liderar y pastorear realmente a un rebaño de creyentes, sino más bien de
ordeñarlo, adquirir prestigio y, por supuesto, amasar abundantes bienes
materiales, haciendo de la fe una mercadería profana y descarada. Otros tal vez
no tienen intereses económicos, pero en cambio tienen un ego gigantesco, con
una gran necesidad de reconocimiento y popularidad, que los lleva a buscar
prosélitos que los aplaudan como brillantes intelectuales carismáticos. Otros
quizás sólo tienen intereses de reconocimiento académico e influencia social,
como solía ocurrir en los primeros tiempos de la iglesia, cuando muchos líderes
de las congregaciones eran en realidad filósofos y pensadores convertidos al cristianismo,
dentro del cual querían continuar con sus especulaciones y disquisiciones
filosóficas, pues veían a la religión de Cristo como un sistema “filosofable”,
y a Dios y sus misterios como algo definible y cognoscible a través de la
razón. De este tipo de líderes fue que surgieron los llamados “teólogos” y
"doctores". Y así, se podrían seguir citando otros casos
de motivaciones mundanas que causan divisiones y contiendas.
En
conclusión: esta clase de líderes (que lamentablemente abundan hoy más que
nunca), no se preocupan realmente por experimentar una transformación radical
de sus vidas y sujetarse a Cristo, ni por llevar a otros hombres a la
salvación, sino en dirigir los asuntos y los destinos de la Iglesia según sus
propios intereses seculares y modos de pensar.
"Porque yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño. Y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos".
- Hechos 20:29, 30 (Palabras de San Pablo a los ancianos de Éfeso)-
¡Y vaya si es
cierto que no perdonan al rebaño! Es bien sabido que los miembros de las comunidades
dirigidas por este tipo de granujas, suelen ser manipulados a través de
eficientes técnicas coercitivas, con las cuales dichos "ministros"
infernales logran ejercer un control casi absoluto sobre los creyentes, que les
asegura no sólo una obediencia ciega, sino también una nutrida mano de obra
gratuita que los mantiene como a zánganos, y que contribuye a promover sus
ideologías e intereses particulares. Las consecuencias de esta manipulación no
pueden ser más lamentables, pues es común hoy en día encontrar en las iglesias
cristianas multitud de personas ansiosas, deprimidas, angustiadas,
acomplejadas, traumatizadas, con baja autoestima, llenas de culpas, miedos y
prejuicios, reprimidas, frustradas, llevando un cristianismo de dos caras y
sintiéndose internamente atadas, pero que sin embargo pregonan a los cuatro
vientos que en su iglesia encontraron la paz y que “Cristo los hizo libres…”
¿UN MAL NECESARIO?
El fenómeno
divisionista dentro de la religión cristiana parece no tener fin, a pesar de
los supuestos acercamientos y esfuerzos “altruistas” que están realizando los
promotores del megaproyecto llamado Ecumenismo, que falsamente
pretende unir a todas las facciones cristianas del mundo articulándolas al cristianismo
trinitario, pero que en realidad se trata de una estrategia falaz y hábilmente
planeada en el marco del inminente Nuevo Orden Mundial, que busca unir a todas
las religiones mediante un fingido Diálogo Interreligioso que las
unifique y las lleve, sin darse cuenta, a un dominio absoluto por parte de una
autoridad central, y finalmente, a su aniquilación.
Entonces, por más intentos de acercamiento hipócrita que se hagan desde algunos sectores, en la práctica cada facción cristiana pretende tener la razón, y considera enemigos a quienes no comparten su punto de vista. Cada una se siente dueña de la verdad, y cada una se apoya en las Escrituras para validar ese sentir, pues todas, sin excepción, esgrimen fragmentos y pasajes de la Biblia (con sus modos particulares de interpretación), como “pruebas” de que ellas tienen la verdad. Asimismo, todas señalan como prueba de su veracidad las "vivencias" o experiencias místicas y trascendentales que en ellas tienen lugar (ya sean sueños, revelaciones, éxtasis, visiones, manifestaciones del Espíritu Santo, milagros, entre otras), así como el modo "especial" en que Dios supuestamente se les ha manifestado. Los trinitarios harán referencia a visiones, sueños y revelaciones en las que ven a las sagradas "tres personas"; lo mismo harán quizá los binitarios (que hablan de dos personas y una "fuerza activa"), y otro tanto harán los unicitarios (que hablan de uno solo). Y por último, los miembros de cada facción cristiana hacen referencia a la "convicción interna" como argumento definitivo y circular, que los lleva a concluir que el suyo debe ser el único camino verdadero, porque es el que ellos creen.
De
modo que, ante tanta subjetividad, se hace necesario mirar el asunto desde un
punto de vista más objetivo y menos apasionado, ya que, como están las cosas,
nada nos puede garantizar que ésta o aquella facción sea la que realmente posee
la verdad. Jesús, el fundador del cristianismo, habló de una sola verdad, de un
solo camino, de un solo Dios y de una sola fuente de dispensación e
interpretación de los misterios de Dios. Así que, de entre tantas
interpretaciones, dogmas y facciones cristianas, ¿cuáles tienen esa única
verdad, siguen ese único camino, poseen ese único conocimiento y adoran a ese
único Dios? Es una pregunta que quiero plantear y dejar como inquietud a la
amable audiencia, para que cada uno la medite en su corazón y pida a Dios
revelación.
No obstante, a pesar de que se trata de algo ciertamente lamentable, en 1ª Corintios 11:18, 19, el apóstol Pablo parece afirmar que las divisiones y contiendas son, después de todo, un mal necesario, que permitirá diferenciar a los falsos creyentes de los genuinos:
“(…) cuando os
reunís como iglesia, oigo que hay entre vosotros divisiones; y en parte lo
creo. Porque es preciso que entre vosotros haya
disensiones, para que se hagan manifiestos entre vosotros los
que son aprobados”.
Lo
cual concuerda con la explicación que dio Cristo de la parábola del trigo y la
cizaña (Mateo 13: 24-30; 36-42):
"(...) Y cuando salió la hierba y dio fruto,
entonces apareció también la cizaña. Vinieron entonces los siervos del padre de
familia y le dijeron: Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De
dónde, pues, tiene cizaña? Él les dijo: Un enemigo ha hecho esto. Y los siervos
le dijeron: ¿Quieres, pues, que vayamos y la arranquemos? Él les dijo: No, no
sea que al arrancar la cizaña, arranquéis también con ella el trigo. Dejad
crecer juntamente lo uno y lo otro hasta la siega y al tiempo de la siega yo
diré a los segadores: Recoged primero la cizaña, y atadla en manojos para
quemarla; pero recoged el trigo en mi granero (…) De manera que como
se arranca la cizaña, y se quema en el fuego, así será en el fin de este siglo
enviará el Hijo del Hombre a sus ángeles, y recogerán de su reino a todos los
que sirven de tropiezo, y a los que hacen iniquidad, y los echarán en el horno
de fuego; allí será el lloro y el crujir de dientes. Entonces los justos
resplandecerán como el sol en el reino de su Padre. El que tiene oídos para
oír, oiga”.
Vemos que, en este
pasaje, Jesús nos está hablando de una gran división que será dirigida por él
mismo, y que tendrá lugar hacia el final de los tiempos, mediante la cual van a
ser plenamente identificados y separados los hijos del maligno (aquellos
sujetos dañinos que siempre estuvieron detrás de todas las divisiones,
contiendas e iniquidades que azotaron al pueblo del Señor a lo largo de los siglos)
de los hijos del Reino (aquellos que, a pesar de sus defectos y
desigual nivel de conocimiento metafísico, pusieron su fe en quien debían
hacerlo y se esforzaron por agradar a Dios).
Ahora bien, este proceso de selección y separación se aplica para todas y cada una de las facciones cristianas, porque es indudable que en cada denominación y congregación hay personas perversas, pero también almas sinceras que aman a Dios y quieren llevar una vida santa y virtuosa, y que estarían dispuestas a dejarse trabajar por la unción renovadora y reveladora del Espíritu Santo, que los llevaría a un mayor entendimiento, pero que debido a sus temores, prejuicios y creencias actuales, alimentadas por las prédicas manipuladoras y sectarias de sus líderes, no se atreven a dar ese paso hacia la liberación mental que les permita tener una actitud realmente dispuesta a la obra de regeneración que Dios quiere efectuar en sus vidas.
Por tanto, no sería extraño que en aquel tiempo en que la cizaña y el trigo sean separados, los hijos del Reino, dispersos en todas las facciones cristianas que actualmente existen, sean reunidos bajo una misma y única comunidad (como al principio) y allí sean “nivelados” por el Espíritu de Dios, para que lleguen a un mismo grado de entendimiento metafísico de aquellas cuestiones que durante siglos los mantuvo divididos: la naturaleza de Dios y de Jesús, la obra redentora de Cristo y sus verdaderos alcances, los eventos escatológicos, entre otros, como asegura San Pablo:
“(…) hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”.
- Efesios 4:13 –
Palabras que indican, sin lugar a dudas, que el nivel de entendimiento y el modo de creer de todos los cristianos no son los mismos, y que por lo tanto no existe unanimidad completa en la fe ni en el conocimiento de Jesucristo; pero que ese es, precisamente, el objetivo hacia el cual Dios apunta: que todos los creyentes lleguen a un mismo nivel. Es decir, la unanimidad completa nunca ha existido entre los cristianos, porque hay unos con mayor conocimiento y fe que otros; pero el Espíritu que los unía al principio permitió que esas diferencias se fueran allanando, y de este modo el crecimiento del Cuerpo de Cristo se iba efectuando. Pero cuando se empezó a prescindir del Espíritu Santo, cuando en su arrogancia por creerse ya poseedores del conocimiento completo, los cristianos empezaron a aferrarse a sus propios medios de interpretación, la falta de unanimidad se fue haciendo cada vez más grande, hasta convertirse en una profunda e histórica división. Por tanto, cuando esta unanimidad por fin se logre, y el remanente de Dios sea reunido y nivelado bajo esa única comunidad futura, regida por un auténtico vínculo de armonía y amor cristiano, los verdaderos hijos de Dios estarán realmente listos para “recibir al Señor en el aire” en su segunda venida.
Sin embargo, queda una pregunta en el aire que, nuevamente, nos invita a reflexionar: ¿qué tipo de evento, o eventos, provocará esa separación entre el trigo y la cizaña, antes de la quema de ésta y la recolección de aquel?
-Creyente Crítico-
(Extracto de la Ponencia presentada por el autor
del blog en el Congreso Académico "¿Y qué de la Reforma
Protestante?”, organizado por el Colectivo AJI, y llevado a cabo los días
09 y 10 de mayo de 2014 en el Politécnico Jaime Isaza Cadavid de la ciudad de
Medellín)
[1] En la
cultura judía, los gentiles (o “gentes”) son todas aquellas
personas que no hacen parte del pueblo israelita; es decir, son todos los demás
pueblos de la tierra excepto el pueblo judío.
[2] También
llamada Ley Judía, es el código de leyes que Dios mismo le entregó a Moisés en
la cumbre del monte Sinaí cuando se dirigió a los israelitas en su éxodo desde
Egipto (donde habían sido esclavos) hasta la Tierra Prometida (Canaán).
[3] Doctrina
cristológica que afirma que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no son más
que maneras o modos en que el Dios único se manifiesta, según el papel a
desempeñar. De acuerdo con el historiador eclesiástico Adolf Von Harnack,
en su libro “Historia del Dogma”, ésta era la doctrina que sostenían la
mayoría de cristianos antes de la aparición de la doctrina de la Trinidad, la
cual fue acogida principalmente por los teólogos y líderes de mediados del
siglo II en adelante, quienes empezaron a imponerla como el dogma fundamental y
a condenar el Modalismo, llamándolo específicamente “Patripasionismo”,
“Sabelianismo”, entre otros. Actualmente se conoce como la doctrina de la Unicidad.
[4] Expresión latina
contenida en el Credo de Nicea que significa “y del Hijo”, mediante la
cual se quiere expresar que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo.
Dicha expresión provocó gran controversia entre las iglesias orientales, que
sostenían que Él proviene sólo del Padre, y los occidentales, que sostenían que
Él proviene del Padre y del Hijo.
[5] Corriente
protestante que sostenía la necesidad de bautizarse de nuevo para anular el
rito católico del bautismo de niños, y confirmar el bautismo sólo para los
adultos, conforme está descrito en las Escrituras. No era un movimiento
unificado, sino compuesto por varias sectas que diferían en otros conceptos doctrinales,
si bien coincidían en el aspecto del rebautismo.
[6] Ulrico Zwinglio,
prócer de la Reforma en Suiza
[7] Antiguo seguidor
de las ideas de Lutero, que luego se convirtió en tenaz enemigo del reformador,
y encabezó una rebelión armada contra los príncipes de los estados alemanes, a
los cuales también exigía reformarse políticamente, pues de nada serviría una
reforma religiosa, si el pueblo seguía padeciendo hambre y pobreza.









No hay comentarios.:
Publicar un comentario