jueves, 4 de septiembre de 2025

EL DIFÍCIL ARTE DEL SERVICIO

El verbo "𝙨𝙚𝙧𝙫𝙞𝙧" viene de la raíz hebrea אוֹ (´𝙖𝙗𝙖𝙙) que se traduce como: "𝘢𝘳𝘢𝘳, 𝘦𝘫𝘦𝘳𝘤𝘦𝘳 𝘶𝘯 𝘵𝘳𝘢𝘣𝘢𝘫𝘰 𝘦𝘴𝘤𝘭𝘢𝘷𝘪𝘻𝘢𝘯𝘵𝘦 || 𝘩𝘰𝘯𝘳𝘢𝘳, 𝘳𝘦𝘯𝘥𝘪𝘳 𝘢𝘥𝘰𝘳𝘢𝘤𝘪𝘰́𝘯", y es una palabra utilizada con especial énfasis en los pasajes bíblicos del Antiguo Testamento donde se hace referencia al servicio que le debemos a Dios (como seres creados por Él) y al prójimo (como un ser que está hecho a imagen y semejanza del Creador). Esto indica que, dentro del pensamiento judío, el servicio no se trataba de un acto superficial, ni de una actividad pasajera y opcional, sino de un esfuerzo consciente, abnegado y comprometido, que debía realizarse como requisito para tener una buena relación con Dios y con los hombres, a fin de garantizar el favor divino sobre la nación elegida y el buen funcionamiento de la sociedad israelita, en la que todos los individuos se ayudaran mutuamente en armoniosa convivencia.

 

 

En el Nuevo Testamento (que fue escrito originalmente en griego), se refuerza esta idea al utilizar un término - proveniente de la raíz δουλεύω (𝙙𝙤𝙪𝙡𝙚𝙪́𝙤) - que hace referencia al acto de “servir” y literalmente significa “𝘴𝘦𝘳 𝘦𝘴𝘤𝘭𝘢𝘷𝘰, 𝘴𝘰𝘮𝘦𝘵𝘦𝘳𝘴𝘦 𝘢", indicando, una vez más, el profundo nivel de compromiso que implica servir a Dios y al prójimo.

 

 

Según estos dos conceptos, podemos afirmar entonces que el servicio es una 𝙙𝙞𝙨𝙥𝙤𝙨𝙞𝙘𝙞𝙤́𝙣 𝙙𝙚 𝙡𝙖 𝙢𝙚𝙣𝙩𝙚 𝙮 𝙚𝙡 𝙘𝙤𝙧𝙖𝙯𝙤́𝙣 𝙦𝙪𝙚 𝙣𝙤𝙨 𝙡𝙡𝙚𝙫𝙖 𝙖 𝙙𝙖𝙧 𝙧𝙚𝙘𝙤𝙣𝙤𝙘𝙞𝙢𝙞𝙚𝙣𝙩𝙤 𝙚 𝙞𝙢𝙥𝙤𝙧𝙩𝙖𝙣𝙘𝙞𝙖 𝙖 𝙡𝙤𝙨 𝙙𝙚𝙢𝙖́𝙨, doblegando nuestro propio orgullo y esforzándonos por ser de utilidad a ellos, mostrando así una actitud análoga a la que tendría un “esclavo”. Pues, dado que la naturaleza humana es esencialmente egoísta y busca ser siempre el centro de atención, el hecho de someternos a otros y trabajar para su beneficio se convierte, para dicha naturaleza, en un trabajo duro (comparable al arado o las rudas faenas del campo) e incluso humillante (como el de un esclavo). 


Jesús, el máximo ejemplo de servicio: siendo Dios, se hizo hombre.
"Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido sino para servir, 
y para dar su vida en rescate por muchos" 
Marcos 10:45 -


Así pues, el buen servicio tiene como fundamento la más hermosa de las virtudes: 𝙡𝙖 𝙝𝙪𝙢𝙞𝙡𝙙𝙖𝙙. Todos fuimos creados por Dios, y por ello nadie es realmente superior a nadie. Sin embargo, la naturaleza humana no sólo tiende al enaltecimiento del yo, sino que además procura el sometimiento del otro, y es ahí donde Dios trata de regular este comportamiento enseñándonos a reconocer y valorar al prójimo en su justa medida, y a no tener más alto concepto de nosotros mismos que el que debemos tener.

 

 

Si cada uno de nosotros hiciera este ejercicio, la igualdad que tanto se pregona sería una realidad y no un simple discurso moralista y populista. Sería el fin de las tiranías, y el remedio contra los elitismos y clasismos que, por un lado, engendran injusticia social, malestar e indignación, y por otro, promueven necias idolatrías al poner sobre un pedestal a seres tan mortales y falibles como cualquiera de nosotros (personalidades de la farándula, el espectáculo, el deporte, la ciencia, la política, la economía...). Habría un reparto equitativo de las oportunidades y los recursos, que ayudaría a acabar con los estigmas y discriminaciones basadas en el “tener”, que generan ese desprecio hacia el pobre, el obrero, el iletrado, el de poca formación académica, el campesino, el desvalido, y todo aquel que represente carencia material. En suma: el hombre dejaría de ser “𝘶𝘯 𝘭𝘰𝘣𝘰 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘦𝘭 𝘩𝘰𝘮𝘣𝘳𝘦”, como diría el filósofo Thomas Hobbes.

 

 

Que Dios nos ayude a desarrollar un verdadero espíritu de servicio en el ejercicio de nuestros roles como ciudadanos, padres, hermanos, esposos, hijos, amigos, trabajadores, colegas, jefes y demás, de modo que podamos coincidir con lo que escribió el apóstol San Pablo hace casi dos mil años a una antigua comunidad cristiana de la ciudad de Colosas (Grecia): “𝘠 𝘵𝘰𝘥𝘰 𝘭𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘩𝘢𝘨á𝘪𝘴, 𝘩𝘢𝘤𝘦𝘥𝘭𝘰 𝘥𝘦 𝘤𝘰𝘳𝘢𝘻𝘰́𝘯, 𝘤𝘰𝘮𝘰 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘦𝘭 𝘚𝘦𝘯̃𝘰𝘳 𝘺 𝘯𝘰 𝘱𝘢𝘳𝘢 𝘭𝘰𝘴 𝘩𝘰𝘮𝘣𝘳𝘦𝘴; 𝘴𝘢𝘣𝘪𝘦𝘯𝘥𝘰 𝘲𝘶𝘦 𝘥𝘦𝘭 𝘚𝘦𝘯̃𝘰𝘳 𝘳𝘦𝘤𝘪𝘣𝘪𝘳𝘦́𝘪𝘴 𝘭𝘢 𝘳𝘦𝘤𝘰𝘮𝘱𝘦𝘯𝘴𝘢 𝘥𝘦 𝘭𝘢 𝘩𝘦𝘳𝘦𝘯𝘤𝘪𝘢, 𝘱𝘰𝘳𝘲𝘶𝘦 𝘢 𝘊𝘳𝘪𝘴𝘵𝘰 𝘦𝘭 𝘚𝘦𝘯̃𝘰𝘳 𝘴𝘦𝘳𝘷ís (´𝘥𝘰𝘶𝘭𝘦𝘶́𝘰´)…” – Epístola a los Colosenses 3: 23, 24 –

 

 

-Creyente Crítico-


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