Aunque […] los Evangelios no son propiamente una historia, y menos una “historia de Jesús”, de todas formas, a través de ellos, es posible esbozar su perfil humano.

Quizá lo primero que sorprende es su grandeza moral. No hay nada en su conducta que ni de lejos parezca mezquino. Frente a sus enemigos mantuvo su dignidad sin herirlos. A veces el silencio fue su respuesta, como cuando los soldados le coronaron de espinas y se burlaban de Él, o cuando Herodes, para satisfacer su curiosidad, quiso conocerle y le interrogó. Su personalidad no ha tenido parangón; lo han reconocido, quizá más que nadie, los mismos que no creen en su divinidad […] No se dejó llevar por la corriente; no se dejó vencer por la tentación más peligrosa: la de la popularidad, ¡con lo fácil que le hubiera sido meterse al público en el bolsillo! No le importaba quedar mal, y nada le privaba de decir las verdades a todos: a los de arriba y a los de abajo. Nunca fue blando ni hizo concesiones.

Supo estar solo y amaba la soledad, sin necesidad de compañía ni de consuelo. Y
aunque una vez los buscó (en el “Huerto de los Olivos”), al no encontrarlos se
sobrepuso en seguida. Como sembrador de la Palabra de Dios, decía lo que tenía
que decir con toda sencillez, sin rodeos y sin efectos rebuscados. Y dejaba que
libremente fuese escuchada, sin esperar comentarios y, menos, aplausos.
Parece
que, por su misión, debería haber figurado en las filas clericales o entre los
servidores del Templo, o bien, en esas comunidades de monjes judíos que vivían
en la región de Qumrán (los esenios) dedicados a la oración y al estudio y
copia de los textos sagrados; pero no fue así. ¿Por qué no se vestía con pieles
como su pariente Juan el Bautista, y no comía miel silvestre, ni langostas, ni
vivía en una cueva? Es evidente que no fue un “asceta” profesional. Tampoco se
rodeó de la escenografía espectacular con que otros fundadores de religiones
más o menos se han rodeado.

En su exterior no
había nada de extraordinario. Se equivocan los que todavía se imaginan a Jesús
como una especie de hippie, harapiento, descalzo y desgarbado. Jesús era muy
pobre: “no tenía donde reclinar la cabeza”; pero era una persona
educada, vestida a la usanza de la época y hasta con algún detalle de
distinción, como la “orla” de su vestido, tal vez equivalente al detalle actual
de la corbata. ¿Quién le proporcionaba el ajuar? No lo dicen los Evangelios ni
hay que perder el tiempo en inquirirlo; pero no es nada descabellado pensar que
su madre estaría en todo, muchas veces de lejos, y que los amigos que tenía le
echarían una mano más de una vez. Vivía tal como recomendaba hacerlo a los
demás: pensando en que “el Padre se preocupa por las aves del cielo y los
lirios del campo”.

Jesús condenó la riqueza, declarándola gran obstáculo para entrar en el Reino, y dejó muy mal parados a los ricos; aunque fue amigo de algunos, como de José de Arimatea, Lázaro y Zaqueo. Esto no permite condensar su criterio sobre la riqueza de una manera demasiado simplista. Sus sentencias van más al fondo de la cuestión que a ciertas apariencias; sintonizando con ellas, no sería difícil demostrar que, cuando condena la riqueza, sabe muy bien que es posible que haya ricos con espíritu de pobres (tal vez muy pocos) y pobres con espíritu de ricos.
Tenía siempre muy presente su misión y su condición de Mesías. Llegado el momento, era radicalmente exigente: “El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo”. Se hacía muy superior al propio padre o madre del que pensaba seguirle. Era, por decirlo así, alérgico a la mediocridad. Los pusilánimes ni se le acercaban. En cambio, era dulce y cariñoso con los pequeños y con los pecadores. La adúltera le debió la vida. A este respecto, los Evangelios contienen páginas emocionantes.
Sus
preferencias estaban entre los pobres, tan abundantes en la época, así como
entre los marginados de la sociedad, de aquella sociedad tan esclava de sus
prejuicios: cobradores de impuestos, pecadores efectivos o aparentes, enfermos,
el pueblo sencillo, etc. Esto escandalizaba extraordinariamente a la “gente de
orden”, y fue lo que, con poco esfuerzo, labró su ruina.

“Este hombre no habla como los demás hombres”, decían muchos que le escuchaban. Efectivamente, hablaba seguro de lo que decía y no tenía que dar rodeos para ir hilvanando sus discursos. Cada frase suya era una sentencia, una afirmación. Lo que había dicho era justamente lo que había querido decir.

No sólo no hacía nada para engrosar las filas de sus seguidores, sino que más bien los espantaba diciéndoles lo mal que la iban a pasar si le seguían. Es cierto que prometía la Vida Eterna, pero esto era para después de esta vida mortal. Al concluir el discurso del “Pan de Vida” muchos creyeron que estaba loco y se marcharon. Entonces, con un poco de ironía no exenta de profunda tristeza, se dirigió a los que no se iban, entre ellos los apóstoles, y les preguntó: “¿También vosotros os queréis marchar?”. Pero no por ello cedió un ápice en su doctrina ni en sus habituales exigencias.
En cuanto a su moralidad no hubo ningún indicio al que sus enemigos pudieron agarrarse (“¿Quién de vosotros me redarguye de pecado?” – dijo en una ocasión). Le acusaban de endemoniado, y también de comilón, porque no rehusaba las invitaciones. Y a la hora de condenarle a muerte no tuvieron más remedio que inventar varias acusaciones, una de las cuales, falsa para la autoridad civil, era que “soliviantaba al pueblo”. Y, no obstante, al no hallar méritos ni pruebas suficientes para aplicarle la pena capital, recurrieron a la propia aseveración de Jesús de que “se hacía igual a Dios”, afirmación grave e imperdonable ante la autoridad religiosa.
Jesús
hizo milagros (negarlo sería negar el Evangelio), pero no tuvo visiones como
las tuvieron otros fundadores de religiones. Siendo el mismo Dios, ¿para qué
necesitaría visiones y revelaciones provenientes de Él? Tampoco padeció
enfermedades. Era un hombre sano y fuerte. Si se toman en cuenta ciertas
referencias de los propios Evangelios acerca de la clase de vida que llevaba,
se puede deducir que, muy probablemente, debía de tener una contextura
atlética, ya que de hecho era un aguerrido carpintero que carecía de la
indumentaria y las comodidades de uno moderno, y era además un infatigable
caminante que resistía las inclemencias atmosféricas, puesto que pasaba casi
todo el tiempo al aire libre. Muchas noches las dedicaba enteras a la oración
en un monte o lugar retirado. Conocía la vida sencilla de la gente del campo y
de los artesanos, y en sus discursos son corrientes las alusiones a los
animales domésticos, a las aves, a las plantas, etc. En sus parábolas y
disertaciones demuestra un profundo conocimiento de la miseria del hombre, así
como de su grandeza; pero lo ve todo desde un punto de vista de una gran
magnanimidad. Era muy “humano” en el pleno sentido de la palabra.




Es en su pasión donde quizá brilla más la grandeza de su alma. Los mismos apóstoles estaban sorprendidos de su actitud; habían visto su poder en más de una ocasión y ahora parecía que renunciaba a tenerlo. ¿Por qué? Más tarde comprendieron lo que Isaías había dicho muy bien: Se entregó porque quiso. Efectivamente, el eclipse momentáneo de su poder divino era totalmente voluntario. Esto tiene tanto más mérito cuanto que Él sabía muy bien los suplicios que le esperaban. ¡Demasiado natural que, pensando en ellos, experimentara “terror” y “pavor”, como lo hace notar San Lucas, y que sudara sangre! Y en tales circunstancias, sus amigos más íntimos…dormían…porque estaban “cansados”. Se encontró completamente solo frente a su destino.


Su
cadáver fue enterrado en un sepulcro nuevo, excavado en la roca, cerrado por
una gran losa de forma circular, sellada con las armas del gobernador. Unos
soldados montaron la guardia. Pero he aquí que, al amanecer del tercer día, se
oyó un gran ruido y la losa se movió. Los soldados huyeron despavoridos, y el
cadáver había desaparecido. En seguida unas mujeres dijeron haber visto, no el
cadáver, sino al mismo Jesús redivivo. Luego los propios apóstoles, que no
habían querido hacer caso a las mujeres, lo tuvieron delante de ellos…y ya no
les cabía la menor duda: ¡Era el Jesús de antes!

(Adaptación del artículo “Primer milenio del cristianismo”,
de José Rovira Tenas, investigador y escritor. En: “El mundo de
las religiones”, Tomo III)



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